contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Lunes, 05 de septiembre de 2011

Secretos de la convención antinarcóticos



El plan de Nixon tenía el objetivo aparente de solucionar en el exterior el problema interno del narcotráfico, pero llevaba escondido el intervencionismo político y militar.

“Que vergüenza, ahora somos oficialmente un país de narcotraficantes”, dijo un boliviano opositor a Evo Morales al opinar sobre  la denuncia iniciada por su país de la convención sobre estupefacientes de   la Organización de las Naciones Unidas. No veía los cabos sueltos de la historia, ni admitía que la derecha norteamericana sigue utilizando la penalización de la hoja de coca, como pretexto para militarizar.

El protocolo que incluye a la hoja de coca entre los estupefacientes penalizados fue aprobado basado en un reporte que nada tenía de científico pero mucho de político. Fue una penalización hecha por blancos, que afectaba sólo a los pueblos indígenas de Perú y Bolivia. El reporte fue realizado por personas que fueron a dichos países andinos en el año 1950, en momentos en que ambos estaban gobernados por la derecha. Los grandes grupos sociales que serían afectados no fueron consultados, ya que, por lo menos en Bolivia, los indígenas estaban integrados a la vida ciudadana en condiciones de servidumbre. No estaban bien representados políticamente –mucho menos defendidos–  y por lo tanto no tomaban decisiones.

El ridículo reporte se basó en   entrevistas a personas no indígenas   que opinaban sobre la masticación de la hoja de coca. La rechazaron no sólo porque la prohibición no les afectaría a ellos, sino también porque desconocían el tema consultado. Fue, por lo tanto, un reporte unilateral racista y amañado que satanizó tanto a la hoja de coca como al indígena que la masticara.   Tan obviamente sesgado, que la comunidad internacional decide interpretarlo con cautela en la convención única sobre estupefacientes de 1961.

Ocho años después, el republicano Richard Nixon llega a la Casa Blanca. Entre sus políticas, impone las dictaduras de derecha en Latinoamérica, declara la guerra mundial contra las drogas en un discurso ante el congreso el 14 de julio de 1969, y lanza formalmente su “Guerra Contra las Drogas” en enero de 1971. Se la impone a la comunidad internacional y al año siguiente, el 25 de mayo de 1972,   Naciones Unidas empieza a plasmar la penalización de la hoja de coca,   enmendando la convención de 1961, para incluir la hoja entre los alcaloides y dando un plazo de 25 años para que la prohibición sea efectiva.  

El plan de Nixon tenía el objetivo aparente de solucionar en el exterior el problema interno del narcotráfico, pero llevaba escondida la intención de intervenir política y militarmente en los países involucrados. La dictadura del Gral. Hugo Banzer en Bolivia, iniciada el 21 de agosto del 1971, aplicó obedientemente las políticas de Nixon;  la “guerra contra las drogas” no pasó de ser una farsa, ya que Estados Unidos encubría y protegía a los famosos narcotraficantes de derecha con el objetivo político de financiar a sus dictaduras, las cuales tenían entre sus mandatos el exterminio de la izquierda. En su libro “La Gran Mentira Blanca”, el ex agente de la DEA, Michael Levine, describe detalladamente la hipocresía y falsedad de esa supuesta guerra contra las drogas.

Después de la apertura democrática en Latinoamérica, apoyada por el demócrata Jimmy Carter, lo sucedió Ronald Reagan, otro republicano que continuó la campaña “anticomunista” de Nixon y la falsedad en cuanto a la guerra contra las drogas.   Durante los ochenta y noventa, el Consenso de Washington impuso el neoliberalismo en Latinoamérica, y, mientras las corporaciones transnacionales saqueaban Bolivia, la guerra contra las drogas seguía reducida a la pantomima de reprimir al campesino ante las cámaras, mientras se protegía en secreto a los verdaderos narcotraficantes.   La escalada de la represión fue justificada por la proximidad del vencimiento del plazo de 25 años para hacer efectiva la prohibición total de la hoja de coca. Washington ya había impuesto la ley 1008 en Bolivia que penalizaba la hoja excedentaria, pero en el año 2001 se venció el plazo incluso para la masticación.

De ese abuso y falsedad surgió la resistencia pacífica del campesino cocalero y la carrera política del actual presidente antiimperialista boliviano Evo Morales, quien  expulsa a la DEA, termina con la relación diplomática de sometimiento a la voluntad de Washington, cambia la constitución de su país, e incluye en ella la defensa del campesino y de la hoja de coca que éstos siempre masticaron.

El sometimiento a la convención única sobre estupefacientes pasó automáticamente a ser inconstitucional, y el gobierno de Morales inició una campaña en defensa del acullicu (masticación de la hoja). La comunidad de naciones lo apoya, aunque algunos países esperan cautelosos la decisión de Estados Unidos. Había expectativa porque en la Casa Blanca estaba el presidente Barack Obama, del mismo partido demócrata de Jimmy Carter, que representa a la centro-izquierda y defiende los intereses del pueblo. El silencio se prolonga, el Departamento de Estado decide vetar la moción de Bolivia, lo que define a algunos indecisos y hace que 18 de 192 países miembros vetaran también la moción.

En Washington se hizo un último esfuerzo por persuadir a la administración Obama de retirar su objeción. Las organizaciones Washington Office on Latin America (WOLA)  y Andean Information Network (AIN) redactaron una carta en la cual le explicaban claramente a la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, la injusticia de dicha convención. Se adhieren un total de 19 organizaciones representativas, y doce páginas de personas interesadas y conocedoras del tema. La respuesta fue el silencio, se venció el plazo de rigor y la petición de Bolivia fue derrotada.

Sin duda alguna, la administración Obama está teniendo grandes dificultades para cambiar la política exterior estadounidense, más allá de lo superficial. El obstáculo es el poder de la jauría republicana que ha ganado espacio en las elecciones de medio término, y   que ha manifestado su intención  de tratar el narcotráfico como un problema de seguridad nacional, ampliando el “éxito” del Plan Colombia, lo que significaría la proliferación de bases militares estadounidenses en el Cono Sur.

Irónicamente, como   evidencia de que no todos en Estados Unidos son imperialistas, el mismo día en que la prensa publicó la decisión boliviana de denunciar la convención, para adherirse el año próximo, pero objetando la penalización de la hoja de coca, el periódico The New York Times publica “Call off the global drug war” (Llamado a terminar la guerra mundial contra las drogas), escrito por el ex presidente Jimmy Carter, demostrando las razones lógicas por las cuales debería terminarse la   guerra contra las drogas. Bolivia ha hecho lo correcto para adecuar su lucha contra las drogas a su nueva constitución que respeta el derecho del indígena a mantener su cultura ancestral del acullicu. La administración Obama tiene todavía el reto de aplicar la lógica y coherencia del presidente Carter a su propia lucha contra las drogas, por sobre el poder de la  jauría republicana que insiste en militarizar al planeta. Es cuestión de un sentido común, que no es tan común en la ideología republicana.

Por Juan Carlos Zambrana Marchetti

Fuente: Kaos en la Red 


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