contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Viernes, 29 de mayo de 2009

FARC se repliegan selva adentro en Colombia como estrategia para sobrevivir

En los caseríos de Guaviare los más viejos recuerdan todavía la imponencia con que la guerrilla solía patrullar sus calles, pero tras años de ofensiva militar en el sureste de Colombia, las FARC han optado por replegarse selva adentro para aguantar la embestida.

Durante años, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que este miércoles cumplen 45 años de lucha armada, convirtieron en un fortín esta zona selvática, donde se produce la tercera parte de la hoja de coca del país.

"Antes uno se los encontraba en el río Guaviare, apenas saliendo de San José, ahora se han ido más lejos, a la selvas del Vaupés y la serranía de Chibiriquete y es difícil verlos", sostiene Guillermo Ramírez, comerciante de 57 años, que recorre los ríos de la zona llevando remesas de alimentos, combustible y ropa.

Cristino Vega, un campesino cuyas manos muestran callos por arrancar hoja de coca, según confiesa, cuenta que los rebeldes llegaron a comienzos de los años ochenta a su finca, a una hora de carretera por la llamada "trocha ganadera" que corta la selva.

"Venían muy bien armados y vestidos, con uniformes muy limpios y empezaron a actuar como la autoridad, porque por aquí no había. Ellos resolvían peleas de vecinos y se encargaban de poner en orden a los borrachos", señala.

Las FARC utilizaron al Guaviare también para esconder a los políticos, militares y policías rehenes. Fue en este territorio donde se efectuó la operación 'Jaque' que rescató a 15 cautivos, entre ellos la colombo-francesa Ingrid Betancourt y tres estadounidenses, en julio de 2008.

"La presencia de las FARC ha desaparecido de los cascos urbanos y ahora sólo les queda la selva", asegura el coronel Carlos Arturo Velásquez, responsable de la brigada 22 del Ejército.

Desde la espesura y en grupos de menos de diez hombres, ya no de cientos como ocurría hasta hace cuatro o cinco años, los rebeldes preparan sus ataques.

El más reciente, a fines de marzo en Puerto Cachícamo, le costó la vida a cuatro militares. Después de atacar los guerrilleros vuelven a la selva.

La vegetación, que vista desde el aire aparece como un inmenso tapete verde que se extiende hacia las fronteras con Brasil y Perú, les permite evitar la detección de los "aviones fantasma" del Ejército.

Esas aeronaves, que usan fotos satelitales y equipos que detectan concentraciones humanas midiendo el calor, son consideradas por el Ejército como el arma más temida por los rebeldes.

Antes, la poca densidad de población -menos de 95.000 habitantes en más de 45.000 km2- hacía que los rebeldes se pudieran mover sin testigos, en una región en la que obtenían financiación con el "gramaje", el impuesto que cobran por las transacciones con cocaína.

Pero ahora incluso deben compartir esos ingresos, estimados por el gobierno hasta en 600 millones de dólares anuales, con paramilitares patrocinados por narcotraficantes como Daniel Barrera ("El loco") y Pedro Guerrero ("Cuchillo"), con quienes firmaron pactos de no agresión.

"Los comandantes de las FARC tienen en claro que su enemigo son los militares y que deben preservar el negocio de la coca para sobrevivir, por eso no se atacan con los hombres de 'Cuchillo', explica Albeiro, maestro en un caserío cerca al cual actúan ambos bandos.

Los efectos de la guerra no han desaparecido. "El conflicto sigue provocando el desplazamiento de campesinos e indígenas hacia los poblados, que ya no son masivas sino "gota a gota"; el miedo a los grupos armados irregulares y cientos de denuncias", dijo Héctor López, defensor del pueblo local.

Fuente: Univisión


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