contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Lunes, 30 de marzo de 2009

Harina de Otro Costal: Gustavo Gorriti

Uno podría suponer que el debate sobre la coca fuera inspirado además de elocuente y por lo menos algunas veces original, pero es tan previsible como el IGV y tan divertido como un bostezo. Hay que despertarlo. El proyecto de ley 2514 presentado por Nancy Obregón en la comisión de Defensa del Congreso, ha promovido las reacciones de esperar.

La de los oponentes es parecida a la de la Iglesia cuando habla sobre condones: camino a la perdición. La de algunos defensores, de otro lado, es la de sumirse en una suerte de beatitud antropológica.

En un artículo publicado hace pocos días en El Comercio: (“La hoja de coca en debate&rdquoGui?o, el director ejecutivo de Cedro, Alejandro Vassilaqui, escribió que “de aceptarse el… (Proyecto de Ley 2514)… promotor de la harina de coca los resultados podrían ser catastróficos”. Y eso, que en líneas anteriores Vassilaqui cuenta haber reaccionado en Viena –a la par de Rómulo Pizarro, de Devida– con “respeto” frente a Evo Morales, “… quien argumentó a favor de la masticación de la hoja de coca”.

Entonces, ¿por qué lo que es hasta respetable en el presidente picchador es catastrófico aquí en el Perú? Vassilaqui indica que se trata de una cuestión de “derechos humanos”, entre otras cosas.

Permitir la comercialización desmonopolizada de la harina de coca sería “catastrófico”, dice el digno director de Cedro, por “los alcaloides que contiene” la hoja de coca, por lo que tampoco “se debería consumir la hoja, ni siquiera en masticación”.

Está fuera de duda que la hoja de coca contiene alcaloides, el más notorio de los cuales es la cocaína. Por eso la piccha (o acullica, como prefieren decirlo por alláGui?o don Evo Morales; por eso toman mate de coca los turistas en trance de soroche; y por eso compran harina de coca los clasemedieros limeños que van al mercado de productores de Reducto los días sábado.

Hay otros alcaloides que circulan en este mundo: la cafeína; la nicotina; la taurina; la yohimbina; la estricnina… y en un ámbito menos psicotrópico o excitante, la quinina; la atropina; hasta la tomatina. Entonces, vamos, no hablamos de cualquier alcaloide, ¿verdad? sino de la cocaína.

Sabemos, a diferencia de muchos sabios del siglo XIX y comienzos del XX (no solo Freud, pero ¿cómo no recordarlo?), que el consumo de cocaína concentrada –como clorhidrato, como base– es altamente adictivo y muy dañino. Sobre esto hay una base empírica trágica e indudable.

Pero eso no sucede con la coca. Se trata, como ocurre con tantas cosas, de un asunto de proporciones. Salvo casos muy raros, la coca no es adictiva ni provoca dependencia.

El café provoca un mayor hábito. En ambos casos se los toma por su efecto energético, moderadamente euforizante; y en ambos casos se absorbe alcaloides en forma atenuada a través del vehículo natural: la hoja sola o molida, el grano tostado y molido.

Entonces, ¿qué tiene de malo propender a la comercialización no monopólica de productos legales, no adictivos y que tienen demanda en un público racional, que la busca para mejorar su salud y su calidad de vida, como sucede con la harina de coca?

Entendámoslo bien: el problema con el narcotráfico no es la hoja de coca sino el crimen organizado. Un razonamiento mínimamente consistente, pero sobre todo la experiencia de 30 años indica que intentar eliminar la hoja de coca mediante la erradicación forzosa, no reduce sino aumenta el área sembrada; fortalece al crimen organizado y crea conflictos sociales.

De hecho, puede decirse que a más represión, más siembra. Colombia, cuyo gobierno no solo erradica manualmente sino fumiga herbicidas por vía aérea, es el que ha tenido mayor proporción de crecimiento de cocales. Es una guerrilla botánica que, como la humana, se dispersa para disminuir su vulnerabilidad y al hacerlo, se esparce.

La iniciativa del proyecto de ley 2514, dice Ricardo Soberón, uno de sus impulsores centrales, busca “quitar obstáculos para comerciar la hoja de coca, desde las chacras a las moliendas, con certificación de Enaco, para derivarla a los empresarios que ahora tienen problemas con esa entidad”.

El problema es que “Enaco compra muy barato a campesinos pobres y lo vende muy caro a campesinos aún más pobres”, dice Soberón. Junto con éste, otro de los impulsores del proyecto de ley es el empresario Manuel Seminario, dueño de la compañía Maná.

De hecho, un predecesor de Maná, la empresa Zurit, demandó en la década de los 90 a Enaco ante Indecopi, por abuso monopólico. En 1994, Indecopi falló a favor de Zurit, indicando que el monopolio de Enaco es anticonstitucional.

Abrir canales para el uso legal –y además, positivo– de la coca, tiene sentido. El propio Alan García señaló en diciembre de 2006 las “bondades” de los productos naturales provenientes de la hoja de coca. En esa ocasión –un encuentro con la prensa extranjera– García, quien tiene obviamente mucha práctica alimenticia, indicó que la coca podría consumirse, por ejemplo, como la arúgula, “que tiene también sabor amargo pero se sirve con limón y vinagre”.

Ahí no terminaron las recetas del epicúreo presidente. La coca, dijo, “se puede usar en ensaladas, con el asado, se puede hacer muchas cosas, ya que da un sabor especial, y se puede usar como el romero”.

Aparte de la ensalada y el asado, la coca tiene otro uso potencialmente interesante: puede usarse como parte importante de una dieta de adelgazamiento.

La exposición de motivos del proyecto de ley tiene, sin embargo, un lado racional y otro desorbitado. El primero ya ha sido reseñado. El segundo es la propuesta de que toda la producción de todas las cuencas cocaleras sea comprada y convertida en harina, para ser consumida por todos los peruanos, a fin de curar el hambre, la desnutrición.

En dos párrafos medio alucinados, se aconseja que cada peruano debería consumir no menos de 5 kilos de harina de coca al año, con lo cual todos los cocales en el Perú serían insuficientes; y que todos debemos promover, “en el campo como en la ciudad, el consumo inmediato de harina de coca (&hellipGui?o. Podemos desde el Perú ayudar a la humanidad a erradicar el hambre y la malnutrición mejorando la calidad de vida, con la industria alimentaria a base de la harina de coca”.

La mayor enseñanza de ese párrafo es que hay que medirse en el consumo de la harina de coca. Una o dos cucharaditas nomás por toma, según aconsejan en los mercados naturistas. Si no, uno termina con las neuronas como panderetas, a punto de arrancar en un “haré, haré, haré coca”. No es para tanto.

En suma, promover un uso legal y saludable de la coca en harina, es una buena iniciativa. Racionalizar el debate y liberarlo de su actual jaula maniquea, es sumamente necesario. Promover, de otro lado, el fetichismo o la totemización cocalera, es más ridículo que dañino, pero le quita seriedad a lo que sí es razonable.

En medio de todo, no debe olvidarse que la inmensa mayoría de la coca cultivada va al narcotráfico. El mayor uso legal de aquella restará un porcentaje más bien modesto a las pozas de maceración. Y si bien es cierto que la lucha contra el crimen organizado no debe tener a los campesinos cocaleros como objetivo, es obvio que cuando se logren avances –destruyendo organizaciones criminales, controlando eficazmente los insumos químicos, sin los cuales no hay droga posible– una cantidad importante de cocales se quedará sin mercado y será abandonada. Por eso, junto con la harina de coca, debe empeñarse el mayor esfuerzo en el desarrollo alternativo.

Fuente: Caretas


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Gorriti, porfavor retirate del periodismo, eres un personaje que no sabe ni de periodismo y menos de pol?tica, eres muy apasionado y te dejas llevar por tus intereses politicos
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