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Viernes, 20 de marzo de 2009

C?sar Hildebrandt: ?Pizarro tiene raz?n?

¿Será cierto lo que dijo Pizarro respecto a la cantidad de peruanos excrementicios que habitan esta comarca?

Para decirlo con el lenguaje del realismo urbano tipo Reynoso: ¿Es cierto que muchos peruanos son una mierda?

Bueno, nadie podrá decir cuántos peruanos entran en esa categoría ni qué porcentaje de la población representan, pero lo que resulta indiscutible es que esa población mierdosa es demográficamente significativa.

¿Es que acaso no hay peruanos que arden en deseos de que la más podrida de las décadas del siglo XX regrese montada en el volquete carnal de la señora Keiko?

¿Cómo llamar a los peruanos que en cifras considerables niegan las atrocidades del fascismo fujimorista y pretenden enterrar por segunda vez a las víctimas de Camión y Martin Rivas?

Claro que hay que ser una reverenda mierda ciudadana para tomar esa actitud.

¿Y qué hay de los peruanos que darían cualquier cosa con tal de que los chilenos dominen otra vez el escenario del Perú?

El mariscal Andrés Avelino Cáceres, que sazonaba con ajos y cebollas sus decires, diría que son una mierda.

¿Y los vastos faenones que se están perpetrando en este segundo alanismo, de dónde vienen? De la misma materia nombrada por Pizarro.

¿Y los militares que se corrompieron y firmaron un contrato mafioso con el fujimorismo? Mierdas en uniforme.

¿Y los extras que llenaban las plazas del fujimontesinismo agradeciendo la posta que debieron exigir y el desagüe que no era un favor y la luz parpadeante que era un deber del Estado instalar, mientras el dictador asumía todos los poderes y anulaba el juego democrático?

Me dan risa los huachafos que han salido, bandera en mano, a hacer de Pizarro un estropajo. Muchos de ellos son los herederos mentales de quienes, viviendo en estas tierras, asistieron a los españoles en la conquista organizada por ese otro Pizarro que nos caló a primera vista, nos dividió sin dificultades y nos venció sin grandes resistencias.

Además, cuando Pablo Macera dijo que el Perú era un burdel –cosa que él demostraría más tarde con su propia actuación-, ¿no se estaba refiriendo, precisamente, al componente de bosta de cierta identidad peruana?

Y cuando Vargas Llosa consagró la frase zavalitana de cuándo se había jodido el Perú, ¿a qué cosa aludía sino a la condición de agua servida de parte del mare nostrum?

Lo que el tramposo de Pizarro ha dicho es, en esencia, verdad. Lo que no ha dicho es que, gracias a sus enjuagues financieros y encubrimientos fiscales, él aparece muy cerca de la frontera fecal que tanto le espanta.

Y lo segundo que ha querido decir es que el distintivo mayor de esa membresía pestífera, es la envidia.

Y allí sí que acierta al ciento por ciento.

El Perú ha hecho de la envidia un artículo de primera necesidad, un emblema patrio y el programa frentista que arrasaría con las elecciones.

No tenemos proyecto nacional pero tenemos una envidia que convoca a todos. Aquí la envidia no es la anomalía sino la norma.

Aquí se perdona el crimen, el abuso, el exterminio de inocentes, el latrocinio. Lo que es difícil de perdonar es el mérito.

El niño que se distingue por su talento conoce, en el Perú más temprano que en cualquier otro país, el tumulto asustado de la envidia, sus furias murmuradas.

País de múltiples abortos –abortan los proyectos y los sueños, las empresas y las metas, las vocaciones y hasta la esperanza-, el Perú nutre a multitudes de resentidos, a legiones que vienen del fracaso y van a la envidia disfrazadas con las más surtidas máscaras: la del diputadito analfabeto, la del periodista que lee el teleprónter, la del escritorzuelo que pide benevolencia a sus amigos, la del que necesita la desgracia ajena para compensar el odio que le produce su propia esterilidad.

A mí que no me vengan a negar que la envidia se convirtió en el Perú en una de las bellas artes.

Por César Hildebrandt:

Fuente: La Primera


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