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Lunes, 09 de febrero de 2009

Colombia: Cr?nica de una liberaci?n en peligro

 Daniel Samper, Pierre Hoffer, m?dico del CICR y Piedad C?rdoba hablan con los guerrilleros en la selva del Caquet?, en medio de la operaci?n

Los sobrevuelos militares realizados en el Caquet? durante la entrega de cuatro rehenes de las Farc ti?eron de sospecha la operaci?n y casi impiden su liberaci?n. Supimos que la operaci?n estaba en problemas poco despu?s de aterrizar en un paraje de la selva, a las 9:05 a.m. del domingo pasado.

-?No oyen ruidos de avi?n? -pregunt? muy serio uno de los guerrilleros que acababan de dar la bienvenida a la comisi?n encargada de recuperar a cuatro miembros de las Fuerzas Armadas en poder de las Farc. "Rehenes", los llama la Cruz Roja; "prisioneros", los denomina la guerrilla. Iban a ser los primeros de seis que la guerrrilla estaba dispuesta a liberar como "gesto humanitario" gracias a las gestiones de Colombianos y Colombianas por la Paz (CPP), un grupo de miles de ciudadanos encabezados por la senadora Piedad C?rdoba que propone un camino negociado para finalizar la guerra.

No. No hab?amos o?do ruidos de avi?n porque lo imped?a el estr?pito de las aspas del helic?ptero de la Fuerza A?rea Brasile?a que nos traslad? all? a los dos delegados de la Cruz Roja (CICR), el m?dico de la instituci?n, Pierre Hoffer, y los cuatro garantes de CPP, con Piedad C?rdoba al frente. Pero, silenciadas las aspas, el zumbido alto, constante y lejano de los aviones se escuchaba a la perfecci?n. Solo lo interrump?an los cantos de un p?jaro mochilero en un ?rbol vecino.

-Son aviones del Ej?rcito -explic? el jefe del peque?o grupo de once guerrilleros-. Est?n rondando desde ayer y hoy no han parado.

Alguien pregunt?, esperanzado, si no corresponder?a a vuelos comerciales. Pero ya sab?amos que solo se realizan cuatro al d?a desde Florencia, nuestro punto de despegue antes de que Piedad revelara las coordenadas del sitio donde pens?bamos hallar a los guerrilleros.

-Los aviones comerciales vuelan m?s bajito y no dan vueltas sobre nosotros -explicaron los de las Farc, que han aprendido en la selva a aguzar al o?do frente al peligro-. Son aviones esp?as de la Fuerza A?rea, aviones plataforma de los gringos.

Exist?a un acuerdo con el Gobierno Nacional en el sentido de que, durante el d?a de la liberaci?n y parte de la v?spera, se suspender?a todo vuelo militar. El acuerdo no se estaba cumpliendo.

-En estas condiciones -a?adi? el jefe guerrillero con serenidad pero con firmeza-, la entrega de prisioneros est? suspendida.

Enseguida entregaron unas flores a Piedad y nos repartieron gaseosas a todos. Hablamos con los delegados de la Cruz Roja. Estaban tan sorprendidos como nosotros por esos ominosos vuelos que no cesaban de rugir desde el cielo nuboso.

?Qu? hago yo aqu??

Yo hab?a aceptado ser garante del proceso de rescate de seis rehenes en tres sitios distintos del pa?s durante casi una semana porque me lo pidieron los directivos de Colombianos por la Paz. Respaldado por El TIEMPO, me quit? la camiseta de periodista para cumplir esta misi?n y vest? la de observador imparcial. Con la aprobaci?n del Gobierno, la Cruz Roja y las Farc (como todos los dem?s participantes), me hab?a subido el viernes 30 de enero al avi?n que nos llev? a la base de S?o Gabriel de Cachoeira, en Brasil; un d?a despu?s hab?a regresado a Colombia en un helic?ptero Cougar de los brasile?os para recuperar los secuestrados. Formaban as? mismo parte del equipo de CPP, junto con Piedad, el periodista Jorge Enrique Botero y la discreta e inteligente directora de la Casa de la Mujer, Olga Amparo S?nchez.

Sab?a, por abogados a quienes consult?, que ser garante no es un honor, sino una responsabilidad que goza de estatus jur?dico en los convenios internacionales. El garante vigila que se cumplan las reglas de juego. Si todo sale bien, es un paseo. Si algo falla, su tarea puede convertirse en una pesadilla.

All?, en las selvas del Caquet?, mi paseo como garante estaba a punto de convertirse en pesadilla. Abr? bien los ojos y prepar? la libreta de apuntes, pues, a las 10 a.m., como los vuelos no paraban, la misi?n era un fracaso. La guerrilla, inquieta por la sombra de esos animales met?licos que vigilaban desde lo alto, ya no iba a entregar a los agentes de Polic?a antisecuestros W?lter Lozano, Juan Fernando Galicia y Alexis Torres, ni al soldado William Giovanni Dom?nguez. Temiendo una trampa, las Farc se hab?an replegado.

Sobrevuelos ominosos

A trav?s de un poderoso tel?fono satelital, Thierry Grobet, adjunto al jefe de la Cruz Roja en Colombia, busc? al Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo. El celular estaba desconectado. A las 10 y 47 los vuelos segu?an y Grobet -suizo casado con colombiana- se comunic? con sus superiores en Bogot? y pidi? enterar de la cr?tica situaci?n a Juan Manuel Santos, ministro de Defensa. Grobet era el responsable inmediato de nuestra misi?n. Christophe Beney, su jefe, intentar?a hablar con Santos y nos contar?a el resultado de la gesti?n.

Quedamos a la espera. Los vuelos continuaban. Todos los o?amos. Ya completaban por lo menos hora y media. ?Un avi?n? ?Dos? Dif?cil saberlo. Pero hasta los m?s biso?os nos d?bamos cuenta de que no eran viajecitos de Satena.

Un rato despu?s, Christophe llam? e inform?. Hab?a hablado con el Ministro y este, sin atribuirles mucha importancia, reconoci? que se trataba de aviones militares de la Base de Tres Esquinas. Pero que inmediatamente ordenar?a suspenderlos. Quince minutos despu?s, el ruido hab?a desaparecido.

Esa noche, al llegar con los cuatro ex rehenes a Villavicencio, nos enteramos de la confusa situaci?n: el Comisionado negaba que hubiera habido vuelos, pero Santos reconoc?a que s? y hablaba de un acuerdo para operaciones militares a?reas por encima de los 20.000 pies. A su turno, el general Freddy Padilla, comandante de las Fuerzas Armadas, hizo chistes en el sentido de que nosotros est?bamos en "un pic nic con las Farc" y aduc?a que se trataba de "vuelos humanitarios" para proteger a los comisionados de la Cruz Roja en caso de emergencia.

(Respetuoso mensaje al general Padilla: no son chistes lo que un ciudadano espera en tan dram?ticos momentos de una autoridad como de su categor?a. Hicimos cuanto pudimos para rebajar el ambiente de inseguridad creado por los aviones militares. Y lo logramos. En cuanto a los "sobrevuelos humanitarios", el General sab?a bien que el segundo helic?ptero brasile?o estaba listo en Florencia para acudir ante cualquier eventualidad. Para eso no se necesitaban sobrevuelos).

Los compa?eros de la Cruz Roja, hoy puedo decirlo, estaban tan estupefactos como nosotros. ?Hubo acuerdo para que volaran aviones militares por encima de determinado punto? Patricia Danzi, jefe de operaciones latinoamericanas de la CICR y presente en el escenario selv?tico, me dijo: "He asistido a muchas misiones parecidas a esta en varios pa?ses del mundo. Jam?s, por ning?n motivo, la Cruz Roja permitir?a aviones militares en una operaci?n tan delicada".

El ruido de los motores se hab?a silenciado, pero sus efectos eran devastadores. La guerrilla, oliendo una celada, se hallaba replegada y escondida. Pese a su coraza diplom?tica, los miembros de la Cruz Roja no pod?an ocultar su disgusto e inquietud. Los miembros de CPP est?bamos convencidos de que se trataba, en el mejor de los casos, de un aprovechamiento indebido que hac?a el Gobierno de las circunstancias y, en el peor, de una tarea de hostigamiento que buscaba el fracaso de la entrega para inculpar de ello a las Farc y hacernos quedar en rid?culo a los dem?s.

Ni siquiera ahora podr?a decir qu? se propon?an los vuelos. Si fue un error de buena fe, es tan burdo que merece establecer culpas por omisi?n. Si fue un acto deliberado, alguien tiene que responsabilizarse. De todos modos, considero mi deber que el pa?s sepa lo que pas?.

La misi?n se restablece

En ese momento la liberaci?n estaba embolatada y hab?amos perdido tres valiosas horas. La consigna de todos fue optar por el sosiego, seguir adelante y convencer a las Farc de que hab?a garant?as suficientes para culminar con ?xito la operaci?n.

Nos tranquilizaba saber que estaban all? los militares brasile?os con su helic?ptero en medio de la manigua. Su presencia tranquila y profesional era un aval para continuar.

La guerrilla atendi? las razones de quienes insist?amos en no presentarnos en Villavo con las manos vac?as y alg?n jefe, por un radio especial, comunic? al grupo de recepci?n que nos condujera hasta donde se hallaba el destacamento grande. Cuatro guerrilleros desarmados subieron al helic?ptero y a las 12 y 36 partimos con el rumbo que uno de ellos indic? al piloto. Fue un viaje corto hacia un sitio desconocido. Empezamos a aterrizar en un paraje de colinas rodeadas de matas de monte. Con gran sorpresa vi que alguien filmaba nuestro arribo: en medio del hurac?n que desataban los rotores, reconoc? a mi colega Hollman Morris al lado de un camar?grafo.

Nos recibieron en forma amable los comandantes Jairo Mart?nez y Luis Emiro Mosquera. Est?bamos rodeados por dos cordones de guerrilleros bien uniformados, j?venes y armados poderosamente. Eran quiz?s cien o m?s de cien. Abundaban las mujeres. Un cord?n cercano rodeaba la zona de aterrizaje y ve?amos la silueta m?s lejana de los del cerro como ven los vaqueros solitarios el perfil de las formaciones abrumadoras de sioux en las pel?culas del Oeste.

Bajo un tenderete de lona, y sentados en sillas de pl?stico que a?n ten?an marcas de propaganda electoral, conversamos con Mart?nez y Mosquera. De manera enf?tica protestaron por los sobrevuelos y expresaron su temor de que el Gobierno los estuviera enga?ando. Hablaron de un enfrentamiento reciente en la vereda Doce de Octubre que dej? un guerrillero muerto y otro desaparecido. "A?n estamos aqu? -nos dijeron a Piedad y compa??a- por ustedes, los representantes del grupo de ciudadanos por la paz." Nosotros entendimos que ese voto de confianza conllevaba una seria responsabilidad pero pod?a ser, al mismo tiempo, el instrumento para liberar a los muchachos de la Polic?a y el Ej?rcito, a pesar de la an?mala situaci?n que viv?amos.

No creo necesario revelar detalles de la charla entre los jefes guerrilleros y la Cruz Roja, que conoc? como garante, pero es importante decir, para entender la situaci?n, que las Farc manifestaron haber perdido la confianza en esa instituci?n internacional.

Enseguida nos hicieron o?r una grabaci?n que, seg?n explicaron, hab?a captado horas antes uno de sus radios. En ella, la base (?Tres Esquinas?) se comunicaba con un piloto, enmendaba unas coordenadas, insist?a en fotografiar cuatro puntos y planteaba adelantar "una b?squeda sobre tierra". La palabra "tierra" implica infanter?a, y los jefes de las Farc tem?an que el Ej?rcito ya estuviera tratando de localizar al grupo que iba a entregar a los rehenes.

Fue en ese momento cuando Botero consider? que la situaci?n era cr?tica y cometi? el error, sin consultar a nadie, ni siquiera a sus compa?eros de grupo, de emitir un flash noticioso que alertara sobre el estado de cosas.

La batalla contra el reloj

La Cruz Roja relat? el episodio con el ministro Santos y nos dispusimos a conversar y esperar. Los miembros de CPP les expusimos los ideales de justicia social que compartimos con ellos, pero condenamos con toda claridad sus m?todos: el secuestro, la lucha armada, la muerte de inocentes. As? lo hemos hecho en nuestras cartas a las Farc a favor de un acuerdo humanitario, llave que abri? la entrega de estos rehenes. Nos oyeron con respeto y presentaron tambi?n sus puntos de vista. Contaron historias escalofriantes, como la de la familia del propio Jairo Mart?nez, asesinada en su presencia cuando ni?o por los chulativas en Planadas (Tolima).

Las horas pasaban. Nos ofrecieron sancocho y gaseosas. Pienso que la guerrilla hab?a enviado algunos grupos de avanzada para verificar si se registraba movimiento de tropas y, de todos modos, quer?a alargar la tarde lo m?s posible en compa??a de nosotros, los brasile?os y la Cruz Roja. Nuestra presencia los amparaba. La noche es aliada de quienes se esconden en la selva. Por eso casi nunca caminan de d?a.

Esta aspiraci?n estrat?gica, totalmente comprensible dado el ambiente de sospecha e incertidumbre creado por los sobrevuelos, conspiraba contra nuestros relojes. Para realizar un vuelo seguro de dos horas -distancia calculada hasta Villavicencio- necesit?bamos volar con luz de d?a, aunque fuera crepuscular. Salir despu?s de las 4 p.m. implicaba un riesgo.

Lo peor es que a?n estaba en alerta el grupo guerrillero y en suspenso la liberaci?n. Nos dedicamos entonces a reconstruir un ambiente que rebajara las tensiones. Mosquera, un antiguo dirigente sindical comunista que se refugi? en las Farc porque estaban asesinando a sus colegas, quiso que le oy?ramos sus composiciones: nos cant? una ranchera, una guasca y un pasaje llanero. (M?s tarde o?mos tambi?n al soldado Dom?nguez, que interpret? una canci?n compuesta bajo las cadenas de su atroz cautiverio de dos a?os. Era distinta a la que cant? por televisi?n esa misma noche).

Por petici?n de Mart?nez, Piedad salud? de mano a muchos guerrilleros. Ya eran las tres y media. Nos est?bamos pasando del l?mite, porque la guerrilla exige dos horas de espera despu?s de su salida; necesita tiempo para dispersarse y esconderse. Piedad explic? la situaci?n a los dos jefes y les propuso que aceleraran la entrega de los rehenes y nos rebajaran el plazo de espera a solo una hora. De lo contrario, un vuelo nocturno por los farallones orientales nos expon?a a todos. Mart?nez y Mosquera aceptaron.

Poco despu?s aparecieron con los cuatro muchachos, que abrazaron emocionados a Piedad y luego a cada uno de nosotros. Parec?a incre?ble, pero hab?amos logrado liberarlos. En ese momento llegaron noticias de que hab?a "movimientos raros" en veredas cercanas (finalmente no fue as?, pero era imposible saberlo entonces). Con rapidez, los hombres de las Farc formaron, cantaron su himno y se despidieron. Cinco minutos despu?s no quedaba un solo guerrillero. Cincuenta y cinco m?s tarde salimos con los antiguos cautivos hacia Villavicencio. Hollman Morris pidi? a la Cruz Roja que lo subiera al helic?ptero con su camar?grafo, pero el delegado consider? que violar?a los protocolos del viaje.

Llegamos a las 6 y 53, con la alegr?a de entregar los muchachos a sus familias tras una jornada de nervios y tensiones. Pero el d?a a?n no hab?a terminado para nosotros.

Noche de vetos

Nos esperaba una reuni?n con el Comisionado de Paz en una oficina del aeropuerto. Quer?a reclamar por la noticia que hab?a emitido Botero, algo de lo que nos enteramos en ese momento. La ocasi?n era oportuna, porque nosotros tambi?n ten?amos reclamos que hacer, como garantes, por la ins?lita interferencia de los sobrevuelos militares. Acudimos a entrevistarnos con Luis Carlos Restrepo y sus tres asistentes. Est?bamos presentes, adem?s, los dos delegados de Cruz Roja y los cuatro de CPP. Restrepo pidi? que habl?ramos con franqueza y cedi? la palabra a Piedad.

Esta explic? la indignaci?n que nos produjo la situaci?n creada a despecho de todos los acuerdos y dej? claro que, si se hab?a podido entregar minutos antes los cuatro cautivos a oficiales del Ej?rcito y la Polic?a, era debido a la labor de convencimiento realizada por nosotros, a la garant?a que ofrec?a la presencia de los brasile?os y al trabajo de la Cruz Roja. Luego me pidi? que hablara yo.

Le anunci? a Restrepo que iba a ser tan claro como la situaci?n exig?a. Protest? por la irresponsabilidad de los sobrevuelos y dud? de que fueran una acci?n inconsulta del general Padilla.

-Sus palabras son muy duras- me reproch? Restrepo.

-Lo que ustedes hicieron es m?s duro- le repliqu?, m?s o menos-. Yo no vine aqu? de florero, sino a cumplir un deber. Este deber es denunciar y contar lo ocurrido y exigir garant?as para las pr?ximas operaciones de liberaci?n.

La Cruz Roja tambi?n expuso sus opiniones y luego habl? Restrepo. Dijo que, por instrucciones del Presidente, quitaba el respaldo a la presencia de Botero en la comisi?n y mencion? lo del avance noticioso y el efecto de zozobra que hab?a producido. Piedad, Olga Amparo y yo pedimos unos minutos para reunirnos con Jorge Enrique. O?mos su explicaci?n y consideramos que las circunstancias de zozobra atenuaban su responsabilidad, pero le reprochamos haber violado la promesa de solo emitir informaci?n tres semanas despu?s y le pedimos que ofreciera disculpas p?blicas y se abstuviera de nuevas trasgresiones de los protocolos acordados. Botero acept? su error ante todos los de la misi?n y se comprometi? a consultar cualquier duda con Grobet. As? las cosas, lo respaldamos y ped? la palabra para que el Comisionado intercediera a fin de que el Presidente le levantase el veto.

Botero nunca escondi? su condici?n de periodista; siempre anduvo con la c?mara en la mano; pidi? permiso para grabar un documental y todos se lo dieron: el Gobierno, la Cruz Roja y las Farc. Cometi? un error, ciertamente, pero fue producto de la situaci?n de tensi?n que crearon los sobrevuelos.

-Estas misiones deben tener un registro hist?rico -a?ad?-, y al bajar Botero, se perder? el registro. Ser?a aconsejable que el Presidente reconsiderara su veto a quien ya reconoci? su error.

Mientras el Comisionado se alejaba a consultar con el Presidente en otra oficina, supimos por Botero que algunos de sus colegas lo estaban criticando tanto como el Gobierno, y nos pregunt?bamos qu? suerte estar?a corriendo Morris. De todos modos, hab?a que prepararse, porque al d?a siguiente saldr?amos a recibir a Alan Jara, un pol?tico llanero secuestrado por las Farc en el 2001 que goza de enorme simpat?a.

Pero la ilusi?n de recuperar a Jara se vino a pique en pocas horas. El Comisionado se?al? que el Presidente no solo no levantaba a Botero el veto (no us? esta palabra: era muy fuerte) sino que lo extend?a a m?. Yo tambi?n hab?a perdido la confianza del Gobierno. No pod?amos creer que a una argumentaci?n m?a, Uribe respondiera con un nuevo veto. ?La explicaci?n?

-El Presidente dice que esto se est? volviendo un espect?culo period?stico-.

La consigna fue: continuar

La disculpa era indignante. Le dije con vehemencia a Restrepo que si ten?a alguna queja contra m? como garante, que la expusiera de inmediato, porque yo consideraba haber cumplido mi misi?n con absoluto rigor. Lamentaba mucho si mi deber de denunciar violaciones a lo acordado, como los sobrevuelos, le molestaban o no. Al no haber reproche alguno por mi trabajo como garante, y ya que Uribe hablaba de "espect?culo period?stico", parec?a claro que me vetaba por ser periodista. Agregu?, m?s o menos: "Como periodista, me tiene sin cuidado el veto de este o cualquier gobierno". (Para un periodista que se respete, el veto oficial de un gobierno es un diploma de independencia). "Pero nuestra meta es sacar a los rehenes, as? que me har? a un lado desde este momento y colaborar? con mi silencio hasta que logremos nuestro prop?sito."

Le ped? que enviara al Presidente el mensaje personal de que hab?a cometido una "profunda injusticia". Quise decir atropello o infamia, pero me moder?.

Restrepo ratific? que solo estaba en pie la credencial de Piedad y en un limbo la de Olga Amparo, a quien no hab?a c?mo descalificar. Eran m?s de las nueve cuando se levant? la reuni?n.

Unas horas m?s tarde, al ver desde el hotel el "espect?culo period?stico" del Presidente con los muchachos que acababan de salir de su cautiverio, nos enteramos de que Piedad tambi?n hab?a sido vetada por el Gobierno.

El lunes supe que el Presidente hab?a comentado que nunca habl? con Restrepo de vetos personales ni recibi? entre las 7 y las 10 p.m. ninguna llamada del Comisionado. ?A qui?n creerle?

A pesar de todo, acordamos insistir -decisi?n que apoyaron los miembros de CPP llegados a Villavicencio-, terminar la misi?n aunque tuviera que ir sola Piedad, abstenernos de todo comentario hasta recuperar al ?ltimo secuestrado, y mantener abierto el camino de un acuerdo humanitario.

As? ocurri? dichosamente el jueves y, de nuevo con la camiseta de periodista, puedo ahora contar lo que pas? durante aquellas dif?ciles horas.

Por DANIEL SAMPER PIZANO
EL TIEMPO
8 de febrero de 2009

Fuente: S? SE PUEDE LOGRAR LA PAZ - Acuerdo humanitario ya - Cr?nica de una liberaci?n en peligro, por Daniel Samper, miembro de comisi?n que trajo a uniformados

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