contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Domingo, 28 de diciembre de 2008

VRAE II: Testimonio de un pisador de coca

Era cuestión de no perder su rastro. De entablar más que un diálogo con él. De darse cuenta que durante mucho tiempo ha estado en el mismo lugar, pero que se necesitan más de dos ojos para advertir su presencia y atender sus confesiones. Su conocimiento puede parecer poco revelador, pero cuando permitió la entrevista decidí no perder la oportunidad de publicarlo. Su compañía es casi fortuita y sus palabras en verdad parecen constituir un aporte. Ayuda a consolidar una impresión del maravilloso y peligroso valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE). Es el testimonio de alguien que pisó coca y antes fue torturado.

Un grupo de colombianos no demoró en apodarlo, aunque prefiera no decir cómo. Así era conocido en la selva de Ayacucho, así aún puede ser conocido. Sufre de una cojera tan difícil de disimular que le provoca tener una cadera muy levantada, como si lo hubieran golpeado recién ayer. Como si el dolor de pisar tanta coca estuviera presente, para quedarse y acompañarlo en cada cuadra, trocha y sendero. Viste con un polo rojo que bien sería de dudosa intensidad veinte años atrás. Una canción afro-caribeña que habla de piratas, libertad y redención es una de sus favoritas, nada mejor en el fondo de una terraza para motivarse a contar su experiencia como pisador de coca en el VRAE.

poza de maceración.
poza de maceración.

Él dice: Llegué a Llochegua en abril del 91, allí estuve hasta marzo del 95. Se recuerda bastante, pasas un montón de cosas, vives bastante, aprendes cómo es el hombre, su codicia y todas esas cosas, cuando el único medio de trabajo es la coca no te queda otra. El gobierno central trató de extirpar los cultivos por medio de fumigaciones en esos años con una sola avioneta, pero nada, eso fue rechazado por posible envenenamiento y daños al medio ambiente. Quisieron hacer eso porque ya habían fumigado antes en Monzón y Tingo María, pero la coca de Ayacucho era la mejor, es la mejor, con mayor cantidad de alcaloides. Usábamos perganmanato, una solución química que nos ayudaba a extraer los alcaloides y hacer pasta de calidad, trabajé en varias pozas, como cinco o seis, para diferentes grupos que transportaban la droga a otros lados, o venían las avionetas de afuera y se llevaban los cargamentos.

Por un trabajo en las pozas podías cobrar hasta cuarenta dólares por tres días de pisado, varias veces al mes y sacas tu cuenta y vives más o menos, no tanto como los jefes, pero ya te alcanza para estar bien. Una arroba de coca puede pesar 11,5 kilogramos, habían arrobas de 25 libras, pisábamos de 100 a 150 arrobas de coca por una cuadrilla de ocho a diez personas por día en una poza de ocho metros de ancho por veinte de largo. No dejábamos de pisar, de chancar las hojas y allí mismo echaban el ácido mezclado con agua para no hacernos daño a la piel, los vapores eran mínimos, pero tenía que ser de todas maneras al aire libre, en islotes o a orillas nomás del río, siempre con cuidado, o en una chacrita de agua, pero donde hay agua, porque sin agua no se puede trabajar la coca. También mezclábamos con ácido sulfúrico, el que se usa para piscinas, las pozas las forraban con micas, para evitar que el líquido se desperdicie en la tierra, al final se vuelve transparente y se añade lejía también para fortalecer la solución y lograr la extracción del alcaloide, luego se mezcla con el kerosene en pozas más chicas y se bate hasta llegar a la pasta básica. Para hacer cocaína es más complicado, así nada más no se hacía cocaína.

Una vez un pata mío se había escondido en el fango, tuve que bañarlo, desde allí me agarró cariño, pero sobre todo lealtad, lo más importante. Él y otra gente más me pusieron un apodo, por la cojera pues, nos metíamos unas bombas alucinantes, ellos gastaban trescientos dólares en una noche, me prometieron llevarme a su país, pero a uno lo agarraron y los demás desaparecieron, debe estar en una cárcel de Iquitos.

A los chismosos qué no les hacían. Yo he visto cuerpos desmembrados, sin cabeza, flotando en el río Ene, luego venía el ejército y recogían los cuerpos, un montón sin miembros, sin cabezas, los envolvían en bolsas negras o les cambiaban las bolsas porque también los encontraban en bolsas y los enterraban. No daban parte, no avisaban a nadie porque no les convenía, luego venía la prensa y se armaba un pleito más grande y a nadie le iba a convenir pues. Por eso las cosas se mantenían adentro, el que hablaba de lo que pasaba en el pueblo lo buscaban, lo agarraban y allí quedaba todo. Luego nadie sabía nada. Yo no me arrepiento de los hechos, pisaba coca nomás, no mataba a nadie, ya después cuando me fui haciendo un poco conocido, me respetaban porque hablaba mejor que el mismo alcalde, me expresaba mejor, era un juez no letrado, me consultaban y tenía dos chacales grandazos, fieles, que me ayudaban para cualquier cosa. A uno lo mataron. Se rompían las reglas pues, no se pueden romper las reglas, en este sistema no se roba ni se traiciona, son dos reglas fundamentales, así andábamos, pero siempre hay uno que la malogra.

En mis cuatro años habré visto morir a ochenta hombres más o menos, y de ninguno se supo nunca nada. Llochegua es un lugar espléndido, como si fuera un sueño. Los ruidos, todo. Todo el valle es así. Yo he estado cuando todavía habían casas de madera, ahora Llochegua es un distrito, quieras o no, se avanza, con coca o sin coca, más lento, pero el carro avanza. Una vez me vine a Lima solo para comprarme unos pantalones y al regresar habían matado a mi chacal. Fui con el negro, nos coqueamos un rato antes en la noche, yo no consumía, solo en casos así, y le quemamos la casa al culpable, con él adentro, para que aprenda carajo. Puede ser un pueblo pequeño, pero allí tenías que hacerte ver. No siempre hice cosas así, no he sido un demonio. Cuando había temporadas que no me daba ganas de pisar o cazar soplones, mi labor consistía en inculcar sobre el cultivo del café, le llamábamos el monitoreo, así sabíamos qué campesinos plantaban coca, cuáles querían plantar coca, y así esto nos servía como datos que vendíamos a otra gente que administraba la zona. Igual les decíamos que estén en contra de los militares porque su sistema no servía, era equivocado, además el milico iba donde los campesinos y era muy déspota, maltrataba.

También he estado en Lechemayo, aunque de paso. Me tocaba cuidar a narcos grandes, afincados. He trabajado en el programa del vaso de leche, para conocer los pueblos, ver cuáles eran los más necesitados, a cuáles podíamos acudir luego. Ya al final cuando las cosas se pusieron más difíciles, ya habían hecho varios operativos, me dediqué a vender galletas, productos de panllevar en Pichari, recorría las calles, tienda por tienda a ver si me encontraba con alguien que me reconociera de antes, si podía asociarme de nuevo, pero te dan la espalda, un día pisas coca juntos, y de ahí no te conocen, te miran, hasta te acusan por salvarse ellos. No es un juego, se defendía la no traición, pero era lo que más había. Yo a mis chacales les daba hasta fusil, tenía un pequeño armamento que resguardaba, y les daba a seis tiros cada uno para que vayan y busquen al soplón, a determinado soplón, lo entregábamos a pedido, le daba doscientos cincuenta dólares a cada uno y 500 para mí, y todo bien. La cabeza de un soplón costaba mil dólares. Me contaban que cada bala era toda una historia para ellos. Yo también redactaba las actas, me gustaba escuchar a la gente, quería estar al tanto de cada movimiento en el lugar, para saber cómo encontrar y ´cogotear´ (asesinar). Un poco tiempo antes de salirme me enteré de un arrepentido, ex senderista, que mandaba a un ejército de cincuenta hombres armados, todititos hasta los dientes, parecía que había transformado la filosofía, hasta un RPG tenía, iba por los pueblos y trataba de impartir sus ideas, a lo mucho la gente lo recibía con la leyenda del otorongo, un tigrillo que nadie había visto nunca, solo un viejito, un anciano que decía que lo había visto, el otorongo era como una esperanza en mito. Pero todas esas cosas no existían cuando se trataba de armas, el tráfico de armas era otra cosa. Un tema más grande todavía, en un momento a nadie le faltaban balas, así era. “Cómo será hoy”.

Si pues, cómo será hoy. Hay que ir, apreciar el zoológico, tomar fotos a esos libros de guardaparques y salir a buscar al otorongo, olvidar las detonaciones y nada más, recoger imágenes de las cataratas de Omaya, o dormir en balsa sobre el Ene, hacer rapel de ese monte y hospedarse bajo las buenas cocoteras.

Por Miguel Gutierrez Podestá

Fuente: Todo ayacucho


Añadir comentario

¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com