contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Domingo, 28 de diciembre de 2008

VRAE I: Las balas del monte

Hoy escribo con la experiencia de haber estado en el valle de los rios Apurímac y Ene, aunque ya hace varios días de retorno, pero con la memoria sin freno, como las balas. Estar en aquella guerra de hecho no es fácil. Eso recuerdo, las balas del monte, y con suerte, una pregunta diferente que acompañaba a cada una de ellas, en un lugar maravilloso, visto de arriba, de abajo, y seguro que bajo tierra también.


Fotos: Samuel Camacho

En este primer acercamiento a una de las zonas más conflictivas del país, la cual compromete a la región sur de Ayacucho, la selva me pareció una sábana de parches; espacios de árboles cortados, medianos y grandes espacios, hojas de coca escondidas, y explosiones, de fusil y de mortero.

Hasta el momento previo al interrogatorio “senderista” nada me había obligado a pensar tanto y tan rápido. El teatro de guerra fue suficiente para comprender que de ser prisionero uno puede ser liberado dando respuestas correctas a sus captores y afirmando temer solo a no completar la misión a la que uno pueda estar encomendado, tal vez a no encontrar una verdad o a no dejar una huella en el mundo, por más inhóspita que sea su tierra, esto en palabras del efectivo militar de aquella experiencia en el monte, en las primeras horas del 1 de octubre, el día del periodista.

En un momento de preocupación por encontrarle un enfoque más preciso a la historia pensé de hecho en la base militar asentada en Pichari, en Cuzco, y qué tanto un destacamento puede interrumpir un determinado orden ecológico y social en favor de encontrar el preciso orden por el que fueron creadas sus fuerzas armadas, en obstáculo quizás de la libertad de una catarata o el silencio de un tucán. Un capitán dijo que sin la fuerza militar el Perú no hubiera existido.

Durante el vuelo en helicóptero conté no menos de cien espacios de árboles cortados con extensiones aproximadas de una hectárea o más por cada uno, lunares de troncos caídos y suelo quemado, nuevos llanos forzados entre la jungla luchada, todos siempre cerca de una trocha o carretera, o de un pequeño centro poblado o choza solitaria. Estas acciones, afirmó un alto mando del ejército militar, pertenecen también a los grupos subversivos armados y a los que se dedican a los cultivos ilegales y por los que las Fuerzas Especiales del Vrae están presentes.

El alto mando respondió “no” a la pregunta sobre la presencia del turismo en la zona. En los últimos años la actividad cocalera ilegal se ha incrementado tanto que los turistas que no hace mucho navegaron por el río Ene, hoy aparecen solo en fotografías de catálogos que no tienen rutas específicas para ofrecer a las agencias de Huamanga, por ejemplo. “Otro detalle es que en algún momento los taladores ilegales han utilizado los troncos cortados para el transporte de droga”.

Ya se ha dicho y es una realidad: los tres grandes problemas que afronta este extraordinario paraje natural son, en primer lugar, la pobreza extrema, consecuencia de la subversión armada (segundo problema), y con esto no se diga que hago apología, pero es cierto, y seguidamente el tráfico ilícito de drogas, causante de grados de contaminación hasta ahora no medidos, debido a que para la fabricación de la cocaína se utilizan distintos componentes a los que también valdría la pena seguirles el rastro.

Fuentes de estado afirman que en el año 2006, en el VRAE, hubo un millón 800 mil galones de queroseno, 105 toneladas de soda cáustica, 22 mil galones de acetona y 15 mil galones de ácido clórico, todo esto para desprestigiar, en factor agregado, al consumo legal de hoja de coca, la que se vende en mercados, con la que se toma mate y con la que se puede pasar una tarde de conversación, sí señor.

El Plan de Desarrollo en Seguridad en el Vrae considera también el problema de la tala ilegal de madera y la conjunta comunicación con el Instituto de Recursos Naturales (Inrena), a pesar de que la presencia del estado en el VRAE sea mínima, que la ideología senderista pueda estar cobrando resultados concretos en sus tres sectores propuestos y entre bosques nubosos donde por el momento, solamente se puede imaginar el paso de un tigrillo, sin imagen que le de garantía de vida y conservación.

Otro alto mando señaló que una de las razones por las que la zona de Chanchamayo en Junín tiene una fuerte presencia turística es porque cuando el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru tenía gran control de la zona, se optó por una política agresiva en favor del asfaltado de las carreteras a Satipo y La Merced, decisión que replegó a los movimientos y originó su disminución progresiva, ¿repetir eso en el VRAE? Es cierto que las carretereras promueven el crecimiento de la economía y los planes, hay coincidencias, deben estar a la orden de las necesidades de la población, antes de los de erradicación de cultivos o “eliminación” de personas.

El VRAE tiene una población estimada de 145 mil habitantes, 1 millón 486 mil hectáreas traducidas en 18 mil a 20 mil kilómetros cuadrados y en los que muchos de sus pobladores que se dedican a un negocio o actividad, tienen relación directa o indirecta con la coca, ¿cómo vencer la adversidad? Tantas preguntas como balas.

En este viaje conocí a un enfermero militar que quiere ser abogado, que durante sus años de servicio médico no atendió nunca a alguien con quien tuvo diálogo o conversación previa, hasta hoy. También pensé que en los lugares mágicos como el VRAE viven animales mágicos como monos aulladores, maquisapas, otorongos, tigres americanos, jaguares, yanapumas y tigrillos. Pero que tal vez de los caballos antiguos, fueron aquellos quienes utilizaron sus unicornios para hacer daño a un semejante, pero no similar.

Asimismo, me pregunto cuánto va a faltar para que una expedición fotografíe las orquídeas del VRAE en sus abundantes bosques de neblina y bosques de lluvia y que se encuentran entre árboles que pueden medir hasta cincuenta metros de altura, como para tocarlos desde un helicóptero de procedencia rusa de nuestro ejército peruano y preguntarnos por qué en todo sitio las contradicciones crecen como las matas, que mientras un hombre que en esa selva se esconde vestido de rojo y en error carga un fusil y además sueña tal vez con Rusia, una bala rusa está esperando por darle en el pecho. Y si un nuevo gobierno con políticas extremadamente diferentes permite el arribo de tropas extranjeras, pero esta vez no estadounidenses, ¿cómo se van a sentir los militares peruanos?

Hasta que no se establezca a la Policía en el VRAE, el ejército seguirá encargándose del narcotráfico y el terrorismo. Los códigos de viabilidad para la ejecución de proyectos serán más difíciles de conseguir y el bien común estará más lejos que un viaje en un Hércules de la fuerza aérea. Que no se repita la equivocación del ejército de las décadas pasadas, que en verdad los planes del milenio para el valle estén trazados en objetivos que puedan cumplirse en el mediano plazo de quince años que se propuso el gobierno cuando presentó el Plan Vrae en diciembre del 2006 y que la Fase de Consolidación de la Pacificación sea una realidad concreta y sin cercos, por favor, porque los dedos no deben sangrar con el alambrado, que los haya todos en el charango y como dijo otro capitán… “para adelante”.

A todo esto, estoy muy convencido de “que ninguna guerra se ganará con balas”. No. Y que los comandos de las Fuerzas Especiales del Vrae, al igual que el porcentaje mayor de los hombres armados, están preparados para luchar, para darle respuesta a sus patrullas nocturnas y aunque al final de este viaje un comando haya estado de acuerdo en que ojala no tenga que matar a nadie, sí espera hacerlo. Las noticias de los medios locales le dan razón. Y yo solo quiero regresar a navegar.

* La visita al valle de los ríos Apurímac y Ene, en la base militar de Pichari, en la provincia de La Convención (Cuzco), se dio gracias al Primer Curso de Corresponsales de Guerra del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

Por Miguel Gutierrez Podestá

Fuente: Todo ayacucho


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