contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Mi?rcoles, 26 de noviembre de 2008

"Las se?oras bien de Popay?n est?n usando harina de coca"

Entrevista con el experto Anthony Henman

Anthony Henman
Foto: David Campuzano

Autor del libro más difundido sobre la historia de la coca, estuvo de visita en Colombia y le contó al sociólogo Alfredo Molano los cambios que notó tanto en el cultivo como en la comercialización del alucinógeno.

  • Anthony Henman nació en Brasil y ha sido asesor de Evo Morales.  

Alfredo Molano Bravo: Esta vez vino usted a Colombia para revisar la edición de Mama coca, un libro muy conocido, que ha ayudado a los colombianos a entender el mundo de la coca. ¿Qué ha cambiado en el país y en el Cauca desde aquellos años 70 en que escribió el libro y vivió con los Nasa?

Anthony Henman: En el Cauca, donde viví un par de años a mediados de los 70, han ocurrido dos o tres cambios importantes: el primero es que hace treinta años pensábamos que el uso tradicional de la coca estaba por desaparecer. Ello no ha ocurrido. Hoy se encuentra hoja de coca con más facilidad en la galería Bolívar en Popayán que hace 30 años; eso significa que el consumo crece.

El segundo hecho interesante es que el mercado de hoja de coca no es exclusivo de los indígenas de Tierradentro, sino que los campesinos mestizos de zonas aledañas también la cultivan y mambean. Para los Nasa, la coca sigue siendo un símbolo de su identidad y de su territorio. El uso tradicional de la hoja de coca está autorizado por el Artículo 14 de la Convención de Viena del 88, que por iniciativa de Bolivia, reconoció la legitimidad de los usos tradicionales de la coca en territorios ancestrales. La coca no parece que vaya a desaparecer, como afirma el pensamiento oficial.

Hoy la coca está mucho más difundida en Colombia que hace treinta años. No sólo porque es la base de la producción de cocaína, sino porque la gente ha vuelto a encontrar o a recuperar su uso medicinal y nutritivo. A largo plazo, la población colombiana puede llegar a tener una relación más positiva que la que tiene actualmente con la hoja de coca. Me sorprendió que hoy las señoras bien de Popayán estén usando harina de coca para hacer sus tamales, sus sopas y sus mazamorras. Esto indica una forma de aculturación: la coca tiende a dejar de ser una sustancia de la cultura indígena o una mera materia prima de la cocaína.

A.M.B.: ¿Esto equivale a una especie de legalización de hecho de la hoja de coca en algunas regiones?

A.H.: Creo que sí. Hoy sería muy difícil volver atrás, por ejemplo a las políticas del gobierno Ospina Pérez (1946-50), cuando se prohibió la hoja de coca y el consumo de chicha como medidas sanitarias. El programa tenía una fuerte influencia norteamericana y un nítido acento racista y etnocéntrico. Y, claro está, un objetivo económico: eliminar los rivales populares de la coca-cola y la cerveza. En ese momento no existía aún el concepto de narcotráfico.

A.M.B.: Hoy existen en el Cauca empresas como Coca Nasa, que comercializan productos de la hoja de coca en gaseosas, cremas, infusiones.

A.H.: Sí, ellas están trabajando en una área judicialmente gris. Si el Estado quisiera reprimirlas, pudiera utilizar toda la fuerza de la ley. Pero como esos usos de la coca tienen ya legitimidad social, sería difícil meter a sus dueños a la cárcel. Lo que tratan de hacer las autoridades, sobre todo las caucanas, es dificultarles el acceso al mercado. En el caso de una gaseosa fabricada con coca, la Coca-Cola puso el grito en el cielo y no por la utilización de la sustancia, sino por el nombre comercial. No creo que el Gobierno se atreva a prohibir estos productos.

A.M.B.: ¿Esta tolerancia está asociada al fortalecimiento del movimiento indígena en el Cauca?

A.H.: En parte sí, porque una de las razones que se utilizan para legitimar esta industria es que la hoja de coca debe provenir de los resguardos indígenas y a los cabildos les corresponde, por tanto, determinar si una cantidad de hoja de coca es legal o no. Sin embargo, una parte de la harina de coca que circula en el Cauca no es producida en los resguardos, sino en regiones de tradición mestiza y campesina, como Bolívar o Almaguer.

A.M.B.: Hablemos un poco sobre la coca en el mundo andino, Perú, Bolivia y Ecuador...

A.H.: Ecuador es un caso particular. Primero, creo que los grupos indígenas originarios del sur de Ecuador y también del norte del Perú, nunca fueron grandes mambeadores de coca. Su planta medicinal era el sampedro, un alucinógeno muy fuerte, casi como el peyote. En segundo lugar, en la Colonia hubo campañas muy tenaces contra del uso de la coca, sobre todo en Otavalo, frontera con Colombia, donde su consumo era generalizado. Los jesuitas tenían haciendas donde se cultivaba la coca. Cuando fueron expulsados, a fines del siglo XVIII, como para hacer más radical el destierro, la Corona persiguió también a la hoja de coca.

En cambio en Perú, Bolivia y hasta en el norte de Chile y de la Argentina, el uso de la coca sobrevivió asociado a la población indígena. No es por accidente que la coca sea hoy una de las banderas del movimiento de Evo Morales. La coca y la soberanía nacional y étnica son para Evo la misma cosa. Para los indígenas bolivianos y peruanos es una planta sagrada y no “la mata que mata”, como quieren los gringos.

Paradójicamente, las campañas contra los productores de hoja de coca crearon una reacción que finalmente llevó a Evo Morales a la Presidencia. En Perú ello no ha sucedido aún, pero en regiones como Cuzco, Huancayo, Tacna, las presidencias locales han decretado ordenanzas que protegen el cultivo de hoja de coca y prohíben políticas de erradicación. Evo Morales ha asumido la revalorización de la hoja de coca y está adelantando una campaña internacional para sacarla de la lista negra de la Convención Única de 1961.

A.M.B.: ¿Y cómo llegó la noble coca a estar en esa lista?

A.H.:  Recién creada, Naciones Unidas mandó una comisión al Perú encabezada por el vicepresidente de la Asociación de Industriales Farmacéuticos de Estados Unidos, un tal doctor Fonda, que llegó a Lima diciendo que iba a demostrar que la hoja de coca era la causa de la desnutrición y de la melancolía de los indios. Llegó declarando los resultados de la investigación que iba a hacer. Entrevistó a un par de médicos y a un par de generales y concluyó lo que había anunciado: la coca es un veneno. El informe pasó a la OMS, que lo convirtió en posición oficial y luego hizo lo mismo la Convención del 61.

La Convención, al poner la coca en esa lista, creó las contradicciones que desembocaron en la elaboración del concepto político de narcotráfico, en las campañas de erradicación forzada y en la guerra contra la droga. Hoy día la lucha por la despenalización busca reconocer la tremenda injusticia cometida en el origen. La postura política correcta no es pedir la legalización de la coca, sino más bien denunciar el hecho de que la clasificación de la hoja de coca como estupefaciente carecía de bases científicas y fue resultado de la imposición de los países desarrollados.

A.M.B.: ¿En Bolivia cómo se desarrolla esta pelea?

A.H.: Después de medio siglo, la población indígena vuelve por sus fueros al defender en Perú y Bolivia su derecho al cultivo y consumo de la hoja de coca. Evo, a la par de recuperar para el Estado boliviano el manejo de los recursos naturales como el gas, revaloriza la hoja de coca y busca sacarla de la lista única. Si EE.UU. y la UE decidieran cambiar de repente la Convención, todo se arreglaría. Pero imagínese la cantidad de obstrucciones y zancadillas que le pondrán a Evo los grandes para impedir las enmiendas a un acuerdo considerado por ellos sagrado. Los mecanismos para cambiar un artículo son tan difíciles y enredados que hacen que la Convención sea casi inmodificable. Nosotros preparamos casi todo el papeleo para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia en la presidencia de Paz Zamora a finales de los años 80, dentro de su política llamada Diplomacia de la Coca, para lograr sacar la hoja de esa lista. A Paz Zamora lo tumbaron.

A.M.B.: Vamos al caso de la DEA...

A.H.: Primero, la propuesta de Evo de revalorizar la hoja de coca —al menos simbólicamente lo sigue haciendo, él saca sus hojas de coca en la Asamblea General en Nueva York, y esto es todo un evento al menos simbólico— no cambia nada en las estructuras de las leyes, pero al menos ya es una provocación al monopolio farmacológico, a la rigidez de la estructura antidrogas.

En Bolivia hay una fuerza de lucha contra el narcotráfico llamad la FELC, financiada y entrenada por los Estados Unidos; los policías son de las fuerzas armadas de Bolivia, pero ellos mandan sus informes a las NAC, que es la oficina de narcóticos de la embajada en La Paz, y no al Ministerio del Interior. Evo al principio no dijo nada. Después pidió que por lo menos mandaran copias al gobierno boliviano y por último, recibió una serie de quejas y denuncias de los sindicatos cocaleros del Chapare, la región de donde salió Evo. La petición era que salieran USAID, la FELC y la DEA, porque dividían y debilitaban el movimiento cocalero.

No hay que olvidar que esos gobiernos locales son organizados por sindicatos con una larga experiencia organizativa y de enfrentamiento con los gobiernos de turno. Si dentro de estas estructuras empiezan a crear grupos políticos, necesariamente empiezan a dividirse las estructuras políticas no sólo en la región, sino a nivel nacional. La tensión fue muy fuerte, sobre todo en momentos en que el separatismo encabezado por Santa Cruz, donde queda el Chapare, arreciaba y amenazaba. Pero felizmente para Bolivia, los intereses dominantes ahí son de Brasil y Argentina, y no de EE. UU.; sus intereses son sólo geoestratégicos. Después, como revancha, el embajador gringo se reunió abiertamente con la oposición. Entonces, Evo lo expulsó.

A.M.B.: ¿Cuál ha sido la respuesta de EE. UU.?

A.H.: Están esperando que Obama suba. Por ahora es difícil saber qué es lo que están pensando, pero no parece fácil que se metan en otra guerra. Ellos tienen una gran base en el Chaco, Paraguay, a 100 kilómetros de Bolivia. Pueden desembarcar tres divisiones en 24 horas, pero han pasado sin gritar la decisión del gobierno.

Fuente: ELESPECTADOR.COM


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