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Lunes, 20 de octubre de 2008

Las crisis del sistema capitalista (Parte III - Final)



El plan de cinco puntos anunciado el viernes 10 de octubre por los ministros de Finanzas del G7 no es otra cosa que un plan para salvar al capital financiero. Ni una palabra sobre medidas anticrisis en el marco del sistema del tipo del New Deal de Roosevelt, destinadas a incrementar la capacidad adquisitiva de las masas populares: aumento de los salarios y las jubilaciones, realización de obras públicas y mejoras (indispensables) en los servicios públicos, promoción de nuevas formas de empleo por ejemplo en trabajos sociales, etc.

Como dice Galbraith refiriéndose a la crisis del 29: “Entonces como ahora, la intervención del Estado para ayudar a esas instituciones (Bancos y otras instituciones financieras) era aceptable. A diferencia de la ayuda a los pobres para los gastos sociales, no se veía en ello una carga financiera”. (Voyage dans le temps économique, cap. 8, La grande dépression).

En esa misma línea no pudo ser más claro el Ministro de Presupuesto de Francia Eric Woerth cuando después de reconocer por televisión el mismo viernes 10 de octubre la gravedad de la situación y justificar la ayuda al capital financiero, concluyó afirmando que había que limitar el gasto público.

Pero si bien el New Deal pudo restablecer la situación durante cierto tiempo no podía terminar con las crisis cíclicas que, como todo el mundo sabe, son inherentes al sistema capitalista: en 1938 Estados Unidos se encontraba ya en los umbrales de una nueva crisis de la que lo “salvó” la Segunda Guerra Mundial. Las crisis y las guerras, máxima expresión de la “destrucción creativa”, como diría Schumpeter.

Pero la realidad de los hechos es que las clases dirigentes NO QUIEREN NI PUEDEN ofrecer soluciones perdurables en el marco del sistema capitalista y por eso se limitan ahora a hablar vagamente de reformar el sistema financiero y de establecer ciertos controles sobre el mismo.

No quieren ofrecer verdaderas soluciones porque forman parte de las clases que gozan de las ventajas y privilegios del sistema y no pueden porque dichas soluciones tendrían que poner en cuestión al sistema capitalista mismo.

Ello es así porque en los últimos 50 años las fuerzas productivas se han desarrollado de una manera tal que ya no son aplicables las viejas recetas socialdemócrates reformistas y menos aun las actuales recetas seudorreformistas: la enorme productividad actual impide absorber, en las condiciones de la explotación capitalista, la fuerza de trabajo disponible (cada vez más numerosa) y por consiguiente la desocupación tiende a aumentar rápidamente. Esa misma explotación y la desocupación provocan el empobrecimiento relativo y absoluto de las clases trabajadoras que se ven obligadas a consumir menos, de modo que una parte de la producción no encuentra salida en el mercado.

Así se cierra el círculo infernal y a esta altura el sistema capitalista no tiene otra solución que las burbujas financieras para crear, durante cierto tiempo, un clima artificial de prosperidad. Pero la realidad del sistema termina por imponerse y las crisis se repiten.
Keynes, que no era un revolucionario, escribía hace ya 80 años: “Estoy convencido que algunas de las cosas que se requieren urgentemente en el terreno práctico, tales como el control central de las inversiones y una distribución distinta de la renta, de manera tal de proporcionar un poder adquisitivo que garantice una salida al enorme producto potencial que permite la técnica moderna, tenderán también a producir un mejor tipo de sociedad... la técnica productiva ha alcanzado un tal nivel de perfección que ha hecho evidentes los defectos de la organización económica que siempre ha existido” (John Maynard Keynes, El Dilema del socialismo moderno (Society for Socialist Inquiry, 13 de diciembre de 1931) en L’assurdità dei sacrifici, Ed. Manifestolibri, Roma, junio de 1995).

Y hace exactamente 160 años, Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista:

“Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo... Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada”.

El estado actual de desarrollo de las fuerzas productivas podría permitir estar vislumbrando la sociedad que previó Marx hace un siglo y medio: el ser humano liberado de la necesidad, de los trabajos físicos y del trabajo alienado y disponiendo de más tiempo libre para dedicarlo a su realización personal (6).

Pero la tendencia actual es totalmente opuesta y las elites político-económicas, con su cortejo de economistas, “politólogos” y otros especialistas y los medios masivos de intoxicación, como los llama el español Fernández Buey, presentan como inevitables políticas sociales injustas, económicamente irracionales y ecológicamente letales.

Cuando lo que habría que hacer sería disminuir el tiempo de trabajo con miras al pleno empleo y aumentar los salarios y las pensiones en función del aumento de la productividad del trabajo, los dueños del poder, con el pretexto de combatir la crisis y la desocupación y de “salvar” la seguridad social, congelan o disminuyen los salarios, aumentan la jornada de trabajo, introducen la “flexibilidad laboral”, aumentan la edad de la jubilación y reducen las pensiones y jubilaciones. Y mientras se gasta cada vez más en armamentos y se reducen o se limitan los impuestos a las grandes ganancias (cuya magnitud astronómica a nivel de la elite más rica escapa al entendimiento común) se dice que no hay recursos para la salud pública, la vivienda popular decente y la educación.

Las supuestas “pérdidas” del capital financiero causadas por la crisis no son tales. Son pérdidas “virtuales”: se desvalorizan papeles cuyo valor nominal representa en su conjunto entre el cinco y el diez por ciento de los valores reales existentes. Hay, es cierto, un proceso de concentración del capital: en estas semanas se producen casi a diario fusiones y absorciones de bancos y otras instituciones financieras.

Pero los más ricos no tienen que vender sus jets privados, sus yates, sus viviendas superlujosas en los lugares más exclusivos del mundo o sus islas particulares. Al contrario, siguen acumulando fortunas y bienes. Por ejemplo la venta de automóviles en general disminuyó pero la de los autos más caros (entre 150.000 y un millón de euros la unidad) aumentó significativamente. Warren Buffet, el hombre más rico del mundo, quien según tanto Obama como McCain sería un ministro del Tesoro ideal, acaba de inyectar de su peculio personal en setiembre último cinco mil millones de dólares en Goldman Sachs, cuatro mil setecientos millones en Constellation Electric y tres mil millones en la General Electric. Buffet conoce el refrán: hay que comprar cuando suena el cañón y vender cuando suena el violín.

Mientras tanto los de abajo pierden sus casas y sus empleos, tienen que gastar menos en sus necesidades elementales y sufrir cada vez más privaciones.

Y cuando se termine la crisis, mejor dicho cuando haya una pausa ascendente hasta la próxima crisis, será como después del tsunami: quedarán a la vista los estragos provocados en la economía: innumerables empresas cerradas o absorbidas y las víctimas se contarán por decenas o centenas de millones, sin trabajo, sin los servicios públicos esenciales, con poco o nada para comer y sin vivienda.
En otras palabras, en los momentos de crisis como el actual se acentúa aún más la distribución desigual de las riquezas.

En conclusión

Esta crisis tiene la virtud de poner claramente de manifiesto la irracionalidad y la injusticia del sistema capitalista vigente. La crisis no sólo es financiera sino económica, social y política y la gente sencilla está cada vez más descontenta.

Pero ese descontento de las clases populares, que comienza a manifestarse en protestas sociales, parece estar lejos de transformarse en conciencia de la necesidad de un cambio radical. Porque no existen fuerzas políticas y corrientes ideológicas ponderables como para ayudar a transformar ese descontento y la protesta social en conciencia y en organización suficientes como para provocar un cambio político mayor.

A escala mundial el espacio político está casi totalmente ocupado por el partido único del sistema, formado por la derecha tradicional, por las distintas variantes de la socialdemocracia reconvertidas desde hace tiempo a la gestión del sistema capitalista, las que se alternan en el Gobierno (y a veces lo comparten, como en Alemania) y por una “sociedad civil” (dirigentes de organizaciones sindicales y de distintos tipos de organizaciones no gubernamentales, etc.) mayoritariamente contaminada por el sistema.

Hay todo un camino que recorrer hasta que la gente conozca en todos sus aspectos el sistema de poder vigente y su intrínseca injusticia, inhumanidad e irracionalidad y de que cada individuo tome conciencia del lugar que ocupa en el mismo, el que para la inmensa mayoría de los seres humanos es el de víctima, aunque forme parte de las clases alienadas al consumismo.

Y que comprenda que la solución no es individual, defendiendo su “status” de consumidor o tratando de alcanzarlo (el espejismo de la “movilidad social”Gui?o sino que es colectiva y consiste en transformar radicalmente el sistema.

Pero aunque ese cambio radical es necesario no se producirá de manera espontánea: el capitalismo no se derrumbará por sí sólo ni sus usufructuarios abandonarán pacíficamente la escena, como lo demuestran experiencias pasadas y presentes, siempre que se intenta recortar aunque sólo sea algunos de sus privilegios.

Notas:

6) Carlos Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse). [Contradicción entre la base de la producción burguesa (medida del valor) y su propio desarrollo. Máquinas, etc.]. Siglo XXI Editores, 12ª edición, 1989, tomo 2, págs. 227 y ss.
Nota del autor: El artículo precedente está basado en fragmentos de mi libro publicado en Buenos Aires en 2003 con el título “El papel de las sociedades trasnacionales en el mundo contemporáneo” y en Bogotá en 2007 (edición corregida y actualizada) con el título “Al margen de la ley. Sociedades Transnacionales y Derechos Humanos”. Además consulté, entre otros, los siguientes libros y artículos:
Bello, Walden: Todo lo que usted quiere saber sobre el origen de esta crisis pero teme no entenderlo. http://www.tni.org/detail_page.phtml?act_id=18770.
Chesnais, François: -Como la crisis del 29, o más… Un nuevo contexto mundial http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=2643 -El fin de un ciclo. Alcance y rumbo de la crisis financiera. http://crisis-economica.blogspot.com/2008/01/franois-chesnais-alcance-y-rumbo-de-la.html. -Tobin or not Tobin, ed. L’Esprit frappeur, Paris, 1998. -Le capital rentier aux commandes, en Les Temps Modernes nº 607, Paris, janvier-février 2000. -La mondialisation du capital, Ed. Syros, 1994. -La mondialisation financière, genèse, coût et enjeux. (coordinado por F. Chesnais) Ed. Syros, Paris, 1996.
Drouin, Michel : Le système financier international. Ed. Armand Colin, Paris, 2001.
Galbraith, John Kenneth : Voyage dans le temps économique, témoignage de première main, Seuil, Paris, 1995.

Por Alejandro Teitelbaum (especial para ARGENPRESS.info)

Fuente: ARGENPRESS.info


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