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Lunes, 29 de septiembre de 2008

El aporte de Garc?a a la evoluci?n del Apra

Aliado del neoliberalismo y el capital extranjero, el segundo gobierno de García culmina la trayectoria que Haya de la Torre dejó inconclusa.

Por: Luis Pásara

El aprismo ha sido portador de una ambigüedad reflejada en aquello de "la escopeta de dos cañones": una tendencia al doble juego, a las alianzas equívocas, a la distancia entre discurso y acciones, que lo han caracterizado durante su existencia. El origen de esa ambigüedad reside en la propia historia del Apra. Una historia en la que sufrió un rechazo tramposo y violento que en definitiva logró moldear al partido hasta hacer posible que Alan García lo condujera a su papel actual, de defensa de aquellos intereses que el joven Haya de la Torre combatió.

La revolución estuvo entre las ideas fuerza del fundador del aprismo. En los años iniciales, Haya postuló una "revolución nacionalista" o una "revolución social". Esto es, un orden social nuevo -a ser construido por ese gran frente de sectores medios y populares que el aprismo quiso ser- en el que un Estado fuerte impusiera condiciones al gran capital. Así se combatiría al "imperialismo", como proclamó en 1936 desde el título uno de los primeros libros de Haya: El Antiimperialismo y el Apra.

¿Cómo construir ese nuevo orden? ¿Con los votos o mediante la insurrección? Esa opción dio lugar, en la historia del aprismo, a una de sus mayores ambigüedades. Desde la insurrección de Trujillo en 1932 hasta la reivindicación de Víctor Polay escrita recientemente por Armando Villanueva, en el aprismo ha habido una valoración de la insurgencia armada que, sin embargo, nunca llegó a ser asumida por entero y públicamente por el partido. Víctimas de la ambigüedad de la dirección -y, en particular, la de su "Jefe Máximo"- fueron, entre otros, los apristas muertos con ocasión del levantamiento civil-militar del 3 de octubre de 1948.

Esa ambigüedad frente a la violencia -que llevó a muchos militantes a echar mano de ella- se convirtió en una de las razones esgrimidas por el antiaprismo conservador para combatir e ilegalizar al partido. Sus verdaderas motivaciones, por cierto, se asentaban en el temor a la propuesta de cambio radical con la que nació el aprismo para destruir el orden oligárquico. Pero la ambigüedad era real.

Ilegalizado y perseguido el partido -apresados o desterrados sus militantes-, en algún momento Haya creyó entender que la vía alternativa consistía en negociar un pacto con los intereses conservadores. A cambio de su reconocimiento legal y la autorización para que Haya fuese candidato presidencial, el Apra se comprometería a jugar dentro de reglas de juego puestas por los que mandan. Así empezó el desmontaje del núcleo revolucionario de la propuesta aprista.

El primer intento ocurrió en 1945. El Apra aceptó no llevar candidato propio a la presidencia pero sí listas parlamentarias, integradas también por independientes. Pero su intento de controlar el débil gobierno de José Luis Bustamante y Rivero irritó a una derecha que tenía como recurso fácil llamar a los militares a controlar la situación.

Lo hizo Odría en 1948 y recomenzó la persecución aprista.

El segundo intento es de 1956. Con los votos apristas se eligió a un representante nato de lo más conservador, Manuel Prado, y algunos apristas y 'apristones' fueron elegidos al congreso. Desde el aprismo a esto se llamó "la convivencia". El sometimiento del aprismo había dado resultados. El tercer intento fue en 1962: Haya y Odría pactaron elegir en el parlamento al ex dictador como presidente, pero un golpe frustró la maniobra. En 1963, elegido Fernando Belaunde, el pacto se renovó para controlar el congreso. A este cuarto intento se le llamó "la superconvivencia".

Finalmente, el Apra se había hecho aceptable a los sectores dominantes del país, pero entre sus militantes la ambigüedad no se resolvió. Algunos de quienes dejaron el partido fundaron el Apra Rebelde, que después dio origen al MIR; desembocaron primero en la guerrilla de 1965 y, luego, en el MRTA que tomó las armas en 1982.

Mientras tanto, el Apra había esperado con paciencia el desgaste del gobierno militar -que intentó realizar las reformas propuestas por el aprismo para transformar el país- y se convirtió en 1979 en la principal fuerza política, en las elecciones para la Asamblea Constituyente. Sin embargo, la muerte de Haya, ese mismo año, frustró el camino ascendente. Villanueva perdió las elecciones de 1980 frente a Belaunde.

Alan García apareció en 1980 como la renovación del Apra y en su primer gobierno intentó hacer algo de la "revolución" que había predicado Haya. Echando mano a las reservas internacionales, promovió el crecimiento económico y el empleo; enfrentó al imperialismo financiero al declarar que no se pagaría la deuda externa, y anunció la nacionalización de la banca, aunque la oposición encabezada por Mario Vargas Llosa lo impidió.

La aventura, como sabemos, acabó en desastre.

La segunda elección de García es el triunfo de quien, como Haya en 1956, 1962 y 1963, prometió a sectores dominantes del país servir sus intereses. En una llamativa conversión política, el personaje se distancia radicalmente de su primer gobierno y acuerda, con las fuerzas económicas más importantes, los términos de su extrema apertura neoliberal y, con el sector fujimorista, un negocio político cuyos alcances no se han revelado completamente pero que pueden implicar un futuro cambio de situación para el procesado Fujimori.

Si el 'primer García' pudo ser interpretado como una atolondrada versión del Haya revolucionario de los años veinte y treinta, el 'segundo García' sigue las huellas del Haya sometido a las crecientes condiciones impuestas por los sectores retardatarios del país, a cambio de tolerar la participación del aprismo en el manejo del poder. Pone así fin, de momento, a otra gran ambigüedad del aprismo.
García está culminando el largo proceso de domesticación del Apra por los intereses dominantes.

Cuenta para ello con una situación económica que hasta ahora ha sido favorable, en razón de factores externos, pero debe enfrentar ese creciente malestar social que no se inició con su gobierno pero que sí resulta alimentado por muchas de sus políticas.

Si se mantuvieran las tendencias actuales -y, sobre todo, si la situación económica internacional continuase desmejorando-, el panorama probablemente tendería a un mayor enfrentamiento social. Para esa eventualidad, el gobierno de García ha rescatado del pasado aprista una marcada disposición a utilizar todo tipo de recursos, según una tendencia crecientemente autoritaria que busca controlar o maniatar a las instituciones. Sin revolución social, ahora en el Apra solo queda despotismo.

Fuente: Perú21


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