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Domingo, 21 de septiembre de 2008

Psicolog?a del Neoliberalismo - III

Escrito por Mariano González

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Consecuentemente, la evaluación de la bondad o maldad de la acción también se verifica a nivel íntimo. Los resultados de las acciones en función de los efectos que se generan y que alcanzan a los otros se esfuman (una de las derivaciones de esta situación son los daños que se producen en el ambiente y el deterioro de las relaciones humanas, así como la frívola irresponsabilidad con la que se consideran estas cuestiones).  Una clara expresión de hasta dónde puede llegar este solipsismo es la siguiente:

En el discurso de John Galt, Ayn Rand escribió: “Comprendí que llega un punto, en la derrota de todo ser virtuoso, en que su consentimiento es necesario para que el mal triunfe... y que ningún tipo de daño que le hagan los demás puede tener éxito si él decide negar su consentimiento. Comprendí que podía poner fin a sus atropellos pronunciando una simple palabra en mi mente. La pronuncié. La palabra es: No”. (Luis Figueroa, Prensa Libre, 26/08/06).

En este caso, lo que se coloca como centro es la omnipotencia de la voluntad humana. Esto llega al absurdo de considerar que se puede poner fin a los atropellos “pronunciando una simple palabra en mi mente”. No se presta atención a los aspectos materiales, de poder que existen en las relaciones humanas, sino se espera que el cambio efectivo y el alto a los “atropellos” se operen en el sujeto, presentado como autista.

La solución de todos los problemas se hace factible a través de la voluntad individual (a ese no pronunciado en la mente) debido a que esos problemas no tienen existencia en la realidad, sino existen únicamente en la mente del sujeto, pues este es el asiento último de la realidad. El racismo, como se observó, no existe sino en la mente de personas “inseguras de su identidad” o acomplejadas.

En cuanto a los contenidos propios de esta psicología, tributaria de la “ciencia económica” en general y de una sensibilidad que recorre el pensamiento moderno, el ser humano es fundamentalmente egoísta. Lo mueve su propio interés. Y se interesa únicamente en aquellos asuntos que tengan que ver con su beneficio o detrimento personal. En todo caso, siempre se antepone el interés personal a cualquier otra posible consideración. Esta es la motivación fundamental del ser humano.

Paradójicamente, a través de la famosa mano invisible, cada quien al actuar buscando su propio beneficio, posibilita el interés general. En este sentido, no solo se convierte en un hecho real, en la configuración propia del psiquismo humano, sino se convierte en un mandato ético asociado al máximo valor: la libertad de poder escoger aquello que queremos (6).

“...los seres humanos siempre actuamos persiguiendo finalidades. Las personas no hacemos nada que no persiga un fin. Perseguir fines es propio de la acción humana; y ni usted ni yo, hacemos algo si no es con un propósito. Para el pensamiento liberal, en la persecución de los fines distintos es en donde se manifiesta la libertad: y la defensa de la libertad tiene sentido porque los seres humanos no somos animales, piezas de una gran máquina ni cosas. Cada quien tiene sus fines. Cada quien tiene el legítimo derecho de perseguirlos y hasta de hacer de ellos el propósito de su propia existencia” (Luis Figueroa, Prensa Libre, 18/02/06).

No hay acción que no esté motivada por la búsqueda de dichos fines, las personas “no hacemos nada” de manera espontánea (esto elimina la posibilidad de comprender el juego, el amor, la solidaridad y toda una serie de acciones humanas que no implican la persecución de estos fines de los que se habla. O reduce su comprensión y los pervierte puesto que son comprendidos de una forma estrecha). Además, no sólo es una cuestión inherente a la naturaleza de lo humano, por cómo estamos constituidos, sino también es algo que está sancionado por el derecho y se convierten en algo que debe ser así. El único problema es el medio elegido. Pero los fines siempre son propios, es decir, egoístas (7).

Ni siquiera existe preocupación efectiva por algo que le pueda suceder a los otros, existiendo la posibilidad de tener un “interés propio” que vaya más allá de la propiedad. El interés propio se refiere exactamente a eso: a lo que es mío. No hay preocupación que esté más allá de este estrecho círculo. Me puede importar algo realmente si se refiere a mi vida, libertad y propiedad. Considerar a los demás, a excepción de expresar un cálculo de interés, está fuera de esta perspectiva. 

Pero además, este egoísmo también proclama la insolidaridad de forma abierta y como mandato ético. Se niega el carácter profundamente social y relacional del ser humano, así como de la necesaria reciprocidad y la responsabilidad que se tiene frente a los otros que han hecho posible la existencia personal. Uno se debe preocupar únicamente de lo que hace uno mismo.
Lo que hagan los demás no debería entrar en nuestro cálculo de intereses. Cada quien cuida de sí mismo y eso es lo mejor que se puede hacer.

“A usted que no le preocupe cuánto va a “crecer” el país, mejor ocúpese en que sus ingresos y los de su familia crezcan. Aunque usted no se dé por enterado de ello ni le afecte, mientras más crezca usted mismo, más crece el país” (Jorge Jacobs, Prensa Libre, 05/01/06).

O de forma más cruda:

“No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú mismo, por ti” (Luis Figueroa, Prensa Libre, 13/05/06).

Esta despreocupación por el prójimo es vista como un valor positivo. Se plantea que lo mejor que se puede hacer para “ayudar” al prójimo es desentenderse de él. La responsabilidad (entendida como un responder ante), la solidaridad, la capacidad de ayudar que se observan diariamente en miles de espacios de lo cotidiano son desatendidas y negadas frente al imperativo de que cada quien haga lo suyo sin intervenir.

Fuente: Liber-accion


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