contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Lunes, 15 de septiembre de 2008

Salvador Allende: a 35 a?os del golpe

Nunca más un once de setiembre

Escribe: Dante Castro

Parece que fue ayer y han pasado 35 años del golpe antidemocrático fascista contra el presidente Salvador Allende. Decimos que parece ayer, aquellos que no hemos dejado de horrorizarnos y de indignarnos, aquellos que mantenemos sin cicatrizar una herida abierta en la memoria.

El gobierno de Salvador Allende heredó un país en bancarrota, pero esta situación catastrófica se iría agudizando conforme la CIA y sus secuaces producían una crisis sin precedentes. Fue un gobierno democrático que respetaba la constitucionalidad y la pluralidad, mientras el enemigo de clase y el imperialismo se preparaban para el zarpazo final. Este gobierno democrático también significó la movilización de grandes sectores populares organizados, que se enfrentaron abiertamente en las calles a las hordas fascistas antes del golpe militar.

Los fascistas hacían atentados, pero nadie jamás los llamó terroristas. Los fascistas asesinaban selectivamente, pero ninguna prensa anticomunista les acusó con ese epíteto zahiriente. Y alguien le dijo al primer mandatario: “Chicho, el pueblo tiene que armarse”, pero aquel que creía firmemente en el valor de ser presidente de todos los chilenos, respondía. “Yo tengo a mi ejército”. El ejército que le había jurado lealtad. El ejército de un general “patriota y honesto” recomendado por el PC chileno: Augusto Pinochet.

En sus últimos minutos, Salvador Allende abrigaba la esperanza de que su general patriota apareciera para defender al poder electo. Ese general apareció, sí, pero para perifonear desde afuera intimando la rendición de quienes resistían en el Palacio de la Moneda. Todos dicen que a Salvador se le derrumbó el ánimo al escuchar esa voz tan familiar. Después de ruda y valerosa resistencia, el compañero presidente se entregaba de la única forma en que podía entregarse: muerto. El fusil automático de asalto AK-47 que le regaló Fidel Castro, no descansó ese día. Allende no quiso ser de los líderes que se entregan sin combatir.

Con esta imagen nos quedamos: un presidente electo, acosado por los golpistas fascistas, defendiéndose con el fusil de un guerrillero. Esta imagen, cargada de múltiples significados, debería servirnos para reflexionar sobre el futuro de la revolución en Nuestra América.

Hemos aprendido en cuero ajeno, desde nuestra infancia política, que no podemos insistir en la misma vía. La caída del gobierno de la Unidad Popular significó la masacre de miles de chilenos y chilenas, la persecución de los partidos políticos, el cierre de cátedras y diarios, ciudadanos torturados, desaparecidos, encarcelados y exiliados. También significó una frustración generacional.

Esas grandes movilizaciones de masas para respaldar al compañero presidente, estratégicamente hablando, no fueron suficiente fuerza para frenar al aparato militar de los fascistas y del imperialismo. A la hora del golpe, de los bombardeos y de las lluvias de balas, las masas no iban a salir a movilizarse con banderolas.

Los gobiernos democráticos en manos de la izquierda hoy son tan vulnerables como lo fue el gobierno de Allende. Gobiernan frente a la burguesía que se agazapa, que se entrena, que se rearma para el asalto final. Las movilizaciones de derechistas en Bolivia, con sabotajes, incendios y explosiones, nos lo están demostrando ahora mismo. Hoy es 11 de septiembre y no sabemos a esta hora si la historia se está repitiendo como su tragedia, allá en Santa Cruz.

De Allende requerimos el ejemplo que nos brindó en su último día como presidente. Requerimos, en otras palabras, del AK-47 entregado por un guerrillero; como quien le dice: “éste es el camino, Chicho”. Pero las cosas no son tan sutiles. Lo más importante es no tropezar con la misma piedra. La organización de las masas debe servir para alcanzar un objetivo estratégico. Las luchas populares deben subordinarse a ese objetivo estratégico. La insurgencia popular no debe frenarse por cautelar el orden democrático-burgués. Con esa insurgencia generalizada se toma el poder, porque tener el gobierno no es suficiente si el enemigo goza de todo para contraatacar.

Nunca antes se vio tan terriblemente desmentida la tesis del tránsito pacífico al poder. Aquellos teóricos revisionistas que se dieron cita para traicionar al Che en Bolivia, tal como acusa su diario, no han sabido qué responder sobre el 11 de septiembre. Justamente en el aspecto de la teoría del poder, han eludido responsabilidades y no han hecho más que justificar la derrota por la capacidad ofensiva del enemigo. Ni una autocrítica.

Son los dos ejemplos que nos deja el compañero presidente. El primero es a contrario sensu: No confundir jamás la táctica con la estrategia. Mucho menos dejar que la táctica suplante o subordine a la estrategia. Y el segundo es que la revolución e incluso un proceso democrático liderado por revolucionarios, no se entrega sin pelear. Si jugamos ingenuamente a la democracia, posiblemente hayan muchos estadios esperándonos, campos de concentración, fosas comunes, cámaras de torturas, etc. Escuchen presidentes patrióticos de América Latina: cada vez que uno de ustedes se deja madrugar por el fascismo, pierden la vida millones de personas. Recuerden que el poder popular se genera en la base y se arma para defender sus conquistas.

Este 11 de septiembre, Salvador Allende renace en nuestra memoria para enseñarnos con su ejemplo. No desperdiciemos la lección repitiendo letanías de lamentos inútiles. El Chicho se ha perennizado en el Palacio de la Moneda y en el imaginario popular de todo el continente. Honor y gloria para quien se sacrificó por su pueblo.

Fuente: Enviado por Dante Castro

 


Añadir comentario

¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com