contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Domingo, 24 de agosto de 2008

El avispero boliviano

DESPUÉS de los referendos revocatorios del pasado domingo, el avispero boliviano sigue tanto o más activo que antes de que los bolivianos acudieran a las urnas. El resultado de las votaciones ha confirmado en sus puestos a los principales políticos en liza, pero ha ensanchado la brecha social que divide y enfrenta a la sociedad boliviana. Una alta participación y refrendo más que suficiente como para que no pueda ponerse ni de lejos en duda la democracia boliviana, que a estas alturas apuesta por las urnas en lugar de por los cuartelazos.

Pero esa misma democracia que asegura en el poder a Evo Morales, asegura también en sus puestos a los más beligerantes de sus opositores, como es el prefecto de Santa Cruz que al día siguiente de las votaciones lanzó un virulento discurso y se apresta a comenzar a legislar por cuenta de la autonomía que preside. Un discurso muy distinto al del derrocado prefecto de La Paz, y militante de Podemos, un partido conservador con el que Evo Morales debería pactar si quiere garantizarse una estabilidad política a medio plazo y que la trinchera abierta desde el pasado 4 de mayo no se ensanche, cosa que se ha visto en la negativa de los prefectos a acudir a abrir conversaciones con el presidente de la República aduciendo la pintoresca excusa de «premura de convocatoria». No quieren pactar y Morales probablemente tampoco. Faltan un espacio y unas reglas comunes.

En la actualidad, Evo Morales, al margen de la oposición beligerante de los prefectos de la Media Luna, tiene abiertos varios frentes conflictivos, de mucho desgaste político: las reivindicaciones del magisterio nacional, las de algunas cooperativas mineras, no todas de la órbita de Sánchez de Lozada, las de la histórica y muy poderosa COB (Central Obrera Boliviana), el inquietante e imparable aumento de los precios de artículos de primera necesidad, el descrédito pavoroso de la magistratura que facilita un sentimiento generalizado de impunidad, el rumor de fronda de una parte significativa de los movimientos indigenistas pukaristas, la decepción de muchos de sus votantes, tanto de 2005 como de ahora, que verían con algo más que buenos ojos cambios ciertos en la gestión de gobierno...

Evo Morales tiene que ser consciente de que le han votado algo más que los indígenas del Altiplano o las organizaciones obreras de izquierda. Entre sus votantes, como entre sus opositores, hay muchos que pertenecen a la llamada «clase media», caracterizada por su precariedad social, que sigue creyendo en él, pero que antes del revocatorio no callaba su decepción y veía, por ejemplo, los avances del indigenismo, cifrado en un «ponchorijismo» excluyente, con auténtica preocupación. Y lo mismo cabe decir del padrinazgo de Hugo Chávez, contestado en las propias filas del conglomerado masista. Por no hablar de la manera leal, pero firme, en que viejos líderes sindicales y obreros manifiestan su preocupación cierta por los avances del narcotráfico en la zona del Chapare, muy beneficiada por los cheques de Evo Morales (el último, la víspera del revocatorio para una planta de procesamiento de hoja de coca). Bolivia es algo más que el Altiplano, el Chapare, o la parte más leal de la muy combativa minería de los departamentos de Potosí y Oruro, cuyo prefecto, masista, ha sido curiosamente revocado.

El otro frente abierto es el principio de autoridad. Morales se ha cuidado muy mucho de «meter bala» en los disturbios sociales que le rechazaban, pero lo cierto es que resulta grotesco y preocupante que no haya podido, que no pueda, ni él ni sus ministros, moverse libremente por el país cuya república preside. Este es un hecho grave, que le va a exigir, a él y a García Linera, una cautela política que no puede estar reñida con el legítimo ejercicio de la autoridad política, seriamente menoscabado en múltiples episodios a cada cual más grotesco, ocurridos en los últimos meses. La imagen de un presidente correteado de un lugar a otro no resulta muy ejemplar.

Bolivia no es el Altiplano ni en Santa Cruz están solo los blancos, los extranjeros, los ricos. Lo de Bolivia no es, como se repica de manera zafia en el izquierdismo español, una lucha entre pobres y ricos. Eso es reducir el problema boliviano a cómodos niveles de caricatura. Bolivia es un país muy complejo que, a pesar de todo, ha demostrado una sorprendente madurez política y una decidida voluntad de vivir en democracia.

Los bolivianos están más deseosos de encontrar un espacio común de lo que parece. Pero su configuración interna es una cuestión pendiente, en la medida en que está basada en dos concepciones muy distintas de la organización del Estado y de la vida casi, basadas ambas en legítimas aspiraciones. Frente a una concepción centralista e indigenista, se alza una aspiración autonomista, basada en diferencias y realidades sociales indiscutibles. La conciliación se impone, pero el avispero bulle y puede patearse hasta por descuido.

Fuente: ABC.es


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