contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

S?bado, 05 de julio de 2008

Prevenir, la mejor apuesta

Durante una fría madrugada campesina, mientras intentábamos atemperar nuestros ateridos huesos con la complicidad de un inefable alcohol y conversaciones de cuantos temas existen, el anfitrión de aquella finca, con la mirada perdida en la luna, afirmó sin atisbos de dudas: "… mientras haya pobreza y brutos, las drogas seguirán dañando al hombre. Eso pasa desde que tengo uso de razón y ahora que ya casi no veo".

DrogaHoy, cuando su rostro descarnado se me pierde entre las hojas arrancadas al almanaque estos cinco o seis años, no puedo más que concordar con el desconsolado anciano. Las estadísticas y consecuencias de la venta y consumo de cocaína, marihuana, crack, canabis, hachís, opio, heroína, se multiplicaron dramática e insensiblemente, como las propias miserias humanas, en todos los puntos cardinales de la Tierra.

Ni las políticas antinarcóticos, ni los programas de lucha contra el narcotráfico, ni la eliminación de extensos sembrados de coca en Latinoamérica, ni las acciones policiales para colapsar la industria asociada a su comercio, nada, absolutamente nada ha podido detener la expansión de esta "pandemia" y todos los problemas asociados a él.

Cuba es excepción. Aquella noche, cuando el tema ocupó nuestra conversación, el abuelo lo dijo con sus palabras: "Muchachos, esos son bandoleritos, ignoran las consecuencias de lo que hacen. Están en un callejón sin salida. Esta no es una sociedad viciada, aquí no hay políticos corruptos que los protejan, tampoco tienen dónde lavar dinero, la gente los rechaza… La droga aquí no vive, aquí to' está pensa'o, hay cultura, paciencia y c…… para luchar contra lo que sea…".

Comenzaba —o no recuerdo si solo se presagiaba— la batida contra el intento, desde ultramar, de corroer la sociedad cubana con el tráfico ilícito de drogas, cuyos móviles eran económicos y también políticos.

El fenómeno asomó la cabeza en 1995 y se manifestó con potencia inusitada en 2003. Pero desde aquellos días, y hasta ahora, perdió su catadura. Disminuyeron los recalos, se alejaron de nuestra geografía las embarcaciones y aeronaves cargadas de drogas, y —más importante aún— prácticamente desapareció el mercado interno.

Ha sido un largo, paciente y popular proceso, que comienza en la custodia de nuestras fronteras aéreas y marítimas por el pueblo uniformado, y se ejecuta, con el peso de la ley, en los tribunales e instituciones administrativas.

E incluye una estructura para el tratamiento, rehabilitación y reinserción social, diseñada para todas las adicciones conocidas, concebida en internamiento y de modo ambulatorio, y capaz de diferenciar la atención por género y edades.

¿Quiere todo eso decir que ganó Cuba la batalla?

No, no la ganó. La está ganando, que es bien diferente. Es que esos son, apenas, caminos logísticos y legales. La batalla tiene senderos incluso más complejos, más fatigosos. Y esos no terminan nunca, de lo contrario estaremos más cerca de un punto de regresión, que de la límpida sanidad que queremos para nuestro país.

Tantos o más voluntad consumida en la batida "física" contra ese azote, urgen para fundar formas y modos de vida saludables, favorecidas por asequibles y diferenciadas opciones para el recreo, el esparcimiento o la vacación en todos los confines del archipiélago.

Tantos o más esfuerzos requiere la lucha contra el robo e inserción en el mercado negro de medicamentos. Tantas o más inteligencias exigen los audiovisuales que previenen de las consecuencias, para la salud física y mental, por adicciones adosadas al consumo de drogas.

Tanta o más integridad tiene que signar la educación en el seno familiar y la instrucción escolar de los jóvenes, fundamentada en el principio de no adoctrinar o prohibir y sí entregar razones para convencerles de alejarse de las drogas.

Son voluntades, esfuerzos, inteligencias, integridades claves para proteger la salud y seguridad nacionales; para precaver antes que criminalizar, antes que castigar, que a fin de cuentas ha sido, como dijo aquel guajiro, más sabio que viejo: signo identatario de la Revolución per saecula saeculorum.

Por Rafael Arzuaga

Fuente: El Habanero Digital


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