contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Martes, 01 de julio de 2008

Zarpado

Imagen: Leandro Teysseire

El zar antidroga toma Coca-Cola en el bar de la esquina. Ojos negros, piel oscura, zapatos industriales, campera gastada de cuero negro, camisa verde de obrero. Manos curtidas, saludo suave. Felipe L. Cáceres García dice su tarjeta, bajo el sello dorado del escudo boliviano. “Viceministro de Defensa Social y Substancias Controladas.” Más que un funcionario policial en visita oficial parece un albañil de paseo en su día libre. Pero no lo es, es un viejo líder cocalero devenido funcionario del gobierno de Evo Morales, que llegó al Chapare sin nada y se puso al frente de su cooperativa, que plantó sus dos hectáreas y media con coca en una reserva forestal, que estudió de noche, bachiller a los 28, mano derecha de Evo en el gremio cocalero, alcalde, técnico en administración pública, seminarios en Viena y Londres. Un cocalero que ya no trabaja la tierra pero no cambia el guardarropa. El zar antidroga más exitoso de la región.

Según un informe de las Naciones Unidas difundido el miércoles, la siembra de coca creció un 27 por ciento el año pasado en Colombia, donde Estados Unidos gastó 400 millones de dólares el año pasado supuestamente para erradicarla, y donde nadie masca coca sino que la cosecha entera va para la producción de cocaína, y donde se siembra una superficie cuatro veces mayor a la de Bolivia, y donde se refina una cocaína mucho más pura por la calidad de los precursores, que en Colombia circulan con facilidad a través de lujosas estaciones de servicio enclavadas en pueblitos ubicados en medio de la selva. “Parece que la DEA prefiere que la cocaína se fabrique en Colombia”, opina Cáceres García, el zar, sin mucha diplomacia.

En cambio en Bolivia, según la ONU, la siembra de coca creció sólo un cinco por ciento y el presupuesto antidroga que le llega de Estados Unidos este año apenas superó los 26 millones de dólares, casi una veinteava parte de lo que recibe Colombia. Además, los pocos precursores que entran en Bolivia llegan como contrabando hormiga desde Chile, y las viejas cocinas de las narcofamilias de Santa Cruz cruzaron la frontera para instalarse en Brasil y Argentina, donde los químicos necesarios para fabricar cocaína están mucho más disponibles, para desatar la fiebre del paco en esos países y también en Uruguay, donde los narcos brasileños y colombianos que manejan la cocaína boliviana lavan sus ganancias.

El mundo está cambiando. “Somos básicamente productores de pasta base”, dice el zar. “Cada vez más, un país de tránsito hacia Europa vía Brasil. El veinte por ciento de la cocaína que incautamos el año pasado (once toneladas) vino de Perú (que duplica a Bolivia en superficie cultivada).” El mundo está cambiando. “Antes, en Yacuiba la demanda desde la frontera argentina (Salvador Maza, Salta) era de cinco a diez narcos. Ahora hay de veinte a veinticinco. El consumo creció en la Argentina, eso es seguro.”

En Bolivia, a diferencia de Colombia, la gran mayoría de la producción de coca se usa para coquear, veinte de las veintiséis mil hectáreas plantadas según un estudio que lleva adelante la Unión Europea. El coqueo es una práctica perfectamente saludable, hasta recomendable, para los habitantes de la región y tres de cada cuatro bolivianos lo practican. La hoja de coca es el símbolo de las culturas quechuas y aymaras. El ritual de coqueo, por la mañana y por la tarde, forma parte de la organización temporal de las familias indígenas desde antes de que se conocieran los relojes, y las invocaciones a las cumbres lejanas y cercanas que forman parte del ritual ayudan a la orientación espacial y el entendimiento de las distancias. Forma parte del lenguaje y de la historia de los pueblos originarios, de su legado cultural.

Por eso lo defiende Evo Morales y lo defiende el zar con su política de “Cocaína Cero”, que viene a reemplazar la de “Coca Cero” que aplicaban los gobiernos neoliberales, con sus fumigaciones a mansalva y sus falsas promesas de mercados abiertos para el palmito y el ananá.

El zar es un tipo abierto, frontal, convencido de lo que hace pero consciente de sus contradicciones. Antes plantaba coca en terrenos okupados, estuvo preso más de diez veces por defender la coca ilegal, acusado de narcoterrorista. Ahora desaloja a los cocaleros a la fuerza de los parques nacionales. Ya tuvo dos muertos. “A veces me cuesta dormir de noche”, dice el zar. Pero Evo lo acompaña, trata de convencer a los campesinos que plantan coca por fuera de la zona de cultivo legal. Les pide que hagan patria, que cambien la coca por banana aunque reciban una cuarta parte de la paga. Porque ésa es la única manera de salvar a la hoja de coca, dicen Evo y el zar, de salvar a la cultura milenaria de la coca, que es la cultura de Bolivia. Y cuando no alcanzan los argumentos políticos ni la persuasión del cocalero más famoso, entonces el zar manda a los muchachos del sindicato, el viejo sindicato de Evo y el zar, la Federación Especial de Trabajadores Campesinos del Trópico, y a veces vuelan algunas trompadas, hasta que los cocaleros rebeldes se terminan convenciendo. Así erradica el zar.

“El día que asumí vino el embajador norteamericano con el delegado de la DEA (la agencia antinarcóticos norteamericana) para presentar sus credenciales y yo le dije que íbamos a tener una política de cocaína cero pero sin violar los derechos humanos y sin fumigar glifosato, y el funcionario de la DEA me contestó: ‘mucha suerte, no creo que puedas lograrlo’. Hasta entonces los agentes de la DEA vestían uniforme del ejército boliviano y conducían los operativos. Ahora se limitan a transmitir inteligencia y nosotros manejamos las cosas de otra manera, pero tenemos mejores resultados y por eso están contentos con nosotros.”

Resulta una ingenuidad preguntarle al zar antidroga boliviano cómo hizo para purgar a su fuerza de élite de 1600 agentes de infiltrados de la DEA, como si eso fuera posible. El zar aclara que cada uno de esos hombres recibe un sobresueldo del cuarenta por ciento de sus haberes directamente de la agencia norteamericana. “Me imagino que alguno de ellos le provee a la DEA toda la información necesaria”, dice el zar, encogiéndose de hombros. Lo único que sabe es que todos los años viaja a Washington con el vicepresidente Alvaro García Linera, presenta sus números ante el departamento de Estado y consigue que le renueven a Bolivia las exenciones aduaneras para los países que “muestran progreso en su lucha contra el narcotráfico”. Y consigue otras cosas. Por ejemplo, que la DEA haya reducido su dotación en Bolivia de 126 agentes a 35. O que Bush y McCain no incluyan a Evo en sus habituales críticas a Chávez y Fidel. O que la Unión Europea apoye al gremio cocalero. O que el Departamento de Estado norteamericano delegue en Brasil y Argentina la supervisión del frágil proceso político boliviano, aunque siga interfiriendo en favor de empresarios amigos a través de la embajada y de la agencia Usaid.

Todo eso se logró a partir del aporte patriótico del zar y sus cocaleros, y también porque el negocio narco se mudó a Colombia y México, y como alguna vez ocurrió cuando cerraron las minas de estaño, las multinacionales de la cocaína se fueron a otro lado. Quedó el medio pelo.

Pero se pagó, se paga un costo. El excedente de coca contenía su precio de mercado. En los diez últimos años, el precio de este insumo básico de la población se cuadruplicó.

En cambio la cocaína sigue costando lo mismo. Acá, allá, y en Estados Unidos. El zar es consciente de sus limitaciones. Dice que puede erradicar plantaciones de coca pero no combatir el narcotráfico, más allá de pillar alguna bolsa, porque no tiene los medios necesarios. “La lucha antidroga es un tema muy complejo y delicado. Yo soy el responsable ante los cultivadores y la comunidad internacional.”

El zar lleva una hora contando su historia en el bar de la esquina. Con el último sorbo de Coca-Cola, un recuerdo: cuando Evo Morales lo nombró zar, él se sintió castigado. Tres años después parece que el puesto ya no le disgusta, que le va agarrando la mano.

Ahora entiende que no fue castigado, sino elegido para una misión delicada. Elegido por Evo para pactar con el diablo. El diablo le dijo: para salvar la hoja de coca deberás destruirla. Tendrás que quemar la siembra de tus hermanos campesinos para que Evo pueda venderles la foto a los gringos. El zar fue y quemó. Como un revolucionario.

Por Santiago O’Donnell

Fuente: Página/12


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