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Martes, 20 de mayo de 2008

El costo emocional

Vivimos en nuestro país momentos difíciles de comprender. Han llegado con la impronta de lo extraño. Cayeron sobre nosotros con el carácter sorpresivo y, en muchos casos, paralizante, de lo inesperado. Nos pesan. Nos angustian.

Mucho se ha hablado por estos días del costo político, del costo económico, del costo de oportunidad y hasta de algo que podríamos llamar el "costo confianza". Son múltiples los análisis y las apuestas sobre cuánto le va a costar esto a la Argentina. Está claro que semejante maraña de marchas y contramarchas tendrá su precio.

Pero muy poco se ha reflexionado sobre un costo que, superado el fragor de la coyuntura, quizá cale mucho más hondo y resulte aún más oneroso que las pérdidas económicas o las fugas de poder: el costo emocional.

En Dolor país y después ,que es la reedición, actualizada en 2007, de aquel impactante libro publicado por Silvia Bleichmar en marzo de 2002 , esta prestigiosa intelectual argentina instaló el concepto de "cicatriz queloide".

Habiéndose preguntado originalmente, cuando todo era vertiginoso descenso y laceración, cómo se medía, en índices aceptables, "la suba inexorable del dolor país", Bleichmar advirtió cinco años después, y poco tiempo antes de morir, que si no se tomaba en cuenta "aquello que debe seguir pensándose y trabajándose, las cicatrices de los daños sufridos tendrán características queloides". Una cicatriz queloide es la que deja una huella visible, que siempre estará allí como muestra del dolor vivido, la que "queda en los tejidos después de cerrada una herida o una llaga" y la que, "cuando se refiere al psiquismo, conlleva un empobrecimiento no sólo afectivo, sino también intelectual".

Cualquiera que haya pasado por la instancia de una cirugía sabe muy bien que durante el proceso de recuperación y cicatrización debe tener un cuidado extremo. El riesgo de volver a abrir lo que aún no se ha cerrado puede ser todavía mayor que el del momento inicial.

No debe asustarnos el conflicto. Es inherente al ser humano. Somos seres sociales. Y bajo esa condición ejercitamos diariamente la convivencia. Como lo sostiene el filósofo francés Comté-Sponville en La vida humana , "lo esencial de la vida social, en general, y de la política, en particular, es que es siempre colectiva y conflictiva".

No podemos vivir sin los demás. Es la presencia del otro la que da sentido a la nuestra. Aunque algunas veces nos resulte insoportable o intolerable su opinión o su voluntad. De esto se trata. Somos seres de deseo. Diferentes, y por eso deseamos cosas diferentes. Pero también iguales, y por eso peleamos y discutimos tras el anhelo de lo mismo. "Insociable sociabilidad" la llamaba Kant.

Tampoco debe asustarnos la negociación. Es la manera racional y civilizada de dirimir el conflicto. Y mucho menos deben asustarnos sus estrategias. Dilatar el tiempo y apurar el acuerdo cuando ya todos están cansados, desgastados y presionados por algún dead line es una de ellas. Muy usada por los orientales, grandes maestros de la calma y de la paciencia.

Sí, debe preocuparnos, en cambio, el incremento exponencial de la angustia, sentimiento que emerge como uno de los principales males de los tiempos posmodernos, aquí y en gran parte del mundo. En otro de sus lúcidos registros, uno de los personajes de Tute pregunta a una mujer: "¿Cuál es su principal fantasía?", a lo que ella responde: "Acostarme y levantarme con la misma persona toda la vida". Absorto, él sentencia: "Caramba, Betty, su imaginación no tiene límites". Tanta fragilidad da miedo. Tanto miedo da miedo. Miedo a todo. A que mañana todo pueda ser diferente. A no tener una mínima garantía de lo que pueda pasar. A no saber qué hacer. Al desamparo, a la soledad, a perder lo conseguido, a no conseguir lo querido, a no querer lo conseguido.

Y tanto miedo angustia.


El diccionario de la lengua española da tres definiciones del término "angustia", palabra que viene del latín y que remite a "dificultad": 1) sentimiento de aflicción intenso a causa de un gran peligro o la amenaza de una desgracia; 2) temor opresivo sin causa precisa, y 3) sensación de opresión en el pecho con respiración fatigosa.

La primera está relacionada con la capacidad de atención y de tensión que antiguamente el hombre debía tener para evitar sucumbir ante los peligros de la vida salvaje. Las dos siguientes reflejan los efectos de nuestra vida civilizada, caracterizada en estos tiempos por lo liviano, lo fugaz y lo efímero.

La publicidad, un espejo cada vez más fiel de los sentimientos de la gente, da cuenta de esos anhelos, que -parafraseando la expresión que acaba de surgir para denominar el retorno del hambre como problemática global- también podrían ser calificados de "tsunamis silenciosos". Anhelos de sentido, de vínculo, de más vida real y no sólo virtual, de menos miedo, de menos angustia.

Un ejemplo tan irónico, sarcástico y divertido como profundo es la brillante serie de los osos panda de la empresa Arnet. Ellos no pueden reproducirse. A pesar de todos los intentos "de manual" que él hace, ella sistemáticamente se niega, con vacía indiferencia. Allí algo parece haberse perdido para siempre.

Otro caso son dos recientes comerciales de Coca-Cola. Uno de ellos se titula "A la mesa" y muestra a vecinos de una ciudad que van sacando, uno a uno, sus mesas a la calle para compartir un almuerzo gigante, infinito, que abarca a todo el mundo como parte de una única gran casa y una única gran familia. El otro, de reciente lanzamiento, propone que no sólo ejercitemos nuestra salud física, sino también nuestra salud emocional.

No se trata sólo de correr, sino también de abrazar, de reír, de amar. Ambos forman parte de un concepto mucho más amplio que la marca viene trabajando desde hace algún tiempo: "El lado Coca-Cola de la vida". Una vida que propone la simple receta de inyectar más vida como antídoto frente a tanta sobredosis de angustia.

En una sociedad como la actual, en la que angustia es lo que sobra, de origen global y local; en un momento como este, cuando el país vive un ciclo de crecimiento inédito en los últimos cien años, que nos ha llevado a debatir y a negociar cómo repartir excedente, cuando hasta hace muy poco sólo podíamos repartir miseria, y frente a un contexto económico mundial que nos vuelve a brindar una oportunidad histórica para mejorar la calidad de vida de los argentinos, ¿podemos darnos el lujo de volver a abrir las heridas que apenas comenzaban a cerrarse? ¿Somos verdaderamente conscientes del costo emocional que tienen estos días, en los que el tiempo, al igual que en lo peor de la crisis de 2001/2002, se ha vuelto chicle? ¿Podemos seguir latiendo al compás de un minuto a minuto que nos traba el gesto, que nos borra la sonrisa, que les quita foco a nuestras expectativas, nuestros sueños, nuestras esperanzas? ¿Hasta cuándo nos seguiremos infringiendo heridas que dejan cicatrices queloides?

El autor es especialista en tendencias sociales y de consumo, presidente de la Asociación Argentina de Marketing.

Por Guillermo Oliveto, para LA NACION

Fuente: LANACION.com


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