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Lunes, 19 de mayo de 2008

"Con la comida no se juega"

Luego de lo acontecido con los alimentos en el mundo durante los cuatro primeros meses del año, existe casi un consenso sobre las causas de la crisis de la comida, incluyendo la especulación en las transacciones bursátiles en las bolsas del mundo que amplifican los desequilibrios ocurridos ente la oferta y la demanda. Al respecto, agencias como el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), que ha estimado que los precios mundiales de los alimentos (maíz, soya, trigo y arroz) han crecido más del 60% en los últimos dos años, enfatizan en tendencias de largo plazo.

El crecimiento combinado, tanto de la población como del ingreso económico, no han podido ser atendidos al mismo ritmo por la producción agrícola, ni por el aumento de áreas cultivadas ni por mayores alzas en la productividad por unidad de área. Ese comportamiento productivo, acorde con USDA, se atribuye a las dificultades ocasionadas por el cambio climático, a que la disponibilidad de más agua para usos agrícolas ha “llegado a ser más difícil” y al desplazamiento de áreas antes dedicadas a agricultura hacia otros usos.

No obstante, casi nadie repara en los daños que la apertura económica ha traído a las producciones domésticas de alimentos en decenas de países de ingresos bajos y medios durante más de una quince años. Entre ellos está Colombia. Una breve historia de la destrucción de la producción de alimentos en nuestro país es así: después de 1954, cuando el Congreso de Estado Unidos expidió la ley 480, que otorgaba créditos blandos a los países para importar excedentes agrícolas provenientes de la superpotencia, Colombia se inscribió en ese grupo y comenzó a traer trigo norteamericano subsidiado y también cebada. A finales de la década de los setenta, ya importábamos 374.000 toneladas de trigo, el 90% de la oferta total, y 40.000 de cebada, la tercera parte del consumo. El modelo neoliberal hizo el resto. Entre 1990 y 1996, las importaciones agrícolas pasaron de 1’983.000 toneladas a 5’606.100, lo cual se hizo a costa de acabar con un millón de hectáreas de maíz, sorgo, soya, algodón y otros cultivos transitorios de alimentos básicos. En el año 2000, las importaciones de maíz fueron 1’920.038 toneladas cuando en 1990 no existían, las de soya pasaron en la década de 69.000 a 349.000 y las de fríjol de 7.000 a 44.000. Se cambió la autosuficiencia relativa por una alta dependencia. El mundo perdió, con la ruina agropecuaria de muchas naciones, una capacidad productiva enorme. Ahí está el faltante, más que en los análisis algo catastróficos, parecidos a los de Malthus (en el que la población no encontrará recursos suficientes para su subsistencia), de USDA.

En el país se persiste en el extravío. Con el argumento de que la tierra es un recurso abundante, el Ministerio de Agricultura afirma que la producción de etanol “no le ha quitado espacio a la producción de alimentos ni tumbado selva”. Como si se tratara sólo de eso. ¿Desconoce que además de la tierra, otros recursos como el capital, el trabajo, la tecnología y el agua, que son escasos, cuando se enfocan hacia un determinado renglón excluye a otros de su utilización? Y es precisamente lo que ha pasado. Mientras las cifras de apoyos, por ejemplo en forma de exenciones tributarias (otro recurso escaso) que se otorga a la producción de agrocarburantes es el 42% del precio al productor, la brindada a producción de alimentos es nula. El programa bandera, “Agro Ingreso Seguro”, dedica el 65% del crédito subvencionado a las exportaciones y proscribe a la elaboración de comida para el mercado interno.

Por ahora, el yerro histórico le ha costado a los hogares colombianos una mayor inflación de la comida en 2008. Es “un gran problema colombiano que está presionando la inflación y atacando los bolsillos de los ciudadanos” (Junguito, Portafolio). Eso a quienes les queden “bolsillos”, porque muchos ya han desplazado el consumo a bienes menos nutritivos y de menor costo y no es imposible pensar que ni unos ni otros pierdan el acceso a los alimentos básicos. Ante los temores de escasez, China, Argentina, Ucrania, Rusia, Malasia, Kazajstán, India, Vietnam, Serbia, Egipto Indonesia y Camboya han aplicado restricciones y prohibiciones a sus exportaciones de cereales, granos y oleaginosas. Así haya dinero con qué comprarles pueden no venderlos; ¡sería Troya! Aquí vale recordar la frase de George W. Bush, “por eso, cuando hablamos de la agricultura norteamericana, en realidad hablamos de una cuestión de seguridad nacional”; en otras palabras, “con la comida no se juega…”, el precio puede ser muy alto.

Por Aurelio Suárez Montoya, La Tarde, Pereira.

Fuente: Moir


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