contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Mi?rcoles, 02 de enero de 2008

Dinero sucio: la verdad no est? en la superficie

Cuando en 1999 el senador dem?crata de Estados Unidos, Carl Levin, presidi? una comisi?n para investigar el lavado de dinero del Citibank afirm? que anualmente hay 500.000 millones de d?lares fuera del circuito oficial. Asegur?, adem?s, que buena parte de ellos reingresan al circuito v?a la gran banca norteamericana.

El FMI, que tiene una unidad contra delitos financieros, da la misma estimaci?n. Los especialistas suelen coincidir en que los principales rubros que permiten mover esa cantidad escalofriante de d?lares son el narcotr?fico, el mercado negro de armas y el desv?o de fondos por negocios entre empresarios y funcionarios pol?ticos.

Del tr?fico de drogas es f?cil hablar cuando se trata de involucrar a bandas de latinoamericanos pero es inc?modo cuando se lo mira del otro eslab?n de la cadena: los principales mercados de consumo de coca?na, hero?na y drogas qu?micas es Estados Unidos y Europa.

La prensa de esos pa?ses es necesariamente tolerante con el doble discurso que implica echar las culpas sobre el arquet?pico plantador de coca boliviano, o el colombiano colgado de oros y con fajos de billetes de a veinte.

Ser?a mucho m?s dif?cil indagar el rol de la DEA en los carteles latinos de la coca?na, o el de las tropas de ocupaci?n en Afganist?n, donde est?n los principales cultivos de amapola y la producci?n de opio. Tampoco es f?cil investigar qui?nes financian los ej?rcitos privados en Myanmar, especialmente en el tri?ngulo de Oro, donde ese pa?s se cruza con Tailandia y Laos, donde tambi?n se fabrican drogas opi?ceas. Claro, Bolivia, Afganist?n y Myanmar est?n entre los treinta pa?ses m?s pobres del planeta.

Las armas en el mercado negro sirven para financiar guerras como las de Liberia, Congo o Ruanda, donde las peleas tribales son la pantalla de intereses econ?micos. Los traficantes de diamantes, por ejemplo, cuentan con normativas c?mplices en varios pa?ses africanos, que permiten la salida de las piedras preciosas sin pagar impuestos.

As? se explica que dictadores como el ugand?s Idi Am?n llegara a ser uno de los hombres m?s ricos del planeta. Mucho m?s inc?modo de explicar es por qu? la ciudad belga de Amberes es la capital del comercio de diamantes y peor a?n ser?a tratar de dar a conocer la trastienda de ese negocio.

Cabe recordar que B?lgica ten?a colonia en el Congo hasta 1960 y luego los mercenarios belgas controlaban el negocio de diamantes a trav?s de dictadores t?teres. Esa asociaci?n entre mercenarios y ej?rcitos tribales cautivos siempre tuvo atr?s a grandes financistas, fueren empresas privadas o Estados.

Idi Am?n muri? en Arabia Saudita, porque los grandes financistas que lo proteg?an quer?an evitar que alg?n juez o periodista de investigaci?n pudiera obtener informaci?n que los involucrara. Arabia Saudita, como los Emiratos ?rabes, Libia y otras naciones ricas en petr?leo mueven fortunas en la banca libanesa donde el capital puede burlar los controles de las naciones del primer mundo.

Las transacciones se hacen en Beirut o, navegando por el Mediterr?neo, en los muy distinguidos balnearios de Cerde?a, donde los inmensos yates de los petroleros se confunden con los de los traficantes de armas, las estrellas de Hollywood y o los de los esp?as de las principales potencias b?licas del planeta. En la Costa Esmeralda es normal ver los ej?rcitos privados que acompa?an a jeques ?rabes pero es m?s dif?cil identificar a los banqueros o pol?ticos europeos o norteamericanos con quienes hacen negocios.


El problema es la evidencia

En 1970, el periodista norteamericano Seymour Hersh gan? el premio Pulitzer por su investigaci?n sobre la verdad de la matanza de 128 civiles en una aldea vietnamita -que occidente conoci? como My Lai porque era el nombre que le daban las tropas invasoras y no sus habitantes-.

El gobierno de Richard Nixon tembl? porque el teniente William Calley, uno de los participantes de la masacre, cont? detalles a Hersh quien, despu?s de deambular con sus notas, pudo dar con una peque?a agencia (la Dispatch News Services) que se anim? a publicarlas.

La Casa Blanca tuvo que aceptar la masacre y hubo una ola internacional de rechazos.

Hersh no cont? con muchos otros oficiales como Calley que pudieran dar dimensi?n singular a los otros miles de asesinatos que llevaran a Vietnam a perder tres millones de habitantes civiles durante la ocupaci?n norteamericana que financi? no s?lo sus propios ej?rcitos sino tambi?n tropas t?teres.

Puede parecer exagerado asociar el caso de la masacre de My Lai con el de la valija de Guido Antonini Wilson. Pero no es desacertado: el periodismo puede actuar sobre la singularidad, sobre la evidencia. Desde all? puede construir un caso testigo.

Ning?n cronista va a tener la nota caliente del d?a con los 500.000 millones de d?lares que anualmente salen del circuito. El periodismo no es un ejercicio de lamento o de moralizaci?n: se limita -que no es poco- a acercar datos o peque?as historias a lectores que no tienen mucho tiempo para cada art?culo. Pero cada tanto, el periodismo debe pensarse a s? mismo y dar m?s contexto.

Seymour Hersh es, para la mayor?a de lectores, un desconocido. Sin embargo, no dej? de investigar y de publicar sus investigaciones en los 37 a?os que siguieron al Pulitzer. Desde ya, la gran prensa norteamericana no le da espacio, pero s? la revista The New Yorker, una de las m?s prestigiosas donde cualquiera aspirara escribir unas l?neas aunque fuera.

Hersh sigue los casos sensibles: el papel de la CIA y el Pent?gono en Medio Oriente, en Afganist?n, en Pakist?n o en Irak. Seg?n sus art?culos, la segunda fuerza de ocupaci?n en Irak est? constituida por los ej?rcitos privados contratados para custodiar el transporte de petr?leo o por las empresas contratistas norteamericanas dedicadas a la "reconstrucci?n" de lo que ellas mismas destruyeron.

Esos mercenarios cuestan a veces diez veces m?s que un soldado regular. Esa privatizaci?n de la guerra -que no es nueva- es una forma m?s de borrar los l?mites entre la legalidad y el delito. La informaci?n sobre estos hechos est? celosamente cuidada por el poder pol?tico y econ?mico de Estados Unidos. Circula, s?, pero por medios de bajo impacto o alternativos.

Cuando llevamos en Argentina dos semanas de proliferaci?n informativa sobre los 800.000 d?lares que trajo Guido Antonini Wilson en una valija y en un avi?n contratado por la estatal Enarsa no queda menos que decir: se?ores, ese hecho existi?, fue en agosto y est? muy bien que se investigue, pero ?estamos tan atados al carro del Imperio que no podemos saltar el cerco informativo?

Por Eduardo Anguita

Fuente: Telesur

Añadir comentario

¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com