contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Jueves, 11 de octubre de 2007

La otra guerra

* Los efectos m?s perversos de la erradicaci?n manual terminar?n pesando sobre los m?s humildes.

Los debates de estas semanas en Nueva York sobre el fen?meno del calentamiento global le han dedicado poco espacio al impacto de los conflictos armados sobre el ambiente.

En el caso de los cultivos il?citos en Colombia, por ejemplo, la devastaci?n masiva de las reservas forestales y la selva para cultivar coca, as? como el envenenamiento de las fuentes de agua dulce durante su procesamiento, est?n, literalmente, alimentando el conflicto en progresi?n geom?trica.

Veamos c?mo sucede. Igual que en todos los casos de optimizaci?n de un mercado, el negocio de la coca tambi?n ha buscado adaptarse a las campa?as de erradicaci?n. Una forma de adaptarse es asegurando la productividad mediante la preservaci?n de la integridad de la hoja de coca y creando cepas resistentes al herbicida.

Existen dos maneras de crear esa resistencia: mediante la modificaci?n gen?tica o condicionada de la semilla. Existe abundante evidencia sobre el mejoramiento de la resistencia de las semillas por condicionamiento, y es probable que existan semillas modificadas gen?ticamente.

Les explicar? ese proceso de modificaci?n condicionada en versi?n de un campesino: cuando baja la estela de glifosato y se posa sobre las hojas, salen los raspachines a 'motilar' la planta. La cosecha se pierde, y volver a crecer le cuesta, pero los cortes inmediatamente despu?s de la fumigaci?n terminan por 'vacunar' los cultivos. Los siguientes brotes se vuelven inmunes al t?xico.

Otra forma de optimizar la producci?n de la coca es preservando la integridad de la hoja mediante el uso de plaguicidas de toxicidad aguda y alta persistencia ambiental, como el metamidof?s, que es del tipo t?xico 1, el m?s alto que existe, y que han sido desarrollados para erradicar los par?sitos de la planta sin afectarla.
Por supuesto, su uso est? totalmente prohibido en los pa?ses desarrollados, que son los pa?ses de origen de las casas farmac?uticas que los crearon.

El plaguicida, producido en Suram?rica, es importado ilegalmente desde el Ecuador y distribuido entre los productores. Las compa??as farmac?uticas ofrecen programas de entrenamiento para reducir el riesgo del t?xico. Sin embargo, dado el car?cter ilegal de la importaci?n y el uso, no existe control alguno sobre su aplicaci?n en los cultivos de coca.

El primer impacto lo recibe el recolector, que, al solo contacto, absorbe grandes porciones de veneno. Algunos miembros de la misi?n m?dica que operan en estas zonas confirmaron referencias de patolog?as en adultos y neonatos compatibles con este tipo de envenenamiento, como la polineuropat?a perif?rica retardada, y se han encontrado residuos de plaguicida de alta toxicidad en leche materna.

El veneno termina en las aguas, en donde se depositan los residuos t?xicos del lavado y el procesamiento qu?mico, aguas que a su vez beben los animales y absorben las plantas. Al final, todos terminamos haciendo parte del ciclo.

Ya sabemos por qu? la fumigaci?n no afect? la producci?n. La respuesta de este gobierno ha sido anunciar la erradicaci?n manual, lo cual no solo aumentar? la poblaci?n expuesta directamente al t?xico. La pol?tica anunciada tendr? dos efectos: disparar? la instalaci?n de minas antipersona y multiplicar? la aparici?n de peque?os productores de coca por todo el pa?s. Las minas est?n dirigidas al Ej?rcito, que todav?a no tiene una estrategia profesional para abordar el problema, pero los efectos m?s perversos terminar?n pesando, otra vez, sobre los m?s humildes, los m?s vulnerables, los m?s pobres.

Este es apenas el principio.

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por Natalia Springer. Columnista de EL TIEMPO.

Fuente: El Tiempo

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