contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Domingo, 19 de agosto de 2007

Colombia: El Chupeta

La captura en Brasil del buscado narcotraficante colombiano conocido como ?Chupeta? ser? sin duda un enorme ?xito para los funcionarios policiales que han participado en la operaci?n pero tiene al mismo tiempo una lectura menos optimista: a pesar de la muerte o prisi?n de los grandes jefes de estas mafias el fen?meno se reproduce indefinidamente y habr? sido cosa de horas hasta que las familias mafiosas de Cali hayan reemplazado a este siniestro personaje por otro igual o peor.

Que las cosas ocurran de esta manera solo se explica porque la llamada guerra contra el narcotr?fico se est? perdiendo a pesar de los ingentes recursos de todo tipo que se han invertido. En parte, porque las estrategias son equivocadas; en parte, porque los objetivos reales son otros, y en parte porque el mismo orden social es el mejor caldo de cultivo para estas actividades, de suerte que mientras no se emprendan cambios significativos el tr?fico ilegal de sustancias alucin?genas no va a cesar. De hecho, despu?s de tantos a?os de combate al narcotr?fico el balance no puede ser m?s desalentador si nos atenemos a las cifras de producci?n y consumo que registran los organismos internacionales concernientes.

Lo primero que salta a la vista es la enorme debilidad e impotencia del Estado frente a la mafia de las drogas no tanto por la falta de recursos sino por la infiltraci?n profunda del narcotr?fico en las instituciones de polic?a y justicia. Los casos de Colombia o M?xico resultan paradigm?ticos pero no son los ?nicos afectados ni el fen?meno se presenta solamente en los pa?ses pobres del planeta.

El esc?ndalo m?s reciente destapa los v?nculos de la misma oficina de reclutamiento del ej?rcito colombiano con un grupo mafioso precisamente de Cali, al cual se le ofrec?an especialistas en protecci?n, despu?s de minucioso estudio de hojas de vida, la entrevista de rigor y el ?pase? de las filas de las fuerzas armadas a la delincuencia organizada. Tambi?n un juez aparece implicado en la puesta en libertad del mayor cabecilla del esc?ndalo, desmintiendo la versi?n oficial que se escuda en la conocida teor?a de la ?manzana podrida?. Una ?teor?a? ya insostenible dada la reiteraci?n y la extensi?n de los esc?ndalos que llevan a pensar que aunque esta versi?n oficial fuese cierta, estos ?casos aislados? resultan ya suficientes para paralizar y anular la acci?n de la justicia. Y al paso que avanzan los acontecimientos no est? lejano el momento en que sea necesario decretar que la cesta est? podrida y tan solo algunas manzanas son salvables.

Pero no es solo la impotencia de los instrumentos estatales; tambi?n se falla en el enfoque global, pues en lugar de emprender acciones decididas contra los principales protagonistas el combate se dirige a el eslab?n m?s d?bil: el campesino pobre que produce la materia prima. Es aparentemente inexplicable que las Operaciones ?Colombia? ? iniciada por Clinton y Pastrana Arango- y las sucesivas extensiones de este inmenso y millonario operativo no solo tengan un car?cter casi exclusivamente militar sino que se reducen a fumigar, provocar desplazamientos de poblaci?n, amedrentar y perseguir comunidades enteras en aquellas ?reas que se suponen las mayores productoras de hoja de coca y amapola. Contrasta tanta dedicaci?n con los esfuerzos muy inferiores destinados a perseguir laboratorios, interceptar los medios de transporte de la droga, incautar env?os y sobre todo, poner coto al inmenso tr?fico de dineros ilegales, que ya como dep?sitos bancarios, ya como inversiones directas, constituyen un porcentaje decisivo de la econom?a nacional e igualan o superan las remesas enviadas por los emigrantes. Seguramente que los campesinos pobres de la frontera agr?cola del pa?s apenas cuentan con apoyos sociales y pol?ticos; no parece ser el caso, sin embargo, de las mafias, tan bien incrustadas en todo el entramado social del pa?s. Esta ser?a una de las razones principales para decidirse a combatir ante todo al eslab?n m?s d?bil de la cadena.

No menos escandalosa resulta la actitud de los pa?ses que apoyan estas ?operaciones?. En particular- pero no solo- los Estados Unidos, quienes asumen como correcta la estrategia de ?golpear en origen? (si no hay producci?n no hay consumo) mientras resultan remisos incurables a la hora de ejecutar sus propios controles. Si asumieran su responsabilidad, en los pa?ses ricos se controlar?a la venta de los llamados ?precursores qu?micos?, indispensables para elaborar las drogas y que solo producen algunos pa?ses desarrollados; se afanar?an sinceramente por terminar el tr?fico de armas, equipos de transporte y sofisticados sistemas de comunicaci?n destinados a las mafias del narcotr?fico. Tampoco parece que exista una diligencia destacada en controlar los flujos del dinero producto del tr?fico de drogas. Algunos analistas calculan que a pa?ses productores ?como Colombia- tan solo llega un porcentaje peque?o (?5%?) del monto total de las transacciones mientras en bancos, empresas y para?sos fiscales del Occidente rico se queda la parte de le?n del narcotr?fico, haciendo bueno el refr?n seg?n el cual ?el dinero no huele?.

No es posible conseguir vencer a las mafias de la droga si el orden social imperante resulta ser el mejor caldo de cultivo para su nacimiento y expansi?n. La pobreza de muchos en zonas marginales del campo y la ciudad constituye la mejor aliada del empresario mafioso a la hora de incitar a estos colectivos a participar en estas actividades ilegales. En la pobreza extrema recluta el narcotr?fico sus peones y soldados. En la desesperanza de los llamados ?sectores medios? se produce el cuerpo de administrativos y directores de la empresa delictiva; de esos sectores sale ?Chupeta?, descrito por la polic?a como ?culto, educado y todo un caballero?. Mientras tanto, en las clases altas se produce la discreta vinculaci?n, la tolerancia calculada, la apertura de la puerta trasera para que estos nuevos ricos ingresen en la sociedad. Si el lema de los tiempos no es otro que el ?enriquecerse a cualquier precio?, si la vieja ?tica del trabajo duro, la honradez, el gasto sistem?tico, la inversi?n productiva y la sobriedad - la versi?n criolla del calvinismo - se abandona en favor del ?todo vale con tal de triunfar? no debe extra?ar lo in?til que resulta combatir una actividad que propicia el r?pido enriquecimiento, la casi total impunidad, el triunfo seguro, el boato, el derroche y una vida ?a la americana? (s?mbolo del mayor prestigio), es decir, que tan bien coincide con el mensaje que recibe toda la sociedad y se expone como el ideal para estas y futuras generaciones.

La clase dominante colombiana tiene evidentemente la principal responsabilidad y de nada valen los intentos de eludirla atribuy?ndola a todos, de la misma forma que ahora se quiere diluir en cada colombiano la culpa no solo del narcotr?fico sino del paramilitarismo.

En el caso colombiano la cuesti?n se complica a?n m?s por el empe?o de las autoridades de convertir la guerra contra las drogas en una guerra contra los insurgentes, considerados un cartel m?s (el ?mayor del mundo? seg?n Washington). De hecho, los recursos militares (m?s del 90%) del Plan Colombia y sus continuaciones se dedican fundamentalmente a combatir guerrilleros, eludiendo el camino de la negociaci?n pol?tica y la salida pac?fica de un conflicto armado con claras ra?ces sociales y pol?ticas. Como resultado, los operativos se concentran en las ?reas de influencia de las guerrillas pero apenas tocan las zonas de control paramilitar, en las cuales florece fren?ticamente el narcotr?fico. Toda una paradoja si se piensa que el v?nculo de narcotr?fico y paramilitarismo no solo es evidente sino reconocido por ellos mismos; sus principales cabecillas tienen juicios pendientes en Estados Unidos por tr?fico de estupefacientes y est?n solicitados en extradici?n, mientras no se conoce de captura alguna de droga perteneciente a la guerrilla, que reconoce ?cobrar impuestos? a todas las actividades econ?micas en las regiones bajo su control - incluida la producci?n de materia prima para la elaboraci?n de la droga- pero niega rotundamente que plante, produzca o comercialice el producto.

El resultado ha sido pobre para la estrategia de Uribe V?lez: ni ha conseguido ?xitos destacables en la lucha contra el tr?fico de drogas, ni consigue debilitar al movimiento guerrillero

En realidad, y echando mano de la experiencia, parece m?s probable que las mafias de la droga terminen siendo asumidas en el orden social que exterminadas por la acci?n de las autoridades. Se disolver?n ellas mismas en la medida en que su condici?n de grandes capitalistas les reserve un puesto en el sistema. De hecho, han tenido y tienen una enorme influencia pol?tica, manipulando a su antojo muchas leyes y promoviendo otras en su favor; han infiltrado las instituciones p?blicas en una medida tan grave que las paraliza; hacen presencia activa en la econom?a del pa?s y en su vida social y demuestran no solo un enorme sentido de los negocios sino una capacidad enorme para reproducirse y mantenerse.

No ser? sin embargo la primera vez que la parte mafiosa del capitalismo termine por integrarse en el sistema. Primero de forma discreta, por la puerta trasera; luego, tras algunas generaciones, por la pomposa entrada principal, con todos los honores. Aquellos que no entienden estas reglas de juego suelen cometer el error de querer entrar de inmediato, haciendo gala de su mal gusto y altaner?a, tratando de cobrar con torpeza todos los favores que le deben pol?ticos, jueces, obispos, polic?as y empresarios. Estos son los incautos que deliran de grandeza y de convierten en estorbo para los mismos intereses generales de la mafia. Eso es el ?Chupeta?, uno m?s que ir? (si no escapa) a purgar sus delitos de por vida en una c?rcel gringa, mientras los listos saben que haciendo las cosas bien pueden esperar que si no sus hijos, al menos si sus nietos lleguen inclusive a la presidencia de la rep?blica, como confesaba cierto traficante irland?s que de haber vivido algunos a?os m?s hubiese alcanzado a ver cumplido su sue?o.

Por: Juan Diego Garc?a (especial para ARGENPRESS.info)

Fuente: Argenpress

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