contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

Lunes, 12 de marzo de 2007

El valle de la coca

CRONICA DESDE LAS PLANTACIONES PERUANAS DONDE NACE LA DROGA QUE DESATO LA GUERRA NARCO EN BUENOS AIRES

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De Per? provienen los ex Sendero Luminoso que pelean el poder narco en la capital. Y buena parte de la coca?na que trafican. P?gina/12 recorri? el Valle del R?o Apur?mac: once mil hect?reas sembradas con plantas de coca, restos de la organizaci?n mao?sta, narcotraficantes varios y campesinos hundidos en la miseria. El Estado ausente lo convierte en una de las zonas m?s peligrosas del continente.

Por Cristian Alarc?n
Desde el Valle del R?o Apur?mac

Cuando en Buenos Aires se reproducen y fortalecen las organizaciones criminales peruanas dedicadas al narcotr?fico, P?gina/12 recorri? por primera vez el Valle del R?o Apur?mac y Ene, VRAE, en el sudoeste del Per?, entre las sierras y las alturas del Cuzco: origen de la sustancia por la que se desat? una guerra de narcos en la Capital. A unos cuatro mil metros de altura, en medio de la ceja de la selva, entre la presencia residual de Sendero Luminoso, los Comit?s de Autodefensa Campesina y un Estado hist?ricamente ausente que ahora amenaza con un nuevo plan de erradicaci?n y combate contra el narcotr?fico en la zona, los campesinos cocaleros sobreviven a la pobreza extrema defendiendo las plantaciones que se convertir?n en miles de toneladas de coca?na exportada luego a la Argentina, entre otros pa?ses del mundo.

Ladislao, el gu?a, se?ala la zona donde dicen que Sendero Luminoso reapareci?. Con su famosa capacidad de fuego, los guerrilleros mao?stas que ?se supone? se desintegraron como organizaci?n hace 13 a?os, emboscaron y mataron a cinco polic?as, en diciembre pasado. ?Fue porque la polic?a iba a perseguir gente que trabaja con la coca?, dice elegantemente Ladislao, el hombrecito que supo pelear con armas contra los ?terrucos?, como les dicen en todo Per? a los miembros de Sendero. El camino es una sola v?a de piedra y barro, un hilo marr?n que se puede ver como un latigazo sobre la monta?a verde a medida que se avanza, lentamente. Las curvas cerradas obligan al bocinazo preventivo. El paso de otro veh?culo obliga a retroceder para darle lugar. Las nubes est?n pr?ximas. Cuando el viajero cree que se aproxima al final se cruza otro r?o en el camino, porque as? como a esta altura del viaje ya no hay servicios, salud ni desarrollo, y las fuerzas de seguridad son un fantasma temeroso de un ataque de Sendero o de los narcos, tampoco existen los puentes.

Se parte de Ayacucho, la capital del departamento, donde hay un peque?o aeropuerto. Luego Quinua, donde se termina el asfalto, y desde entonces tierra: Tambo, Ayna, hasta San Francisco, Kimbiri y Santa Rosa, uno de los para?sos de la coca. El Valle del R?o Apur?mac y Ene, o VRAE, la sigla con la que se lo nombra como si se tratara de un apodo, es una carrera de obst?culos a la que ning?n local se le achica y el extranjero soporta entre el v?mito, el ahogo y el mareo del sorocho que causa la altura. ?Audaz?, dice en el techo de un cami?n enterrado en el barro. El motor parece agonizar en el intento mientras detiene la marcha de cientos de personas a lado y lado del barrial. Los cocaleros que esperan pasar hacen un silencio piadoso. El chofer de la ?doble tracci?n? arranca primero, obligando al cami?n, al arremeter en la ?nica v?a como en un duelo de toros, a retroceder. ?C?rrete, bigotitos?, le dice. Entonces, tras la puja, se puede retomar el camino de la coca.

Poceros

En ocho horas se llega al centro administrativo del Valle, junto al caudaloso r?o Apur?mac. Del lado oeste, San Francisco, departamento de Ayacucho, y en el este, al cruzar un puente anaranjado y nuevo, Kimbiri, la puerta del departamento de Cuzco. Los pueblos de diez mil habitantes lucen como hermanos: el gris y el ladrillo, la pobreza estructural, las enormes propagandas de los dentistas, las moto taxi con sus carcazas que parecen calabazas de metal decoradas como autos de colecci?n. En un primer contacto secreto, al amparo de una cerveza cuzque?a, un hombre de dientes de oro cuenta c?mo funcionan las cosas en la zona. La primera vez que vio la coca fue en 1970, cuando comenzaron a sembrar para ?charchar?, o sea para masticar. Pero lo cierto es que ?la coca se hizo fuerte en los ochenta?. Entonces aparecieron las primeras pozas de maceraci?n.

A Ladislao le brilla el oro en la sonrisa cuando en voz baja explica el procedimiento. ?O se hace una poza en la tierra o se arma una con madera y nylon. Siempre tienen 1,20 de profundidad?, comienza. El recurso que m?s insumen: agua. Es la que sacan del Apur?mac con un tubo y una bomba. Esas piletas que parecen pelopinchos familiares suelen medir alrededor de cuatro por diez. Las m?s grandes, seis por doce metros. En las m?s chicas entran 200 arrobas (bolsas) de coca. Cada arroba hace unos diez kilos. ?Primero se ponen tres cuartos de agua, y a eso se le agrega el ?cido sulf?rico, que es un l?quido que te come la piel y la ropa rapidito. Para una poza grande son unos diez kilos de ?cido. Es f?cil de conseguir; entre ellos nom?s se venden?, dice. Despu?s hombres y mujeres de brazos fuertes los revuelven como a un caldo, con unos palos grandes como remos.

?Al d?a siguiente, cuando est? negrita el agua y la hoja est? ya bien finita, empiezan a sacarla ?cuenta el hombre, y almuerza un seco de pescado?. La llevan a un cilindro. Despu?s le echan cal, lo baten y le echan el queros?n. A un cilindro, ocho galones de queros?n. Esto es lo que hacen algunos: de cien agricultores, 30, dir?a yo, son poceros. O sea, procesan la pasta b?sica. El agricultor que pocea gana entre 200 y 300 d?lares en una cosecha. La poza grande puede dar doce kilos de pasta base. Por eso el narco le paga 600 d?lares o 700 como m?ximo. Ellos no hablan, no cuentan. Como los conozco hace mucho, lo s?. Pero ellos se callan. Muchas veces no lo sabe el vecino tampoco. Las compras y las ventas son bien secretas. Se comunican entre ellos por radio, y hoy d?a compran en ese rinc?n de la selva, y otro d?a, en otro. Es en el medio del monte, nadie lo puede ver.?

A 1200 kil?metros del valle cocalero, en Lima, el general Miguel Hidalgo, al mando de las tropas de la Direcci?n Antidrogas de la Polic?a Nacional (Dirandro), dice que durante 2006 sus comandos destruyeron 300 pozas de maceraci?n en el Valle del Apur?mac. ?Cuando llegamos no hay nadie, y casi nunca. Apenas nos retiramos ya arman otra?, reconoce el general. Dos de sus soldados, de fusiles AKM al hombro, confiesan durante el desfile dominguero de tropas que religiosamente cada semana se hace ante la plaza de Ayacucho, la capital del departamento, lo frustrante que es hacerlo, ellos mismos, con sus propias manos. ?Estamos siendo preparados como comandos porque este a?o hay un plan para atacar?, dice el m?s alto de los dos fornidos morenos. ?Somos 209?, dice su compa?ero.

Se los ve exultantes entre las comparsas de los pueblos vecinos que han llegado al precarnaval. Entre polleras de colores y sicus de todos los tama?os, guaguas envueltas en aguayos y puchero voceado en la vereda, se pasean los soldados del ej?rcito, camuflados, con las caras cubiertas por tela de mosquitero verde, o directamente tapados de hilachas color tierra que les cuelgan desde la cabeza y hasta los pies, como un lampazo. ??Se parecen al T?o Cosa!?, dice un ni?o apunt?ndolos. Son los rastros de la guerra. En la zona del r?o Apur?mac, entre 1982 y 1993 murieron diez mil personas. Se calcula que hoy en todo el valle hay 160 mil habitantes. Las dimensiones de la guerra interna en el Per? la equiparan, por cantidad de v?ctimas, a un conflicto b?lico mundial.

Mochileros

Al cocalero Tel?sforo Garc?a, los ?terrucos? le mataron al padre. Casi a todos los que se les pregunta por la guerra cuentan sobre una v?ctima en su familia.

??Usted tambi?n pele? contra Sendero? ?le pregunta P?gina/12.

?Ac? todos tuvimos que salir a la guerra. Ni?os, ancianos, mujeres, todos ?dice y se?ala a los que pasan por el camino frente a su rancho, desde donde se aprecia la vista de parte del valle y la prosperidad de la coca que brilla adonde se mire.

En el fondo de ese paraje, a unos minutos de la plaza de Santa Rosa, un arco iris se abre y se extiende sobre los cocales. A nadie le llama la atenci?n. Para Tel?sforo y para ese ni?o que corre entre los perros de la casa, es com?n y silvestre esa explosi?n de colores en el cielo. Cl?ber, que tiene ocho a?os, es cultivador de coca. Le pagan seg?n la cantidad de hojas que logra juntar con sus manos. La cosecha de la coca es una operaci?n siempre manual: se toma el tallo casi desde la base, como si fuera un ramo de fresias, y se sube con el pu?o cerrado arrancando suavemente el follaje. Eso suele producir leves cortes en la piel por las hojas m?s filosas. Por eso las manos de Cl?ber tienen esas marcas. Al ni?o le pagan por su faena en el momento. Por cuatro kilos, dos soles, o sea dos pesos o 66 centavos de d?lar. Por seis kilos, 3 soles, explica. ?A la sombrita lo pones?, detalla, y muestra a lo lejos, bajo un galp?n de techos de paja, el nylon cubierto por hojas que se secan. En Europa, el kilo de coca?na ya lista para su consumo en los espl?ndidos salones es de 60 mil euros.

Cuando P?gina/12 estuvo en Per? se divulg? un informe de Unicef que da cuenta de los males que padecen los ni?os del VRAE: desde el m?s alto ?ndice de diarrea infantil hasta la contaminaci?n con plomo por los desagotes permanentes de pozas de maceraci?n al Apur?mac, de donde se saca el agua para el consumo. No existe el agua potable. Mucho menos la energ?a el?ctrica trif?sica. De todo esto se queja Tel?sforo, que lo hace como cocalero, pero tambi?n como flamante alcalde de Santa Rosa, esos 170 kil?metros cuadrados de valle en los que viven seis mil personas. ?Qu? nos queda. No vamos a morir de hambre, pues en vez de morir de hambre preferimos sembrar nuestra hoja de coca, que para nosotros es como nuestra caja chica del campesino. Aparte de eso, sembramos nuestro cacao, nuestro caf? y nuestros c?tricos. Entonces, nosotros no somos narcotraficantes. Los grandes narcotraficantes est?n ah? en la capital, son los que manejan los verdes?.

En un art?culo sobre el movimiento cocalero subtitulado ?Itinerario de desencuentros en el r?o Apur?mac?, la soci?loga Anah? Durand Guevara explica que ?al participar la mayor?a de los agricultores en las autodefensas contra Sendero disminuyen las posibilidades de dedicarse a los cultivos legales como el cacao, o el caf?, pues dado el aislamiento del Valle por la violencia, no tienen salida comercial?. Es por eso que los campesinos prefieren la coca, que no les demanda tanto cuidado, lo hacen en su tiempo libre. El informe acad?mico dice lo mismo que Tel?sforo: se trata de una ?estrategia de reducci?n del riesgo?. La coca minimiza p?rdidas, maximiza oportunidades, porque sostiene otros cultivos. Requiere menos inversi?n que el caf? o el cacao, se cosecha cuatro veces por a?o: ?Con menos cuidados se consiguen m?s ingresos. Por eso es considerada una caja chica?, concluye Durand Guevara.

A medida que el arco iris fulgurante se disipa sobre las monta?as se junta gente en el caser?o de ranchos apagados. De uno y otro lado salen campesinos j?venes que si no disponen de un pedazo de tierra, trabajan en los cocales. En 1907 hab?a solo 911 hect?reas de coca en el Valle. Seg?n un Bolet?n del Instituto Franc?s de Estudios Andinos, se calcula que hoy existen unas 11 mil hect?reas de coca, y que de cada cien productores 87 son cocaleros. Entre ellos, una mujer risue?a se acerca y elogia la remera del cronista.

?Qu? buena su camiseta, a m? tambi?n me gusta Siuxie and The Banshees ?sorprende y se esfuma.

Las posibilidades de vincularse con el negocio del narcotr?fico y sus ganancias extraordinarias apenas comienzan a perfilarse cuando la hoja pasa a la maceraci?n y a la pasta b?sica. Aunque la Dirandro asegura que existen laboratorios en la zona, lo cierto es que se supone que la mayor?a de ellos est?n mucho m?s al sur. Por eso es necesario transportar la pasta b?sica. Cl?ber lo sabe. Su futuro puede no tener nada de previsible si s?lo piensa en la escuela y en su condici?n de cultivador. Pero cambia la perspectiva si se imagina que lo contratan como ?mochilero?. As? se les dice a los j?venes que acarrean mochilas que llevan de diez a quince kilos de pasta por secretos senderos en el valle: son los nuevos chasquis. ?Pueden tardar de cinco a quince d?as para hacer 500 kil?metros. Les dan cien d?lares por kilo. O sea se pueden hacer hasta 1500 d?lares en un viaje?, describe Ladislao, siempre bien informado.

Cocaleros

Nelson Palomino est? sentado ante su desayuno, junto a los l?deres cocaleros de casi todo el Valle. Son unos quince. En la mesa, sin embargo, hay s?lo dos mujeres, y sentadas frente a ?l. Amapola Dur?n, una joven que viene del norte, de Tingo Mar?a, y Mar?a Elena, una t?cnica en desarrollo rural invitada. Los cocaleros creen que deben manejar ellos mismos los recursos que durante casi dos d?cadas solo ostentaron las ONG internacionales. ?En la ciudad, un hombre en moto es un sicario. En el valle, un hombre en moto es un ingeniero?, dice este hombre que bate los brazos y profundiza, eleva y hace retumbar la voz para dar su mensaje ?a los hermanos argentinos?, entre ellos este cronista y un equipo televisivo que tambi?n acompa?a la incursi?n al valle. S?lo falta Tel?sforo y algunos otros alcaldes, de los 20 que el movimiento naciente Kuzka Tarpuy consigui? en las ?ltimas elecciones. Los cocaleros han decidido disputar el poder en las urnas. Y han conseguido triunfar. ?No queremos parecer pavos reales?, dice Palomino, queriendo decir que no se agrandan. Pero se mide con esa vara, la de la total representatividad del VRAE en su movimiento. Como el 78 por ciento de sus habitantes tienen como idioma fundamental el quechua, la campa?a la ganaron usando un s?mbolo infalible. Mientras otros candidatos se identificaban con un gallo, un toro, una vasija, ellos lo hicieron con una hoja de coca bien verde y poderosa.

La primera comida del d?a en la selva est? lejos del caf? con leche: es un plato fuerte como la sopa de pollo, el pescado frito con arroz o el chilcano de carachama, un caldo reconcentrado de un pescado ?antediluviano?. Uno de los secretarios generales de la mesa lo levanta de un largo y delgado hilo que luce como la cola de un rat?n. Lo comen deshues?ndolo con los dedos con una pericia admirable. ?Para mentir y comer pescado hay que tener mucho cuidado?, dice el refr?n popular en el VRAE. Se debe entender la l?gica de un territorio en el que los flujos que lo sostienen viajan camuflados por los caminos m?s secretos de Am?rica.

El VRAE produce adem?s madera y gas. La madera suele ser ilegal. El gas va por un megagasoducto propiedad de Techint. Aseguran los expertos, como Gustavo Gorriti, autor de Sendero, historia de una guerra milenaria, que lo que queda de la guerrilla cobra peaje por cada uno de estos flujos. Sobre todo despu?s de que en 2003 le secuestr? 71 empleados a la empresa argentina.

Es que el VRAE es un lugar, al menos, complejo. En el VRAE se da la presencia simult?nea de residuos de Sendero Luminoso, narcotraficantes, campesinos cocaleros en pie de lucha y varios Comit? de Autodefensa Campesinos (CAD), ilustran los estudios acad?micos de peruanos, norteamericanos, franceses que han llegado a mirar con lupa el fen?meno. ?Estos (los CAD) podr?an ser captados como delincuentes por Sendero o por el narcotr?fico?, advierte el Informe de la Comisi?n de la Verdad peruana. Bien parad?jico teniendo en cuenta que en la memoria territorial lo que aparece de la mano del cultivo de la coca es el rol de la hoja sagrada en la derrota de Sendero, o al menos en su acorralamiento en las altas monta?as de Viscat?n. ?El tema de la coca para la pacificaci?n del VRAE ha sido un tema muy importante ?dice Nelson Palomino mientras convida al periodismo con el chilcano y otros platos de amanecida?. Alimentario, como trabajo primordial, porque nuestros hermanos que combatieron han estado de por medio con la hoja de coca en la boca. Cuando hab?a p?rdidas de hermanos en la lucha, los cuerpos eran velados a trav?s de la hoja de coca. Y en la parte econ?mica, la hoja de coca era el soporte econ?mico para poder comprar armamentos?.

El aprecio por la Argentina, y por el ?compa?ero presidente Kirchner?, Boca, Maradona y el tango resulta impresionante, al menos entre estos dirigentes cocaleros que hablan largamente sobre su sue?o de visitar alg?n d?a el pa?s. Palomino env?a un mensaje en quechua a los 200 mil argentinos que coquean en el norte. Tiene una hermana que vive en Jujuy. Y un sobrino en la Armada. Tel?sforo tambi?n: siempre he tenido buenas referencias de los argentinos, dice en su elegante manera de hablar. Tel?sforo es el que sue?a, es el alcalde, habiendo sido cultivador, es el que explica la necesidad de los que lo rodean en ese paraje de belleza dolorosa, es el que se ba?a sin extra?eza en el arco iris del atardecer, y el que dice la verdad. Tiene 33 a?os. Es un hombre grande para lo que se sobrevive en una tierra de guerreros. Casi al final, cuando la luz se esfuma entre las monta?as y los sonidos de la selva se hacen escuchar, el cronista se atreve, ignorante y prejuicioso, a preguntar:

??Qu? tipo de perjuicios les ha tra?do el narcotr?fico a ustedes?

?Bueno, hablar de perjuicio, creo que aqu? no corresponde -?dice piadoso?-. Aqu? no tenemos drogados. Eso existe en Estados Unidos. Sabiendo que esta droga es da?ina, pues ellos consumen. Aqu? no puedes ver ni un loco ni un traumado. Nada. Aqu?, a pesar de nosotros, bueno, sembramos nuestra hojita de coca, pero no tenemos drogados. Esta es nuestra caja chica. La vamos a defender porque es nuestro pan de cada d?a, no s?lo de nosotros sino de todo el campesinado del VRAE. Nada, perjuicio a nosotros nunca nos ha tra?do.

Fuente: P?gina 12

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