contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca

S?bado, 04 de noviembre de 2017

cvdv

5 de abril de 1992, Prohibido Olvidar!!!

“No memorices lecciones de Dictaduras ni encierros, la patria no la
definen los que suprimen a un pueblo” Ruben Blades, Patria

Fujimori había llegado a ser presidente con el discurso que el no
haría el programa económico que Vargas Llosa pregonaba a voz en
cuello. Luego  de ganar las elecciones, se fue de viaje para EEUU y
regreso tan  neoliberal y violento que nadie en los cuarteles y en la
extrema derecha extraño al literato.

Y aunque en las entonces Cámaras de Diputados y Senadores el chino no
tenía mayorías, se le dieron  poderes excepcionales para que
propusiera lo que le viniera en gana en el tema que mejor quisiera. Ni
así bajo la guardia. El golpe se cocinaba y había que decir que todo
estaba podrido y que si el país no avanzaba y el terrorismo ganaba era
por culpa de la vieja clase política.

La matazón de la guerra interna generaba que un sector muy limeño, que
recién sentía sus efectos, quisiera que esta terminara por las  malas
y las peores. Y en este sentir se apoyo Fujimori.

El 5 de abril de 1992 llego y la famosa palabra “Disolver” era el
epitafio en  la lapida de  esa democracia recuperada 12 años atrás que
nunca supo salir de la sala de emergencias.

Llegaba otra dictadura, con un civil como novedad. Llegaban los
tanques y soldados a las Cámaras, al Poder Judicial, al Colegio de
abogados y llegaban más rápido a los medios de comunicación.
Secuestraban desde periodistas incómodos, hasta empresarios que no se
pusieron a su servicio.

Era el cheque en blanco que lo más siniestro de las FFAA y Policiales
y de la politiquería abyecta a los mandatos del FMI necesitaban para
matar a todo aquello que oliera a resistencia del nuevo mundo que
estaba naciendo. El neoliberalismo no necesitaba ni sindicalistas
peleones, ni estudiantes organizados, ni campesinos que no se dejaran
quitar la tierra. No necesitaba de  alcaldes o congresistas de
izquierda.

Necesitaban, como en Chile o Argentina, soldados que dispararan y
desaparecieran a todo el que se interpusiera entre ellos y sus
negocios. Y así, los Colinas y sus derivados se convirtieron en los
súper héroes de  Marta Chávez, la Cuculiza y la Moyano.

Los medios de comunicación, que al principio decían al aire que los
soldados les apuntaban y no les dejaban pasar las imágenes del golpe,
luego comenzaron a gustar de la mordaza. Le llamaron “libertad de
empresa” a vender o alquilar su línea editorial. Se convirtieron así,
en el aliado que callaba lo que le venia mal al régimen y agrandaba lo
que pudieran estar haciendo bien. Fujimori era el emperador y el
periodismo la prostituta que lo hacia delirar cumpliéndole sus deseos.

Con la Dictadura entendimos que Fujimori quería que le agradezcamos
que habían menos apagones, pero  que no le reclamásemos que había
entregado por las malas la empresa de Luz a los chilenos que nos
cobraban como si algo les hubiéramos hecho.

Entendimos que su manera de “privatizar” era una forma nueva y
elegante para vender lo que no es tuyo y además con coima incluida,
sin importar si era una empresa publica que se entregaría a algún
voraz extranjero que nos exprimiría como  Telefónica o un  territorio
andino o amazónico para saqueo de recursos minerales y crímenes
ecológicos como en Cajamarca.

Entendimos que se hacían colegios sobrevalorados por todos lados,
aunque después se cayeran a pedazos por lo mal construidos. Que se
hacían con piscinas en lugares sin servicio de agua potable y salas de
computo donde no había luz.

Nos enteramos que los derechos humanos eran una cojudez, de la boca
del Cardenal Cipriani, pastor de la Dictadura. También que habían
estudiantes que se auto secuestraban. Y que en las polladas
senderistas se ajustaban cuentas entre ellos. Que habían agentes de
inteligencia disidentes que se auto torturaban.

Nos enteramos que ganamos la guerra contra Ecuador, aunque ellos
terminaron teniendo más territorio y un santuario en Tiwinza. Y nos
enteramos que sus patrióticas compras de armas para esta guerra eran
inservibles para todo el país,  menos para sus bolsillos. Vimos a los
altos mandos de las FFAA y Policiales arrodillarse ante un traidor a
la patria como Montesinos.

Que robar era relativo. Si eras hermano del Dictador hasta la ropa
donada podía salir de la lista de ese verbo pesado y aguafiestas. Que
torturar era relativo también. Que hasta la esposa del Dictador podía
sufrirla, si no se cuadraba ante el.

Entendimos que se puede luchar contra el terrorismo  y decir que con
ellos no se negocia, pero siempre negociar. Ver a Guzmán dando
mensajes antes de cada proceso electoral, canjeando el futuro de su
gente por una canción de Sinatra, dormir con su mujer y pasear en
tragamonedas de la av. la marina, me ahorra mayor explicación.

Nos enseñaron que las drogas eran muy malas y que había que quemar las
zonas cocaleras, con campesinos incluidos. Y al mismo tiempo
encontramos cocaína por doquier en el avión del Dictador, en los
barcos de la Marina. Y vimos como un narco como “Vaticano” confirmaba
que le pagaba a Montesinos puntual, hasta que este le quiso subir la
tarifa.

Entendimos que las elecciones son buenas cuando gana el Dictador,
sino, que las televisoras pasen enlatados gringos hasta que los
maniatados organismos electorales arreglen los resultados.

Entendimos que, si las riquezas que nos robaban las jugaban en la
Bolsa de Valores, la dignidad de los pobres la desvalorizaban con
bolsas de arroz y fideos.
Vimos como esa orgullosa y alzada nariz de la derecha que al principio
ataco la dictadura, con el paso de los años se acomodo,  colaboro
activamente con ella y hasta de reciclaje político les sirve
actualmente.

Vimos también como esa vieja izquierda comenzó a taladrar la cabeza de
los jóvenes con la palabra derrota. Derrota gritaban los que  dejaron
de llamarse camaradas. Derrota gritaban los que se pasaron a la
Tercera vía, que Toffler comenzaba a vender en los semáforos.
Alternativos, progresistas. Nunca más comunistas, socialistas.
Cerraban locales partidarios. Abrían ongs. Ya no eran más militantes
que analistas políticos. De ahora en adelante solo lo ultimo. Ya no
había que buscar la forma de hacer la revolución. Ahora solo
acomodarse al estado y desde ahí, ver que se podía hacer.

Desde todos los rincones de la política, se dieron el lujo de  llamar
a la generación de los 90s, la generación X, con todo el desprecio que
eso significaba: sin ideología, sin organización, sin lideres a
quienes seguir, etc.

Un día esta generación dijo basta. Y llamo Dictadura a la Dictadura. Y
llamo crimen a lo de Cantuta y Barrios altos. Y llamo fraude a los
resultados electorales. Y llamo narco a Montesinos. Y les dijo
asesinos y corruptos a los militares que se prestaron para enriquecer
al dictador con la guerra del Cenepa que dejo muertos y mutilados a
jóvenes soldados. Y le dijeron a los policías que salían a reprimirlos
que había dos caminos: o con el pueblo o con los asesinos.

Y dijeron que el modelo económico también tenía que irse junto a su régimen.
Y esta generación salió a las calles todas las semanas a violentar al
violento. Aguantando bombas, palos, rochabus, perros policías y
policías perros. Pero tirando piedras, cerrando calles y levantando
barricadas. Aguantando seguimientos, amenazas y titulares en los
pasquines con editoriales de la salita del SIN.
Y la generación X, se sintió orgullosa de serlo. No le debían nada a
nadie. Nadie les había prestado nada. Nadie creía en ellos siquiera. Y
se estaban tumbando casi 11 años de un Dictador que creyó que su
reinado no tenía fin.

Para ellos va mi homenaje hoy que recuerdo el comienzo de la dictadura
más miserable que este país ha tenido que sufrir. A las miles de caras
y puños, de las cuales solo he visto unas cuantas luego. A los
compañeros que me alcanzaron un poco de agua o vinagre para aguantar
las “vomitivas”. A la vecina que me escondió en su casa en la marcha
de los 4 suyos. Al que aguanto el varazo que tenia de destino mi
cabeza. A la compañera que se hizo pasar por mi novia cuando venían a
detenernos. A los que iban a ver a los detenidos. Con los que nos
amanecíamos lavando banderas, en épocas en que había que hacerlas a
mano. A los que aprendieron, como yo, que pintar por las noches lemas
contra la dictadura era un placer muy peligroso, pero que valía la
pena si eso ayudaba al fin de la era Fujimori.

Hasta la Victoria Siempre


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