contra el narcotráfico, despenalización de la hoja de coca








Tenía previsto entrarle a otro tema, pero como el de las
drogas me parece importante, aquí voy. No las consumo, que conste. Creo
que embrutecen y degradan. Que menoscaban la salud y entorpecen. Creo,
además, que el Estado tiene la responsabilidad de emprender campañas
informativas sobre los riesgos y consecuencias que implica el consumo de
estas. Sin embargo, y dicho todo ello, no me escandaliza si un adulto
se fuma un porro. Ni me molesta. Tal cual. Doy por sentado que cada
quien es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera. Y que el Estado no
tiene derecho a entrometerse en la libertad de la persona, mientras lo
que haga dicha persona no dañe o perjudique al resto. O a mí.
Por lo demás, en el Perú, como ha explicado claramente el penalista José
Ugaz en el diario La República, poseer drogas o consumirlas no es un
delito. Solo tipifica como tal el tráfico, la comercialización, la
venta. O su fabricación, que esa es otra. Pero consumirlas, como dice
Ugaz, “carece de relevancia penal”. Así que ya ven. Fumarse un pitillo
de marihuana no es un crimen, si no quedó claro.
Ahora, para ser sinceros, lo que me fastidia un tanto en torno a esta
discusión es la hipocresía de algunos. De algunos políticos,
particularmente. Que se horrorizan con la propuesta de legalizar las
drogas, mientras que el narcotráfico crece exponencialmente por todo el
país. ¿O no se han enterado todavía que ya somos el primer exportador de
cocaína a nivel global? ¿O son incapaces de ver que este gobierno en
materia de lucha contra el narcotráfico no ha avanzado ni un milímetro?
Por poner un par de ejemplos.
“(Si la marihuana se legaliza) como una droga dulce, pasaremos a
legalizar la cocaína como droga dura y finalizaremos con la aprobación
de la eliminación de ancianos”, dijo Alan García sobre el tema, hace
poco, sin que le tiemble la barriga. Es decir. Como si fumarse un
troncho fuese la antesala de una masacre en el asilo Canevaro. Como si
proponer la legalización nos condujese inexorablemente a un holocausto
geriátrico. O algo así.
Pero claro. La cosa no es como la cuenta Alan. Qué va. Ahí están los ex
presidentes Cardoso, de Brasil, Gaviria, de Colombia, y Zedillo, de
México, recomendando legalizar ante el fracaso de la guerra contra las
drogas, porque este no es un problema policial, sino económico. Ahí está
igualmente nuestro Nobel, Mario Vargas Llosa, subrayando precisamente
esto último. Que si el problema de la droga es económico, económica
tiene que ser la solución. “La legalización traerá a los estados unos
enormes recursos, en forma de tributos, que si se emplean en la
educación de los jóvenes y la información del público en general sobre
los efectos dañinos para la salud que tiene el consumo de
estupefacientes puede tener un resultado infinitamente más beneficioso y
de más largo alcance que una política represiva, la que, aparte de
causar violencias vertiginosas y llenar de inseguridad la vida
cotidiana, no ha hecho retroceder un ápice la drogadicción en ninguna
sociedad”, escribió en El País.
La criminalidad prospera gracias a que las drogas son proscritas. Si
transitamos hacia un mercado legal, los carteles terminarán por
evaporarse. Mientras que ello no ocurra, el cáncer del narcotráfico
seguirá haciendo su agresiva metástasis. Comprando conciencias.
Arreglando procesos judiciales. Prostituyendo a las autoridades
políticas y policiales. Ejecutando periodistas y familias enteras.
Socavando la democracia. Y así.
Trece años duró la Ley Seca en los Estados Unidos. Cuando Roosevelt la
derogó, es verdad, el alcoholismo no se esfumó. No obstante, el crimen
violento decreció dos tercios. Y los borrachos continuaron tomando,
decía, ya sin esconderse en garitos clandestinos, pero, eso sí,
desaparecieron para siempre los Capone y las mafias.
Es verdad también que la legalización lleva aparejada otras amenazas.
Empero, como dijo el escritor Tomás Eloy Martínez, “no se trata de
alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo en campañas
efectivas de salud pública”, que podrían financiarse con las gigantescas
sumas que hoy se invierten en represión; y, por cierto, con las otras,
también enormes, que saldrían de la regulación y el cobro de impuestos
sobre las drogas. Digo.
Fuente: Peru21