Al
surcar el Marañon y adentrarse en territorio awajum, es imposible no
sobrecogerse por la magnificencia de la selva, el ancho de sus ríos y
la dignidad de miles de hombres y mujeres empeñados en mantener su
identidad desafiando siglos de exclusión y miseria. Pueblos como Bagua,
Imaza, Urakusa o Santa María de Nieva podrían describirse como “zonas
de frontera” -en el sentido amplio del término como la geografía donde
empieza a delinearse el territorio del estado nación- cuyos habitantes
originarios han logrado hacer valer su condición de ciudadanos en base
a un largo proceso de organización y a constantes luchas por el respeto
a su identidad. Es por ello que el último paro amazónico no puede
considerarse un hecho excepcional; se inscribe en la larga duración de
protestas nativas y campesinas que hoy se enfrentan directamente al
modelo neoliberal. Se trata de un asunto que nos compete a todos en
tanto se juega el futuro de nuestros recursos naturales, la dignidad de
nuestros compatriotas amazónicos y la imposición de la violencia como
salida a los conflictos, sustentada en un discurso autoritario que
mella más aun nuestra frágil democracia. Temas importantes que merecen
ser reflexionados y discutidos, aquí algunas ideas.
Las últimas protestas amazónicas
El 8 de
junio del 2008 el Ejecutivo promulgó una serie de Decretos
Legislativos, en el marco de las facultades entregadas por el Congreso
para legislar temas referidos a la aplicación del TLC con los Estados
Unidos. No obstante que según la Constitución estos decretos debían
limitarse a este tema específico, varios de ellos referían a la
concesión y explotación de los recursos mineros, forestales y de
hidrocarburos en la Amazonía. Este hecho provocó la indignación de los
pueblos originarios agrupados en AIDESEP, desarrollando entre agosto y
setiembre del 2008 un paro en toda la selva. En aquella ocasión, dado
lo aberrante del caso (tal como lo demuestran las demandas de
inconstitucionalida d presentadas por la Defensoria), el Congreso
derogó el DL 1015, otros decretos como el 1073 o el 1064 no fueron
derogados comprometiéndose el Congreso a evaluarlos en la brevedad
posible: tomando en cuenta este acuerdo los nativos suspendieron las
protestas. Pero una vez más se aplicó la política de la mecedora; por
más cartas que los indígenas enviaron al Legislativo recordándole su
compromiso no se dio ningún paso. El 9 de abril del 2009 se reiniciaron
las protestas en la Amazonía; fueron 57 días de tomas de carreteras,
movilizaciones y conversaciones entre la dirigencia indígena y el
primer ministro. Pese a esto el Congreso siguió dilatando la discusión
de los decretos cuestionados y el ejecutivo continuó desprestigiando al
movimiento. La huelga continúo hasta que el viernes 5 de junio se
decidió “imponer autoridad” desatando una masacre en Bagua que dejó
como saldo aproximado 55 muertos (33 nativos y 22 policías) y cientos
de heridos...una cifra catastrófica que no se veía desde los tiempos de
la guerra contra subversiva.
Esta breve cronología indica que el conflicto no era nuevo, por el
contrario se trataba de una demanda legalmente sustentada que llevaba
casi un año gestándose y aceptando diversos niveles de conversación con
el Estado. ¿Por qué se dilató tanto la revisión de estos decretos, por
qué no se cumplieron los ofrecimientos? Pues por que el gobierno no
tenía en absoluto voluntad política de resolver la situación. Jugando
al desgaste y al descredito de las dirigencias Alan García y sus
ministros pretendían dilatar la situación al punto en que pudieran
mostrar a los nativos como intransigentes y a la zona en total
desgobierno, todo debidamente sazonado por la racista prensa limeña y
el clamor de mano dura de la derecha.
Finalmente la represión se desató en Bagua; es importante resaltar
la organización de la protesta y la necedad interesada del gobierno.
AIDESEP es una organización consolidada, capaz de resistir una protesta
larga y muy distinta a otras estructuras coyunturales como los Frentes
de Defensa. Hace 30 años que AIDESEP fue fundada y su estructura parte
de la representació n comunal, articulando apus y jefes nativos de 57
federaciones incluidos el Consejo Aguaruna Huambisa y la Federación
Ashaninka. El trabajo de AIDESEP no se ha limitado a la simple
reivindicació n, han asumido proyectos de desarrollo y han incursionado
exitosamente en la representació n política existiendo alcaldes
indígenas en distritos como Imacita o Condorcanqui. Al margen de los
problemas internos y discrepancias que han afectado al gremio, los
niveles de cohesión y representatividad son incuestionables y así quedo
demostrado durante la huelga. Al gobierno aprista, aferrado al discurso
de la manipulación externa (venezolana o boliviana), no le interesó
evaluar esto, como tampoco le importó tomar en cuenta que en la zona de
conflicto la presencia del Estado ha sido y es básicamente militar.
Resulta por ello tragicómico escuchar a los ministros preguntarse quién
entregó armas a los nativos, cuando la política estatal durante décadas
ha sido armar y entrenar militarmente a la población amazónica, ya sea
en Comités de Autodefensa para enfrentar la subversión o como
reservistas del ejercito para enfrenta al Ecuador en el caso del
Marañon. Por supuesto en ambas oportunidades los nativos eran peruanos
como cualquiera y debían poner el pecho por su patria, en esta ocasión
cuando los nativos defienden sus derechos son asesinados y cuestionados
por utilizar las mismas armas y el mismo entrenamiento que el Estado
les proporcionó.
Sobre la profundizació n del modelo y las resistencias sociales
Dicho
esto conviene analizar más allá de la coyuntura y detenernos en la
política de neoliberalismo autoritario – con sus dosis de violencia y
criminalizació n- que con vehemencia habitual viene imponiendo Alan
García. En las elecciones presidenciales del 2006 el APRA enarboló la
bandera “del cambio responsable” una suerte de alternativa
socialdemócrata al proyecto de la derecha mucho más moderado que el
nacionalismo humalista. No fueron pocos los que se dejaron convencer
votando por esta propuesta retóricamente bien presentada, mas aun
tomando en cuenta la inexistencia de la izquierda y la improvisación
del Partido Nacionalista liderado por Ollanta Humala. Sin embargo,
pocos meses después de asumida la presidencia, rápidamente García giró
del discurso del cambio responsable a la prédica del “perro del
hortelano”, apostando sin ambigüedades por el capital transnacional, la
privatización de servicios y empresas, en suma por la profundizació n
del modelo económico neoliberal iniciado durante el gobierno de
Fujimori y que tan poco bienestar ha generado en las mayorías.
Con esta prédica, el gobierno puso en la mira la explotación de los
recursos naturales, pues pese a tanta supuesta modernización el Perú
sigue siendo básicamente exportador de materias primas. La explotación
y concesión de la minería y el petróleo por el capital transnacional
son los puntos centrales refiriéndose a las “millones de hectáreas
ociosas para maderas por que las comunidades no cultivaron ni
cultivarán nada, depósitos minerales que no se trabajan, petróleo en el
subsuelo desperdiciado” (Gacia; 2007)…Todos los recursos desperdiciados
por la ineptitud de los pobres que ocupan estas tierras engañados por
la demagogia de políticos. Una mirada absolutamente sesgada pues
obviamente el abandono estatal es responsable de que campesinos y
pueblos nativos no hayan sido capaces de aprovechar esa riqueza. ¿Cuál
es la política de desarrollo agrario para la Amazonía, cuántos créditos
se han entregado a las comunidades para proyectos de desarrollo
sustentable, que ha propuesto el ministerio del Ambiente? No hay
política alguna; los gobiernos han dejado a los pobladores amazónicos
de su cuenta y riesgo y hoy bajo el argumento de que los recursos ahí
ubicados son de toda la nación se pretende entregar la selva a empresas
transnacionales que pagaran un canon irrisorio, deforestarán el bosque,
depredarán el territorio y no generarán empleo ni bienestar,
deteriorando aún más las condiciones de vida locales. La historia es
conocida, ha sucedido ya en pueblos mineros como La Oroya, en Cajamarca
y en la misma Amazonia. Pero lejos de debatir modelos de desarrollo
alternativos, consultar a las poblaciones locales, dialogar respecto a
su propuesta extractiva, el gobierno promulga leyes inconstitucionales,
descalifica a los indígenas y desata una represión desmedida.
Lo cierto es que estamos en un punto de expansión del modelo
económico donde la imposición autoritaria e incluso violenta pareciera
inevitable. No somos un caso nuevo, en Chile hace años que los mapuches
son desterrados de sus territorios para la expansión de la industria
forestal; contra ellos ha caído todo el peso del Estado pinochetista
continuado por la Concertación que ha asesinado y encarcelado a sus
dirigentes ante la pasividad de la sociedad chilena. Esto por no hablar
de otras demandas que son aplastadas con mayor criminalizació n como
las protestas de los estudiantes secundarios que no modificaron en nada
la privatizada educación y sólo endurecieron las penas para los
adolescentes. En México la firma del TLC con Estados Unidos dejó
desvalido el campo mexicano guardando relación directa con el
alzamiento zapatista del EZLN. Más recientemente otras expresiones de
protesta social como la de Oaxaca evidenciaron no sólo reclamos
economicistas sino un profundo descontento con el modelo económico y
fueron duramente reprimidos por el gobierno federal. Con los sucesos
del 5 de junio del 2009 García ha dejado claro que seguirá esta línea
de imposición violenta y esto puede marcar un momento de inflexión en
las formas de politización y resistencia social.
En este punto el panorama se presenta complejo y se hace difícil
predecir el curso que en el Perú tomarán las resistencias al
neoliberalismo. Lo cierto del lado de la protesta es que pareciera
haber quedado atrás la etapa de “resistencia pacífica” heredada del
conflicto armado interno donde las movilizaciones debían cuidarse de no
responder con violencia la represión estatal. La muerte de 23 policías
lo demuestra y más allá de lo lamentable de toda pérdida humana,
refleja el grado de indignación de una población agredida y armada – no
por traficantes sino por el mismo Estado- De otro lado la fragmentación
social continúa; la reacción de la CGTP ha sido tardía y post represión
cuando las protestas llevaban meses, mientras otros gremios como la CCP
o la CNA e incluso CONACAMI no han cobrado ningún protagonismo. Por su
parte, la oposición institucional representada por Humala y el PNP una
vez más se ha mostrado inoperante e incapaz de generar iniciativas
prontas que enfrenten al gobierno. Sin embargo, ante la represión
desatada se han activado prontamente redes de solidaridad internacional
con ECUARUNARI del Ecuador o el ACIN de Colombia, y también redes
nacionales realizándose marchas y vigilias en varias ciudades del país
aunque hayan sido invisibilizadas por los grandes medios de
comunicación. Lo mas deseable seria que toda esta ira social pudiera
ser capitalizada políticamente por un proyecto de izquierda que
articule una propuesta sensata frente a la hegemonía neoliberal
compitiendo democráticamente por el poder el 2011. Pero los deseos no
siempre se concretan y la intransigente soberbia del gobierno enturbia
aun mas el panorama; el trato despectivo a los nativos, la orden de
captura a toda su dirigencia, la insistencia de García en una
“conspiración extranjera”, los honores a policías y el estado de
emergencia en Amazonas no hacen mas que abonar al descontento. Por lo
pronto, queda esperar que la movilización social presione para que se
abra al paso al diálogo y las demandas amazónicas sean escuchadas
evitando volver al viejo péndulo de exclusión y violencia por el que
tantas veces nuestra historia ha transitado; una vez mas la tarea esta
en nuestras manos.