* ABC relata el día a día de los 30 guardias civiles que patrullan en Senegal para frenar la inmigración.
Yaye Ngoma Mbaye tiene sólo un mes de vida. Ha nacido en Senegal, un país, como tantos otros de África, que sangra cada vez que ve emigrar a uno de sus compatriotas. Yaye todavía no sabe qué es la miseria, ni un cayuco, ni el mar, ni la angustia de llegar sin papeles a otro país, ni la de morir en el océano de frío, de hambre, deshidratado o engullido por una ola fatal.
Su padre, Saliou Mbaye, podrá contárselo cuando sea más mayor. Mbaye, como todos los senegaleses, podría tirarse horas y horas hablando de la inmigración clandestina, y de cómo ponerle freno. Él, junto a otros cuatro gendarmes y cinco policías de Senegal, aprenden a salvar vidas. Ni siquiera el nacimiento de su hijo le ha hecho perder clases.
El aula es un barco; los profesores, seis agentes de la Guardia Civil que se han convertido en su referente. «No queremos que se vayan todavía, aún queda parte del camino por recorrer», dice uno de los policías, el más joven de todos. Lo llaman «Peque»; su nombre es Amsatou Ndiaye.
El brigada Javier Casas está al mando de tres mecánicos: José Carlos Feliz, Alfonso Álvarez y Daniel Junquera; y de dos patrones, Manolo Morales y José Benítez. Son los encargados de adiestrar a los senegaleses. Llevan seis meses en Dakar. Su proyecto - dentro de los Mecanismos de Reacción Rápida (MRR) de la Unión Europea- finalizaba este diciembre. Pero la Guardia Civil ha decido prorrogarlo unos meses. Los hemos conocido a todos ellos en la Base Naval de la capital senegalesa. Da gusto verles trabajar.
«Nuestra misión es dotarles de conocimientos de navegación y mecánica, para que cada vez sean más autónomos; montar, en definitiva un servicio marítimo a semejanza del nuestro, y conseguir que ellos mismos sean capaces de enseñar en un futuro a otros gendarmes y policías senegaleses», relata el brigada Casas.
«Tardamos en despegar, no hay que olvidar que esto es África y la mayoría de cosas cuestan el doble». Los barcos también les han dado algún quebradero de cabeza. Llegaron a Senegal en noviembre de 2006 y no se pusieron en marcha hasta junio de este año, cuando aterrizaron en Dakar los MRR. «Los problemas que han ido surgiendo nos han venido bien para que los senegaleses aprendieran cómo resolverlos». Además, reconoce que todos están «muy satisfechos», sobre todo «por el gran interés de nuestros alumnos en atender a todas las lecciones; han avanzado mucho y eso que algunos no tenían estudios en náutica».
Seguimos en la L-05, es una de las dos patrulleras ligeras, convertidas en aulas, donadas a Senegal por España. El brigada Casas señala a uno de los gendarmes. Es Abdourahmane Diop. «Sacan tiempo de donde sea para no faltar, y siguen cumpliendo con su trabajo». Abdourahmane, por ejemplo, «actúa ahora como jefe accidental de los gendarmes del Puerto porque su máximo responsable está en España haciendo un curso». La verdad, dice Casas, «es que lo toman muy en serio, no podemos defraudarles».
El día empieza a las ocho y media de la mañana, y terminan al mediodía, «aunque hemos echado aquí muchas horas más, todas las que han hecho falta». A los gendarmes se les ha enseñado «una rutina de trabajo, que es muy importante, todo empieza con la revisión de los motores». Cheikh Diene y Diop, gendarmes ambos, «eran los únicos patrones y nos han ayudado mucho».
Arroz, pescado y amistad
Casas presume de equipo, y dice de su proyecto que es clave. Los senegaleses están tomando conciencia, explica, «de que lo que van a hacer es salvar las vidas de sus compatriotas». Muere mucha gente intentando alcanzar la otra orilla del Atlántico, se lamenta el brigada, «aquí son muchos los que tienen alguna triste historia que contar».
«Hacemos nuestro trabajo con toda la dedicación de que somos capaces», señala Casas, «y mantenemos una relación ya de auténtica amistad con nuestros alumnos». Se nota, sólo hay que verlos juntos. «Hemos organizado alguna comida en el barco, una vez prepararon el plato nacional senegalés, el tié-bou-dienne, arroz y pescado».
Ellos, cuenta, «tienen sus costumbres y nosotros las nuestras, pero aprendemos unos de otros y nos vamos amoldando». Los viernes, por ejemplo, terminan las clases un poco antes para que puedan ir a la oración. Casas reconoce que «hay días duros». Están lejos de su tierra, y de la familia, «pero tenemos entre manos una tarea muy importante, y esperamos que todo esto siga adelante, y sobre todo que no se pare cuando nosotros tengamos que marcharnos».
Los de Casas no son los únicos hombres de la Guardia Civil destinados en Senegal con misiones relacionadas con la inmigración. Forman parte del dispositivo de Frontex, la Agencia Europea de Control de Fronteras. Las espaldas de otros 25 agentes cargan con la responsabilidad de blindar las costas senegalesas. Ellos salvan vidas en alta mar. Nos lo cuenta el oficial de enlace del Instituto Armado en este país africano, el teniente Francisco Javier Ayuso. Dentro de la operación Hera III, «estos hombres están al mando de las dos embarcaciones destinadas al patrullaje conjunto en una zona de 200 millas». Son la Río Ara y la Río Cabriel. «También contamos con un buque de altura, el Río Miño».
En su despacho de la Embajada, en el centro de Dakar, destaca la «humanidad» de los guardias españoles y la «colaboración» de Senegal. Un «ejemplo» para otros países. Marruecos y Mauritania también mantienen acuerdos con España para el patrullaje conjunto. Pero el blindaje de las costas desplaza a las mafias, y la salida de los cayucos hacia el sur. Ahora se busca la firma de planes de acción con países como Gambia, donde descansan otras dos patrulleras con la intención de poner en marcha el programa de aprendizaje que Casas dirige en Senegal.
Pelotón de asalto
En Dakar, el alférez Miguel Ángel Álvarez hace las veces de comandante de la Río Ara. «Ahora tenemos que salir con efectivos del pelotón de asalto, además de la pareja de gendarme y policía que siempre nos acompaña». Antes de poner rumbo a las costas canarias, los ocupantes de los cayucos ya saben con qué se pueden encontrar, «y cada vez van más preparados, llevamos al pelotón de asalto para evitar conflictos».
Miguel Ángel y los suyos han visto el dolor cara a cara muchas veces. Llevan años en el Servicio Marítimo de la Guardia Civil. «Aquí el trabajo es mucho más duro, cuando los interceptamos sabemos que estamos frustrando su viaje nada más empezar, pero también sabemos que estamos salvándoles de una muerte casi segura, y ellos también lo saben». En España «ya han terminado el trayecto cuando los encontramos, y hasta nos lo agradecen».
Para guiarlos, reciben diariamente los partes del avión italiano y el español que sobrevuelan aguas senegalesas. «Cuando hay una embarcación sospechosa, se marca un rumbo de colisión, donde se interceptará el cayuco».
Muchos de los que encuentran durante el patrullaje son sólo pescadores, «salen a cuarenta o cincuenta millas y pueden pasar allí días; suelen embarcar unas 30 o 40 personas».
Detenemos un momento la Río Ara. Unos jóvenes piden agua desde su cayuco. «Son viejos conocidos, como muchos otros, al principio sólo nos pedían agua, pero ya nos gritan que les tiremos hastacoca cola; se han acostumbrado a nosotros, a vernos por aquí».
Nervios
A la hora de interceptar un cayuco, «lo más importante es la rapidez». Los inmigrantes, cuenta el alférez, se ponen muy nerviosos y hay que tener en cuenta que un cayuco puede llegar a pesar hasta diez milos kilos, las maniobras son muy delicadas. De los quince cayucos que han rescatado en los casi ocho meses que llevan allí, «el más cargado transportaba a 180 personas».
Dice que se han visto en situaciones «bastante complicadas», como el día que encontraron «un cayuco volcado con sus ocupantes hundiéndose». Aunque «lo peor es cuando todo sale mal y muere alguien; aquí todavía no hemos tenido que lamentar ninguna muerte en un rescate».
Mientras termina la frase, Julio Fernández, otro de los guardias, avisa de que la comida está hecha. Bajamos al comedor de la Río Ara. Han preparado fabada asturiana, «como si estuviéramos en casa». Los ocho tripulantes de la patrullera empiezan el día a las nueve de la mañana, y no terminarán hasta las nueve de la noche, «aunque en realidad siempre estamos activos, preparados para actuar, cuando se trata de rescatar vidas no hay horario que valga».
hay que ver, pandilla de vividores que estais jodiendo dinero publico para nada, valla jeta que teneis vividores de los cojones y vais de hermanitas de la caridad.