En el exclusivo distrito de San Isidro, en Lima, se han producido diversos movimientos en los últimos años:
(a) antigriferos, la gente de diversas zonas no quiere que les pongan un surtidor de gasolina en su cuadra o su barrio, porque sienten que entraña peligro y desvaloriza sus propiedades.
(b) antiedificios, que se oponen a las edificaciones elevadas que rompen con la armonía del paisaje.
(c) antifranquicias, que rechazan los establecimientos de marca internacional, como el hooter (restaurante deportivo) que se quiso implantar en plena avenida Libertadores, y otras por el estilo.
(d) antimortuorios, que no quieren ver velatorios en su vecindario, por la confluencia de vehículos y personas que acuden a estos eventos.
(e) antiguarderías, que no están de acuerdo en que se abran locales para cuidados de niños, por las mismas razones de tranquilidad pública.
Llevo tiempo observando estas actitudes –con la mayor parte me solidarizo, de lejos, porque yo no soy sanisidrino-, pero no puedo evitar comparar el derecho a vivir sin ser molestado de la gente de la parte más acomodada de la ciudad, que no suscita editoriales, ni campañas, ni estridencias presidenciales, a pesar que frena la inversión, los puestos de trabajo y los ingresos municipales.
¿Cuán dueño puede ser el vecindario del silencio ambiental, el tránsito moderado, las costumbres tradicionales, el paisaje y el verde que los rodea?
¿Y por qué los campesinos tienen que ser tratados de ignorantes, manipulables, agresivos, subversivos, comunistas, prochilenos, etc., por resistirse a que les cambien la vida porque una empresa descubrió que bajos sus tierras hay minerales que podrían darle considerables ingresos?
Toda la gente, de cualquier condición social, de todos los lugares del país, debe poder ser escuchada antes que se inicien inversiones que afectan el entorno general. No después que el Estado ya pactó con los inversionistas, que se jugaron grandes sumas y que se alineó toda la batería de la prensa proinversiones.
Lo de Majaz es la larga historia de la imposición, sólo que ya los campesinos no son los mismos de antes. Y les dicen lo que les dicen, porque ya no se someten al poder político y económico, como en otras etapas de nuestra historia.