La reacción ante la consulta popular realizada por los comuneros a quienes va a afectar el proyecto minero Majaz, dice mucho sobre lo que el gobierno y los promotores de las empresas mineras entienden por "democracia". Una consulta ciudadana sobre un tema que los involucra directamente -pues la explotación minera proyectada se realizaría en las tierras donde viven y laboran- ha sido descalificada como un atentado contra el país, ha sido declarada ilegal y se ha pretendido impedirla, llegando hasta al intento de secuestrar los materiales electorales. Los comuneros han sido calificados de narcotraficantes, ignorantes y comunistas, por oponerse al progreso del país.
Aparentemente los campesinos son incapaces de captar todos los beneficios que les brindará la minería. Después de todo, están mal aconsejados por esas ONG que trabajan para potencias extranjeras y por los infaltables curitas rojos. ¿O es que acaso su desconfianza tiene algún fundamento histórico?
A comienzos del siglo XX, Alejandro Garland, un entusiasta promotor de la inversión extranjera, publicó un folleto en inglés, destinado a "vender Perú". Luego de ponderar los riquísimos recursos naturales del país y las facilidades que prometía el Estado a los capitalistas extranjeros, Garland habla sobre los maravillosos trabajadores peruanos: "Se debe tratar de imaginar que en las minas peruanas el trabajo es llevado a cabo tanto de día como de noche, por lo que los mineros obtienen nueve días por semana, porque, con excepción de cortos intervalos de descanso que dedican devotamente a masticar coca, ellos mantienen su fuerza y trabajan por treinta y seis horas consecutivas, y así sucesivamente los dos o tres meses por los que han acordado trabajar en las minas" (Alejandro Garland: Perú in 1906 and After, with a Brief Historial and Geographical Sketch, Lima, 1908, pp. 241).
¿Cómo sacar jornadas de 36 horas, si el día tiene apenas 24? La Cerro de Pasco lo logró: contrataba campesinos que trabajaban 36 horas ininterrumpidas en el socavón, alternadas con 12 horas de descanso.
Quien haya visitado la ciudad de Cerro de Pasco (varias veces reubicada, a medida que el socavón iba comiéndose el anterior emplazamiento) no puede menos que indignarse por la miseria en la que viven sus pobladores, después de haber brindado ininterrumpidamente una riada de riqueza al país y al mundo, durante más de tres siglos.
¿Puede uno extrañarse de que los campesinos comprometidos por el proyecto Majaz desconfíen? Por cierto, el comportamiento de los empresarios chinos en Marcona no es precisamente como para entusiasmar, y no hablemos del gobierno como defensor de los intereses del campesinado.