Pala en mano estos campesinos arrancan de raíz las plantas de hoja de coca que durante muchos años cultivaron. Su labor cobra cada día más importancia conforme aumentan las críticas a siete años de fumigación aérea con glifosato.
Don Enrique Romero sabe que este método no es infalible: “Vuelve y sigue dando, así no va a acabar”, indicó.
En cambio, dice, su trabajo es lento, pero seguro. Además, el glifosato daña a otros cultivos; contamina el agua y no da alternativas de subsistencia a los campesinos. En julio pasado el presidente Álvaro Uribe reconoció estas desventajas y destacó la relevancia del programa de erradicación manual que inició en 2004.
Victoria Eugenia Restrepo, del Programa Presidencial contra Cultivos Ilícitos, dijo: “la generación de mano de obra. Con nosotros trabajan más de tres mil campesinos y todos trabajan hace mucho tiempo con nosotros en su gran mayoría desde el comienzo del programa”.
Gran parte de esta labor se desarrolla en la zona de Nariño, que por su cercanía con el litoral del Pacífico, es una región clave para la producción y distribución de la droga. Aunque grupos rivales se disputan el control de la región, colombianos de otras áreas han llegado para erradicar los sembradíos bajo la protección del Ejército. La idea es evitar que los grupos armados agredan a los lugareños en represalia. Cada día limpian 1.2 hectáreas y su meta para el 2007 es destruir 50 mil.
La fumigación aérea continúa, pero en zonas de difícil acceso.
“Uno tiene que mirar también el efecto del Plan Colombia como un propósito de contención y yo creo que la contención se ha dado”, señaló Óscar Naranjo, director de la Policía de Colombia.
Estados Unidos ha destinado miles de millones de dólares a la erradicación de los cultivos de hoja de coca en Colombia. Sin embargo, el país sigue siendo el principal productor mundial de cocaína con 600 toneladas anuales.